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Entrevista | Francisco Guillén

"Se venden títulos falsos de cualquier universidad española por 200 euros"

"La aplicación de las directrices de Bolonia en España es un chiste, en nada se parece a lo que debería ser" afirmó el vicepresidente de Efhre Internacional University

Francisco Guillén, en la capital grancanaria, durante la entrevista.

Francisco Guillén, en la capital grancanaria, durante la entrevista. JOSÉ CARLOS GUERRA

El caso de Cristina Cifuentes ha puesto al descubierto la endeblez del sistema de acreditación de títulos universitarios. ¿Estamos ante un problema muy extendido?

Nadie diría que se falsificaban los títulos universitarios. Ahora ya sabemos que sí, pero la proporción es inimaginable. Cuando vemos que unos políticos o presidentes de multinacionales tienen que abandonar su puesto porque se ha descubierto que sus títulos no se ajustan a la realidad, contemplamos sólo la punta del iceberg. En Francia y en Inglaterra han analizado expedientes y currículos, y uno de cada tres es falso, no pasan la prueba del algodón. ¿Cómo puede haber, por ejemplo, un médico trabajando que no sea médico? Pues esto ocurre de cuando en cuando. También se falsifican títulos desde fuera de la universidad. Calculo que al año se generan entre siete y diez millones de títulos universitarios falsos en el mundo. Por 200 euros puedes comprar un título falso de cualquier universidad española. Te hacen el título perfecto, con el expediente académico que quieras sacar. Eso refleja la corrupción de un sistema. El sistema universitario, en particular el español, está en una época muy crítica. No nos parecemos nada al europeo. Hay todo un establishment universitario que ha impedido la modernización del sistema. La aplicación de Bolonia es un chiste, no se parece en nada a lo que debería ser.

Un título de medicina es habilitante para ejercer como médico, pero un máster no es necesario para ser presidente de comunidad autónoma. Vemos que se engordan currículum por un síndrome de titulitis muy español.

Eso ya ha pasado. Ahora estamos en los coletazos de algo que ocurrió años atrás. Había pocos titulados y llega una generación que piensa que tener o no tener un título universitario marca la diferencia. Los que nos dedicamos a la gestión universitaria desde hace años sabemos que el tiempo que los empleadores dedican a evaluar el currículum puede ser de medio segundo o un segundo. Lo más importante es el tema del desarrollo de competencias. No es tanto qué hayas estudiado como qué has aprendido, qué sabes hacer. Esas competencias no las enseña habitualmente la universidad.

¿Hasta donde debemos llegar en el escrutinio de los currículos? Se ha desatado una fiebre un tanto inquisitorial.

No nos podemos engañar más tiempo. Así le hacemos un flaco favor a los estudiantes. ¿A quién duele lo que está sucediendo? A los estudiantes, que está currando, que se pegan cuatro años estudiando y tienen que pagarse los estudios. Están muy irritados con este asunto. Los alumnos no se pueden permitir que la universidad juegue a estas cosas, pero tampoco los propios profesores, que pueden perder su prestigio. Y tampoco se lo puede permitir la sociedad. ¿Cómo voy a tener a un profesional que me está atendiendo que no tiene las capacidades suficientes? Esto es un disparate al que hay que poner remedio. Se ha parado donde se ha parado porque los políticos son conscientes de que se van hacer todos mucho daño si rascan más. Tesis doctorales, títulos que nadie saben dónde están..

¿Hay una connivencia entre política y universidad?

Lo que he observado es que hay una connivencia entre gente que entra y sale de la política y la universidad. Hay gente que cuando sale de la política descubrimos que tenía una excedencia de la universidad. Generalizando, es una manera de entrar en una corporación cómoda, funcionarial, y si no tienes una especial vocación puedes saltar a la política.

También ha quedado al descubierto una burbuja de masters, que han proliferado en los últimos años porque son un pingüe negocio para quienes los imparten.

La universidad se ha convertido en un centro de generación de empleo muy estable. Pero claro, con los recortes cobras menos. ¿Qué haces? Buscar negocio adicional, que es poner en marcha el máster. Como el sistema público sólo financia hasta la formación de grado, los posgrados se han convertido en una forma de hacer dinero. Así, todo el mundo y su hermano han hecho un máster. Se crea toda una especie de estructura para conseguir generar dinero adicional. Por otro lado, haces una carrera y parece que si no le añades un máster no tienes nada. Es una trampa, porque piensas que teniendo el máster te vas a colocar mejor. En realidad, vas retrasando la entrada al mercado laboral, Y cuando vas a entrar al mercado laboral, tienes ya una edad y una madurez, pero no has ni empezado a trabajar. De todas formas, yo no le veo ningún problema a que haya más masters: lo que no tiene mercado no tiene mercado.

Usted promociona la tecnología Blockchain para una acreditación de títulos que evite la falsificación. ¿En qué consiste?

La Comisión Europea emitió una sugerencia en noviembre donde decía que las universidades deberían verificar los títulos y actas a través de Blockchain. Es una tecnología, como una espe-cie de base de datos distribuida por miles de ordenadores, que apunta cosas en bloques. Y las apunta de manera encriptada. Cada uno de esos ordenadores tienen una copia, de manera que nadie puede sabotear. Nadie puede decir "entro en un ordenador, lo cambio y donde dije blanco digo negro". Todo lo quede registrado ahí es infalsificable, inmutable y perenne. Se convierte en una prueba de veracidad.

¿Qué ventajas ofrece sobre el sistema actual?

Los sistemas actuales se pueden hackear. Yo no puedo permitir que haya nadie con la más mínima duda sobre si yo soy médico o no. Ahora te dan el papelito de abono de derechos de título, que retienes hasta que vayas a buscar el propio título. Luego no sabes si lo enmarcas, lo puede perder en una mudanza... Nosotros les verificamos sus títulos a las universidades y al día siguiente de haber cumplido con los créditos de su grado, el estudiante recibe en su móvil, protegido por contraseña, un certificado digital de que ése es su título. Y él es el soberano de esa información. Eso va a misa. Lo comparte con quien le da la gana, por ejemplo si va a un proceso de selección. Estamos ante un problema que hay que resolver. Lo necesita la universidad para recuperar su prestigio y lo necesitan las empresas para no incurrir en el error de contratar a alguien que no está preparado.

Da la impresión de que vivimos en una sociedad donde lo falso y lo verdadero aparecen a menudo indiferenciados, de que no es un problema circunscrito al ámbito universitario. ¿La tecnología ha facilitado aún más la posibilidad de falsificación?

Cuando uno escarba se encuentra con otras cosas. Uno de cada tres fármacos en Latinoa-mérica y África es falso. En Estados Unidos las empresas farmacéuticas pierden 200.000 millones de dólares en fármacos falsos. En la Unión Europea también están muy preocupados por este tema. El problema de las falsificaciones se extiende a las obras de arte, el vino, la alimentación... Quizá con la tecnología falsificar sea un poco más difícil que antes. Pero al hackear algo consigues que se la dé una supuesta veracidad a lo falsificado.

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