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Opinión

La gran noche de 'Ocho apellidos vascos'

Rovira muerde su Goya.

Rovira muerde su Goya. EFE

La gran triunfadora moral de la noche fue Ocho apellidos vascos. Sí, no me miren raro. Los premios gordos se los llevó con todo merecimiento, y como estaba más que previsto, La isla mínima, con el director Alberto Rodríguez en cabeza de cartel, pero la película del ausente Emilio Martínez Lázaro, ninguneada en las grandes categorías, estuvo presente toda la gala.

Primero, porque gracias al dineral que amasó en las taquillas el presi de la Academia pudo presumir en su plomizo discurso triunfalista (a ver si da ejemplo y lo acorta un día de estos) de un año histórico en recaudaciones, cuando todo sabemos (el siniestro Wert sobre todo), que el cine español está ahogándose en un vaso de IVA salvaje.

Segundo, porque el gran hallazgo de la noche fue, precisamente, quien tiene mucha parte de culpa del tirón de la película. Dani Rovira estuvo brillante en los mejores momentos (el monólogo de un minuto), gracioso en los menos buenos (sus brotes de club de la comedia) y chistosillo en los peores. Pero el tío sabe meterse al público en el bolsillo y si corrige defectillos, pule bromas y distribuye mejor los tacos (su profusión los hacía rutinarios) puede haber presentador para (buen) rato. Y supo reírse de momentos bochornosos, como el baile de claqué. No quiero ni imaginar el suplicio que hubiera sido una gala tan desmesurada con otros/as maestros/as de ceremonias de tristes recuerdos.

Tercero: Karra Elejalde y Carmen Machi, dos secundarios con los que dio la sensación de que la Academia intentaba (re)compensar la película que le salvó los muebles (y de la que no se avergüenza, como pasa con Torrente, es una comedia "defendible"). Sinceramente, había mejores interpretaciones.

Y cuarto: Rovira como ganador a mejor actor revelación. Vale: sus competidores quizás eran mejores (más drama y tal) pero pocas veces una película debe tanto a uno de sus intérpretes a la hora de rascar bola en taquilla. Así que la rareza de ver al presentador de la gala recibiendo uno de los premios no hay que tomársela a mal.

Pero a la historia del cine español no pasarán estos triunfos de consolación, en cualquier caso, sino la más que merecida victoria de La isla mínima. Como suele pasar en este país, ahora que está en la cumbre ya empiezan a salir los típicos comentarios a toro pasado ("bah, no es para tanto, está sobrevalorada, blablablá"). Cuando solo la habían visto cuatro gatos, algunos lo escribimos: es un peliculón. Con diez más como ella al año, muchas bocazas que escupen contra el cine español por sistema quedarían cosidas. Bien por los Goya de este año.

En su arranque, la gala se puso épica y tópica con un reivindicativo prólogo musical en el que buenas voces se combinaban con otras chirriantes (Eduardo Noriega, Hugo Silva, Fran Perea?) y una apoteosis final a los sones de Resistiré que, francamente, quedó un pelín excesiva, por no decir fuera de lugar. La gala, sin Rovira en escena, se hizo interminable como siempre y en algunos instantes (Álex O'Dogherty, Alfonso Sánchez y Alberto López con su gin-tonic, Miguel Poveda con un miniconcierto a horas en las que la gala se había pasado ya varios pueblos de duración), insoportable. Solo Antonio Banderas (presentado por un soso Almodóvar, el único que se acordó de su "wertia" negra) supo largar un discurso extenso sin aburrir: le sobran tablas, y su llorosa dedicación a su hija fue de Oscar. Esperemos que cumpla su palabra y a partir de ahora deje de empalmar bodrios en Hollywood y demuestre que sigue teniendo el talento que desbordaba en sus comienzos.

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