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Un mecenas en la guardia de Carlos I

La Fundación de caridad Carlos de Amberes, creada en 1594, se reinventa como museo permanente sin obra propia y sin director pero con las mejores muestras de los maestros flamencos y holandeses de los siglos XVI y XVII

Un mecenas en la guardia de Carlos I

Un mecenas en la guardia de Carlos I

La ilusión de un imperio próspero y unido en Europa, gobernado por Carlos I de España y V de Alemania, marcó la vida del casi desconocido Carlos de Amberes, el archero de Borgoña que acompañó hasta el reino de Castilla al heredero de los Reyes Católicos, hijo de Felipe El Hermoso y Juana La Loca. Este enigmático personaje fundó en 1594 un hospital en Madrid, convertido hoy en un museo permanente sin colección propia ni director que ofrece de forma sosegada, sin aglomeraciones y en hora y media, lo mejor de los artistas flamencos y holandeses de los siglos XVI y XVII.

"Poco se sabe de nuestro fundador", reconoce resignada Catherine Geens, directora de la Fundación Carlos de Amberes que tímidamente osa imaginar a un "guardia de la cuchilla", devoto de San Andrés, patrón de los borgoñones, que falleció a los 74 años tras dedicar sus últimas fuerzas a la atención de los pobres y peregrinos de las diecisiete provincias de los Países Bajos y que se instaló en Madrid tras la abdicación del emperador y su retiro a Yuste.

"Queremos que la gente disfrute de los lienzos de forma reposada y que descubra a unos maestros que forman parte importante de la historia de España y que no hay que olvidar que en aquella época eran también españoles", explica Geens en el edificio que ocupa la fundación desde 1877, una iglesia cerrada al culto, la primera que se levantó en el selecto Barrio de Salamanca, dedicada a San Andrés de Los Flamencos que engalana sus paredes con telas prestadas por el Real Museo de Bellas Artes de Amberes y el Museo del Prado de Rubens, Jordaens I, Van Dick, Cornelis de Vos, Van Orley, Teniers II, Brueghel el Viejo, la pintora Michaelina Wautier y un tapiz de lana tejido en Flandes en el siglo XVI cedido por Patrimonio Nacional.

El Martirio de San Andrés, de Rubens, única pieza propiedad de la fundación desde 1638 preside la sala central de la parroquia transformada en museo que ha colgado hasta el pasado dos de febrero once de los catorce grabados de desnudos femeninos y masculinos de Rembrandt cedidos por la Biblioteca Nacional de España y la Fundación Custodia de París y confía en exponer a partir de marzo otros 30 grabados sobre el paisaje flamenco. "¿Sabían que los grabados eran importantísimos vehículos de propaganda tanto política como geográfica?", inquiere curiosa Geens.

Recorrer las tres salas de esta antigua iglesia que acogió a los peregrinos de las 17 provincias de los Países Bajos que llegaban a Madrid es rememorar el pasado de un imperio español en constante movimiento y atisbar el germen de la tantas veces ambicionada unidad europea. "Todo lo que se podía imaginar llegaba en aquellos siglos de Flandes", añade Geens, muy orgullosa de su origen belga, porque Bruselas era el centro desde el que salía el arte en serie, la capital mundial de la industria, y sus creaciones se distribuían por todos los territorios continentales del imperio y partían desde el tumultuoso Puerto de Sevilla rumbo a Las Indias.

El óleo firmado por Bernard van Orley de Margarita de Austria, hermana de Felipe El Hermoso y la mujer que crió al emperador Carlos I, da la bienvenida en la sala dedicada a retratos y personajes de la época, donde destacan los lienzos del archiduque Alberto de Austria y la infanta Isabel Clara pintados por Rubens con paisajes de Jan Brueghel el Viejo. "Era muy habitual que los pintores colaborasen en las obras", asegura Catherine Geens antes de ensalzar el detallismo de la Fiesta de Nuestra Señora del Bosque, de Denis van Alsloot o La infanta Isabel Clara Eugenia en el parque de Mariemont, obra de Momper II y Brueghel el Viejo.

Lucas van Uden firma en la misma estancia un Paisaje con arco iris, Cornelis de Vos muestra un típico retrato de familia aristocrática del siglo XVII y la maestría de Anton Van Dyck queda patente en dos retratos: el de la marquesa de Leganés y el ecuestre de Cornelis de Wael.

"Lo cierto es que en aquellos años lo más solicitado en el mercado eran las esculturas y los tapices, las pinturas eran hechas por encargo para que la gente se conociese, eran una especie de fotografías", revela la directora de la fundación.

En la sala central, frente al ábside, deslumbra el enorme tapiz dedicado a los funerales del rey Turno, muerto por Eneas realizado en Bruselas en 1510 con lana e hilos de oro, plata y seda. "Estos inmensos paños eran símbolo de poder adquisitivo, obras de arte que se podían doblar y llevar de un lugar a otro para cubrir y calentar las frías paredes de los castillos", recalca Geens antes de revelar que la fundación trata con denuedo de traer a su colección otro tapiz flamenco confeccionado en 1501.

Frente al funeral del rey Turno, en el lugar más noble de la antigua iglesia, pende el gigantesco cuadro de Rubens sobre El Martirio de San Andrés que ya adornaba en 1638 el hospital y la iglesia que la fundación poseía en la calle San Marcos antes de trasladarse a Claudio Coello. En esta sala dedicada a la mitología y a la religión cuelgan dos obras de una de las pocas pintoras del siglo XVII, Michaelina Wautier, Retrato de joven y Santa Inés y Santa Dorotea. Rubens vuelve a brillar en esta estancia con La Educación de la Virgen, Llanto por el Cristo muerto con San Juan y las santas mujeres y Quos Ego. Muy cerca de estas piezas deleitan las personales interpretaciones de Jacob Jordaens de Apolo vencedor de Pan y El sueño de Venus y las guirnaldas de Jan Philpis van Thielen.

La importancia de Amberes como centro comercial de Flandes y uno de los más importantes de Europa en los siglos XVI y XVII queda demostrada en la última sala de la fundación inspirada en la vida cotidiana, donde los bodegones de Frans Snyders dejan de ser naturalezas muertas para dotarse de vida y del Mercado de pescado de Joachim Beuckelaer brota el alboroto de un día de compras. Jan Fyt rubrica El trofeo de caza y Cisnes en el agua, mientras que David Teniers II da fe de escenas tan comunes como las de unos fumadores, una pareja, una mañana o una tarde. En esta misma estancia destacan cuatro cobres de Frans Francken II y una inquietante obra de Joos Van Craesbeeck dedicada a la muerte.

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