Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Cuaderno del Báltico (y IV) Estocolmo

El verdadero síndrome de Estocolmo

La capital sueca está llena de parques, lagos y canales naturalmente expandidos en 24.000 isletas

Vista de Estocolmo y sus islas, entre lagos y canales.

Vista de Estocolmo y sus islas, entre lagos y canales. LP / DLP

La garra de la capital de Suecia no está en sus grandes edificios ni en sus 150 museos, sino en la misma personalidad urbana, con parques, lagos y canales naturalmente expandidos en las 24.000 isletas del archipiélago que algunos llaman "fiordo de Estocolmo" aunque se parezca muy poco a los noruegos. Habitadas muchas de ellas por una sola casa, son enclaves de segunda residencia con pequeños atraques para la mayoritaria afición náutica. Ninguna construcción rebasa la altura de los árboles. La modélica integración paisajística parece tan patriótica como la presencia de altos mástiles en el exterior de cada casa, donde los propietarios izan y arrían diariamente la bandera nacional cuando están en ellas. Sorprende esta costumbre en una sociedad desprejuiciada y progresista, sobre todo al visitante español habituado a la pluralidad de banderas territoriales, ideológicas o instrumentales que "matizan" la vivencia unitaria, tan sentida por los suecos.

Nuestra visita era la tercera. No recuerdo por qué llaman "síndrome de Estocolmo" a la identificación con los contrarios, pero el tirón de la capital sueca atrae casi tanto a los europeos meridionales como los mares del sur a los suecos. Al "tripitir" a resultas del síndrome, intentamos itinerarios diferentes sin eludir el del museo Vasa, que es, con mucho, el más visitado de la ciudad y de toda Escandinavia. El tiempo mitifica los fracasos, pero ese enorme galeón de guerra del siglo XVII testimonia un fiasco monumental de la monarquía sueca con un símbolo de poder que se hundió en su primera navegación (agosto de 1628) a poco más de un kilómetro del punto de partida. Más de tres siglos pasaron hasta el reflotamiento. El estado de conservación del pecio era casi milagroso y en 1990 abrió puertas el museo que lo contiene, tal como fue sin apenas reconstrucciones: casi el 100% de lo que está a la vista se reputa de auténtico. La verdad es que, con seis alturas de la quilla a la cubierta, 64 cañones y su pesada munición, altos mástiles y arboladuras imponentes, espacio para 450 ocupantes (soldados en su mayoría) y despensas con animales vivos para alimentarlos en largas travesías, no era razonable esperar otro destino que el fondo del Báltico.

Está decorado con incontables esculturas de madera y se dice que sucumbieron en él más de un millón de robles, deforestación inconcebible en la Suecia de hoy, cuya potente industria papelera se obliga a plantar 25 árboles por cada uno de los que tala. Como las monarquías vecinas, la sueca adolecía de cierta megalomanía. Casi 1.500 habitaciones tiene el más bien soso palacio real de estilo barroco, no habitado por la familia reinante. A razón de cinco personas por pieza, podrían dar asilo a unos 7.500 refugiados norteafricanos, dicho sea a título de amable broma porque nada cabe reprochar a la admirable Suecia como país de acogida. La real familia reside en Drottningholm, antiguo palacio de verano, en cuyo precioso teatrito rococó disfruté hace años de una función operística con bastidores de tela o papel a la exclusiva luz de las velas. Es hoy la única opción europea de ver regularmente espectáculos líricos como los producidos en los siglos XVII y XVIII. Una belleza.

En el tercer retorno al museo del Vasa buscábamos una muestra musical omitida en anteriores visitas. El efímero buque también previó los conciertos a bordo, sumó entre las esculturas a numerosos tañedores y tenía una colección de instrumentos y un archivo de códices y partituras de las que han quedado interesantes hojas no dañadas en 300 años largos bajo las aguas. La vida musical de Estocolmo fue y es muy rica, pese a no contar entre sus compositores con figuras totémicas como la de Grieg en Noruega, Nielsen en Dinamarca o Sibelius en Finlandia. Creadores de distintas épocas como los románticos Alfven, Stenhammar, Berwald o el contemporáneo Bo Nilsson tienen un digno nivel secundario tras la primerísima categoría de los intérpretes. De la Ópera Real de Estocolmo y su noble edificio neoclásico han salido al mundo entero cantantes de ópera como la gloriosa soprano Birgit Nilsson, icono del wagnerismo, los tenores Jussi Björling, Nicolai Gedda y Gösta Wimberg, el barítono verdiano Ingvar Wixell o el bajo Hakan Hagegard, todos de "primo cartello", al igual que las aún activas Nina Stemme, Anne Sophie von Otter o Irene Theorin. Todos esos nombres están en el ADN de la melomanía internacional, como también el del gran director Herbert Blomstedt, la orquesta de la Radio de Suecia (fundada por el rumano Celibidache) o la de Gotemburgo (ahora con el venezolano Gustavo Dudamel en el podio titular). Y nada digamos de los coros de Eric Ericcson, cuya técnica y estilo han dado un vuelco a la práctica polifónica. O el revolucionario ballet de Birgit Cullberg, que hace ya 50 años me sorprendió en Bayreuth bailando en cueros la bacanal de Tannhäuser.

En los sótanos de la Ópera Real se conserva una bodega histórica, con vinos ensolerados durante casi tres siglos. Es un reducto ausente de las guías, porque las visitas se conceden muy restrictivamente a grupos de cinco o seis personas. Tuve la fortuna de verla y respirar su aroma de caja fuerte de un tesoro sin igual. Toda una experiencia. Lo es Estocolmo en su totalidad, sea paseando la Gamla Stan o ciudad vieja, sea contemplando desde las alturas del Stansen la magnificencia de la huella histórica o la proporcionada funcionalidad de los distritos modernos, cuajados de grandes almacenes (la popular Ikea fue pionera), tiendas y boutiques que recuerdan la vigencia de una esplendoroso pasado comercial. Elevada sobre catorce islas, los lagos interiores, sobre todo el Malaren, y los canales, merecen a gran escala la tópica comparación veneciana. También ha pasado medio siglo desde que escuché a Birgit Nilsson, en el Festival de Bayreuth, cantar la Brunilda de la Tetralogía wagneriana que dirigía Karl Böhm. El poder de su timbre heroico y la grandeza de su composición del personaje siguen en la memoria como si fuera de ayer mismo. De ese nivel son los ecos imaginarios que me trae el aire de Estocolmo y nutren el síndrome del retorno.

Da la impresión de que todos los taxistas de la ciudad son islámicos. Hay que ajustar precios por hora antes de iniciar la carrera. Unos son razonables y otros atracadores en potencia, pero todos te cantan fervorosamente las bellezas de la ciudad, con expresiva satisfacción por las condiciones vitales que les da su patria de acogida. Chapurrean el inglés suficiente pero llevan un pinganillo y hablan a media voz en su lengua materna desde que subes al coche hasta que te apeas. Sus interlocutores tienen necesariamente el mismo origen y dan la impresión de una minoría bien articulada. También advierten de los riesgos de algunos de tus requerimientos, como el de contemplar Estocolmo desde lo alto de la torre del ayuntamiento, edificio art nouveau de principios del siglo XX, con fachadas de ladrillo. Hay ascensor hasta la mitad de la torre, avisan, pero el resto es escalera. Desistimos agradecidos. Algo hay que dejar para la cuarta visita, porque al final de la tercera percibes que el síndrome sigue activo.

Compartir el artículo

stats