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Zarzuela Fiestas Fundacionales

'La hija del Mestre', una recuperación feliz

'La hija del Mestre',  una recuperación feliz

'La hija del Mestre', una recuperación feliz

Cuarenta años después del estreno (1862) de La forza del destino de Verdi, sobre el dramón del duque de Rivas reinventado por Piave, presentó el grancanario Santiago Tejera Ossavarry, con libreto y música propios, una "secuela" costumbrista y no menos trágica, La hija del Mestre (1902), ambientada en San Cristóbal, barrio pescador de su ciudad natal. Aunque la calificó de "drama lírico", es una zarzuela canónica en lo cantado y lo hablado, que, como muchas otras, no acaba bien.

Las Fiestas fundacionales, el Teatro Pérez Galdós y la Orquesta y Coro filarmónicos han cubierto la feliz iniciativa de actualizarla con ambición y medios. Por encima de lo pintoresco en tipos y lenguaje, obviamente anacrónicos 116 años después del estreno, se logra un testimonio cultural bien explicado en el texto del programa de mano El sentido de un proyecto, con el que coincido.

Empezando por la producción escénica, es excelente el decorado único, esquema realista de un barrio singular en la visión de Carlos Santos, con eficaces ideas para la presencia y movimiento de solistas y colectivos en doble plano de alturas, así como el leitmotiv videográfico del mar como foro, con su movimiento , luces y celajes, las capturas pesqueras y la pirotecnia de la noche sanjuanera, todo ello en experta creación de Macu Machín.

Un elemento transversal se abate o recoge alternativamente para señalizar la luminosidad de la fiesta o las sombras funestas del "destino". El vestuario de Fran Artigas y Paqui Benavides, bien documentado, completa la creación ambiental.

Musicalmente, la obra es de vuelo bajo, siempre agradable aunque sin ambición de gran forma. Muy bien asumida y proyectada en las voces solistas, el versátil y espléndido coro que dirige Luis García Santana y el sumario sinfonismo que sale del foso. En este aspecto, la dirección de Rafael Sánchez Araña es atenta y ajustada.

La voz sobresaliente es la de la soprano Elisandra Melián, cantante magnífica en estos contenidos y en cuantos afronta del repertorio más exigente, además de expresiva actriz protagonista. El tenor Pancho Corujo, en su personaje de aciago destino, se produce en timbre, volumen y línea de correcto lirismo, si bien a lo largo de su carrera ha perdido en parte su generosa emisión.

El barítono y el bajo, Fernando García Campero y José Antonio García, consiguen con buen volumen el carácter de sus personajes aunque son propensos al entubamiento. Y el resto del nutrido reparto en canto, récita seca y figuración, cumple con gracia y suficiencia el retrato social de la época. En definitiva, una muy interesante aproximación a la estética de hace más de un siglo, con visualidad de ahora mismo.

Sería muy valioso insistir con un concepto análogo en la búsqueda testimonial de otros éxitos del pasado artístico de Canarias.

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