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Entrevista. Escritor

Alexis Ravelo: "Ahora preparo un ensayo biográfico de Espinosa para editar su novela 'Crimen"

"En 'Tres funerales para Eladio Monroy' ya hablaba de castas y de negocios sucios y me llamaban exagerado", anuncia el autor

El escritor grancanario Alexis Ravelo.

El escritor grancanario Alexis Ravelo. LA PROVINCIA / DLP

Mientras presenta la novela Las flores no sangran,

Ahora mismo trabajo en una novela ambientada en la Guerra Civil en Canarias, que cuenta una historia que han trabajado pocos historiadores y, sin embargo, creo que no ha contado ningún narrador. Me interesa trabajarla porque se trata de reivindicar a unos señores y a unas señoras que fueron verdaderos héroes y que han sido olvidados absolutamente por todos los libros de historia. Por otro lado, también estoy trabajando en un ensayo biográfico sobre Agustín Espinosa con la intención de que pueda ser publicado su libro emblemático, Crimen, en la Península, en una buena colección de no ficción. Con esto, mi objetivo es difundir la obra de este autor que también ha sido injustamente olvidado y que pertenece a los grandes autores de la época de la República en España, que se codeó con Alberti, Lorca, Gerardo Diego, entre otros, y cuya obra, además, tiene una especial vigencia, aunque fuera escrita en 1934.

Volviendo a la novela presente, ¿cómo surgió el planteamiento de un secuestro exprés en Gran Canaria, que usted mismo define como "el plan criminal más estúpido del mundo"?

En realidad, llevaba un tiempo dándole vueltas a trabajar con un secuestro exprés en Gran Canaria y confieso que Morir despacio estuvo a punto de tratar sobre ese tema. Sin embargo, decidí guardar esa idea hasta que en la noche de la presentación de La estrategia del pequinés, a las tres y media de la mañana y muy borracho en el pub Los siete pecados, surgió el título Las flores no sangran. Enseguida me dirigí a un rincón con un cuaderno que fabricó un lector, Juan Carlos González Montes, y lo escribí junto con unas frases que, curiosamente, han sobrevivido en la novela. Luego, he ido mezclando muchas malas ideas y la novela ha ido ambientándose alrededor de un título que, por primera vez, surgió antes que la historia.

¿Cómo afronta una nueva trama mucho más coral, compleja y elaborada que las que atraviesan sus novelas anteriores?

Pues con mucho trabajo: Las flores no sangran tiene ocho versiones previas, además de tres pruebas preceptivas. Por lo tanto, hay una gran tarea de poda a partir de la tercera versión y ha habido un gran trabajo de composición posterior, donde me importaba mucho que ninguno de los personajes tuviera mayor protagonismo que el otro. Evidentemente, el lector siempre va a elegir y yo también tengo mis favoritos, pero no quise que ninguno tuviese más importancia en la trama porque prefería que fuera el lector quien tomase partido. Entonces, tuve que ir con mucho cuidado para que todo ocurriera como tenía que ocurrir, sin buscar soluciones extemporáneas. Otras veces, quise salvar a algún personaje, pero no era posible.

¿Cuál de los 12 personajes de la novela supuso un desafío mayor al urdir la trama?

En esta novela me interesaba mucho trabajar el tema de los timadores o carteristas, que sólo había tocado tangencialmente en una novela de Eladio Monroy. Pero como siempre, también quise tocar los delitos de cuello blanco para confrontar esos dos mundos: el de la baja delincuencia y el de la alta delincuencia, una por supervivencia y otra por ambición, y ambos universos chocan en un personaje que pertenece a una categoría única, que es la de la víctima: Diana Padrón. Este personaje pierde su inocencia y se cae del guindo cuando sus secuestradores le dicen que la han elegido a ella porque su padre se dedica a blanquear capitales. Ella se consideraba absolutamente impoluta e inocente hasta entonces pero, a partir de su secuestro, empieza a pensar que su carrera, su piso e, incluso su sueldo, a lo mejor han sido pagados con dinero sucio y, entonces, ya no se siente tan inocente.

Como en las novelas de Highsmith, plantea que cualquier persona puede cometer un crimen, pero le conmueven más los ladrones de "poca monta" que los criminales de cuello blanco.

Creo que existen dos tipos de crímenes y unos me parecen muchísimo más inmorales que otros, aunque parezcan más limpios. Por supuesto, está muy mal darle un tirón a una señora en la calle pero, a lo mejor, quien está dando ese tirón no conoce otra manera de buscarse la vida. Pero el tipo al que se le llena la boca hablando de patria mientras se lleva su pasta a Suiza sí conoce muchas otras maneras de buscarse la vida y, además, no las necesita porque, normalmente, tiene el riñón bien cubierto. El criminal de cuello blanco cruza la ley después de haberse saltado la moralidad, como los empresarios que aplican la reforma laboral o que solicitan un ERE para que les salga más barato el despido. No hacen cosas ilegales pero sí francamente inmorales, y cruzar la línea de la legalidad es sólo un paso. Los que roban sin necesidad me parecen mucho peores que quienes lo hacen porque nunca han tenido acceso a otra forma de buscarse la vida.

Uno de sus personajes diferencia entre quien cultiva la tierra y aguarda a sus frutos, y quien, cuando quiere algo, lo coge y ya está. ¿Qué trataba de transmitir con esta metáfora?

Aunque la última parte define al tipo de personaje ambicioso y traidor que lo dice, digamos que hay algo de nobleza en la gente que trabaja y retorna a la tierra, y que ha sabido dejarse domesticar por ella. Lo que el personaje evoca con ese discurso se lo escuché en una conferencia a Raúl Argemí, un escritor que admiro muchísimo y que explicaba cómo había escrito su primera novela. Argemí estuvo diez años en la cárcel en la época de la Junta Militar y luego, en Río Negro, en el sur de Argentina, se dedicó al periodismo y, al mismo tiempo, al cultivo. Él decía que las plantas te hacen esperar porque regresas al tiempo natural de la tierra, en que todo sucede en su momento. Él se dejó domesticar por las plantas, empezó a tener paciencia y, entre medias, escribió su obra. Mi suegro dice que, en el caso de los aguacateros, se trata de regarlos y rezar. En mi caso, sería regarlos y, tal vez, cantarles una canción de Javier Krahe [risas], pero lo que quiero decir es que la naturaleza tiene sus tiempos y no entender eso, a menudo, es fuente de dolor porque la vida es una carrera de fondo y sus frutos no suelen ser inmediatos.

En 2016 se cumplen 10 años desde Tres funerales para Eladio Monroy

Creo que sólo hemos cambiado en que se nos cayó la careta. Cuando publiqué Tres funerales para Eladio Monroy, yo ya hablaba de negocios sucios, doble moral y castas privilegiadas que siempre habían estado ahí. En aquel momento, en el año 2006, hubo quien me llegó a decir que exageraba, hasta que llegó el 2008 y se nos empezó a caer la careta. Lo estaban advirtiendo algunos economistas y lo advertíamos también los novelistas, como Rafael Chirbes en Crematorio, que es anterior a la crisis. Nos decían que exagerábamos y, en este sentido, reivindico que la novela negra ya anticipaba la crisis y que fuimos de los que trabajamos en la cultura de la sospecha. Ahora, todo es más evidente; tan evidente, que nuestro discurso puede parecer hasta grosero porque se ha vuelto demasiado real. Ese es el motivo por el que dejé la serie de Eladio Monroy, porque siempre abordaba temas de criminales de cuello blanco, desde farmacéuticas hasta constructoras, y eso ya nos lo estaban contando cada día los periódicos.

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