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Entrevista | Raquel Saiz Tomé

Raquel Saiz: "Reivindicamos el impacto social de la ciencia más que el económico"

"No queremos que sea socialmente aceptable el resultado de la innovación, sino que sea deseable", afirma la coordinadora de Investigación e Innovación Responsable de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología

Raquel Saiz Tomé. LP/DLP

¿Por qué surge el concepto de investigación e innovación responsable?

De abajo a arriba. Aunque parece un concepto nuevo, contiene agendas y procesos tradicionales de la ciencia y la innovación. Ahora, los avances tecnológicos se producen a una gran velocidad, inteligencia artificial, realidad virtual o big data, un montón de cuestiones que han cambiado radicalmente la manera de vivir, incluida la ciencia. Desde Naciones Unidas, la Comisión Europea o el Foro Económico Mundial han apelado siempre al poder transformador de las nuevas tecnologías para afrontar los desafíos globales, porque ofrecen unas potencialidades y oportunidades increíbles, pero también implican dilemas éticos, incertidumbres y miedos a cambios impredecibles. De hecho, la revista Nature, una referencia para los científicos, ya advertía en una editorial de 2010 que la crisis de confianza en la ciencia y podía tener repercusiones sociales y políticas. Y la Fundación Cotec, por ejemplo, alertó la pasada semana en su encuesta de percepción de la innovación sobre la cantidad de españoles que temen la pérdida de su empleo por las máquinas o el aumento de la desigualdad social.

De aliadas a enemigas.

Tampoco hay que ser alarmistas, porque nuestras encuestas concluyen que los ciudadanos siguen confiando en los científicos, aunque ahora aparezcan algunos datos, es demasiado pronto para hablar de tendencias, que obligan a repensar nuestras obligaciones como científicos. Somos testigos que las innovaciones apabullan a los ciudadanos, lo que nos obliga a repensar nuestra responsabilidades para el futuro.

¿Cómo?

Se empieza a fraguar esta década y se dieron pequeños pasos hasta que la Comisión firmó en 2014 la Declaración de Roma, un cambio de paradigma, para conceptualizar la investigación e innovación responsables y establecer varias agendas prioritarias: la ética y la integridad investigadora, que es inherente al proceso científico desde el principio de los tiempos pero cobra una nueva fuerza; el género, una ciencia más inclusiva como aparece en todas las agendas políticas y mediáticas, no solo incorporar a las mujeres a puestos de responsabilidad sino que las investigaciones incluyan la perspectiva de género; y otras dos nuevas, que tienen mucho que ver con la democratización de la ciencia, como la participación ciudadana, que ahora mismo influye todo el discurso político en I+D y entiende a las personas no como receptores de los resultados sino como protagonistas desde el principio del proceso; y el acceso abierto al conocimiento, que los datos financiados con dinero público sean alcanzables para todos. Es decir, la cadena de valor tradicional de I+D se está rompiendo y los actores que antes estaban separados, de repente, empiezan a interactuar, pasa de manera espontánea.

Un proceso similar a la responsabilidad social empresarial.

Evidentemente, el concepto tiene mucho que ver con la responsabilidad social y el impacto de la ciencia. Por ejemplo, un discurso del comisario europeo de Investigación, Innovación y Ciencia [Carlos Moedas], muy inspirador, apela al poder y el compromiso social de la ciencia para combatir la desinformación, poner en valor el conocimiento generado para atajar el gran desafío de las democracias frente a las fake news. Estamos acostumbrados a hablar siempre de los impactos económicos de la innovación y hay que empezar a reivindicar más allá de lo monetario, el valor público de la ciencia.

¿Pero cómo se concreta?

En el Horizonte 2020 de la Comisión, el programa europeo que financia proyectos de investigación e innovación incluye la línea específica y transversal Ciencia con y para la sociedad con el objetivo de desarrollar acciones concretas de las agendas prioritarias. Desde Fecyt ayudamos a los científicos a incluir el concepto en sus propuestas para que puedan acceder a mejor a financiación europea, básicamente, mediante talleres de sensibilización y formación en investigación e innovación responsables. Aunque el concepto parece muy nuevo, figura en el ADN de nuestra fundación, es decir, nació con la misión de acercar la ciencia a la sociedad, un agente facilitador del sistema con una posición estratégica para favorecer el diálogo y el encuentro entre los distintos grupos de interés, comunidades investigadora, educativa, empresarial y sociedad en general. Tenemos proyectos de educación ciudadana, comunicación científica, para el despertar de vocaciones entre los jóvenes, una agencia de información científica...

¿Y en Canarias?

Trabajamos con ámbito estatal, no podemos tener presencia física en todas las comunidades, pero acudimos a cualquier llamada, hace dos semanas visitamos La Laguna. Y disponemos de muchas redes en las que participan las universidades canarias. Además, publicamos cada año una convocatoria abierta de cultura para la ciencia que cubre prácticamente toda la agenda de investigación e innovación responsable que nos permite llegar a todo el territorio, aunque los ejecutores sean los agentes locales del sistema. En 2017, Fecyt concedió a Canarias siete proyectos, todos vinculados a participación ciudadana y educación científica, por importe de 132.000 euros: Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), el Instituto Astrofísico (IAC), el Gran Telescopio (Grantecan), dos de la Plataforma Oceánica (Plocan), la ULPG y la ULL. La irrupción tecnológica tan fuerte ha democratizado el acceso a herramientas de ciencia e innovación. La investigación e innovación responsable tiene mucho que ver con la capacidad de inclusión en el proceso de todos los agentes, con lo cual supone una oportunidad para las regiones y colectivos que tradicionalmente no se identificaron o quedaron fuera. Es una oportunidad para Canarias la posibilidad de juntar a la universidad y la industria, plantear retos concretos e intentar que los proyectos tengan un impacto social en la vida de la gente.

Humanidad y responsabilidad contra el Gran Hermano de George Orwell.

Exacto, siempre decimos que no queremos que el resultado de la ciencia y la innovación responsable sean socialmente aceptables, sino socialmente deseables. No hay que caer en un discurso tecnofóbico, porque ha hecho que nuestra vida vaya mejor que la de nuestros abuelos, pero todas las innovaciones deben alinearse con los valores sociales. Para ello, necesitamos un diálogo continuo entre los grupos de interés. No puede ser que repliquemos la cadena de valor del siglo XIX, cuando no había interacciones entre los distintos agentes (políticos, científicos y ciudadanos), se tiene que romper y las interacciones deben ser más frecuentes en el proceso. Por ejemplo, nunca el discurso de los investigadores ha estado tan lejos del tercer sector y de los ciudadanos como en el debate sobre los transgénicos, que por varias razones han despertado mucha incertidumbre sin que los científicos hayan sido capaces de comunicar la realidad. En el último eurobarómetro, muy reciente, el 59% de los europeos creía que la comida transgénica no era segura, cuando la narrativa política y científica es completamente contraria. Hay una dicotomía total y no queremos que vuelva a pasar.

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