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8M - Día Internacional de la Mujer

Ángela Saini: "Es difícil aceptar que una mujer puede ser una genia"

"Los estudios de género se toman con suspicacias por el feminismo", afirma la periodista científica

La periodista Ángela Saini.

La periodista Ángela Saini. Fernando Bustamante

La primera declaración que uno encuentra en Inferior es que no se puede confiar en la ciencia en cuestiones de género. ¿En qué confiamos entonces?

Creo que podemos confiar en el método, es la mejor forma para entender el mundo. El problema es que todos tenemos prejuicios y asumimos ciertas formas de cómo el mundo se comporta. Durante mucho tiempo, en el nacimiento de la ciencia moderna en el mundo occidental, se asumió que las mujeres eran intelectualmente inferiores, razón por la cual hemos sido excluidas de la universidad o de las academias científicas. Había un pensamiento de que era inapropiado, no era un lugar para nosotras. Si consideramos que la ciencia moderna está basada en que la mujer es inferior, como defendía Darwin, ¿cómo esperamos que la investigación diga algo contrario? Es lo que se ha hecho durante trescientos años. La ciencia nos ha dicho que tenemos un cerebro más pequeño, somos menos inteligentes, físicamente somos más débiles de lo que realmente somos... Nada de eso es verdad y eso se ha entendido recientemente. La ciencia se ha visto influida por el cambio de paradigma, aunque no quiere decir que se haya cambiado aún. Está cambiando porque el mundo y la sociedad cambian.

Su libro trata de luchar contra la creencia de que el cerebro de la mujer es distinto del hombre. ¿Cómo explicar las diferencias entre ambos géneros?

Hay diferencias humanas, individuales y de madurez. Es perfectamente posible tener más cosas en común con un hombre que con una mujer, y no porque ambas seamos mujeres tenemos que entendernos mejor. Elegimos nuestros intereses en base a la cultura, nos comportamos tal como se espera e incluso vamos contra nuestros intereses por entrar en el estereotipo. Es muy difícil tener la respuesta a quiénes somos, porque no responde a la lógica, sino a la cultura, y no puedes separarlo.

Hace referencia a diversos estudios universitarios que certifican que entre niños y niñas hasta los 3 años no existe ninguna diferencia. A partir de esa edad, cuando los menores comienzan a ser conscientes de su entorno, es cuando afloran las diferencias.

No, los niños y niñas son exactamente iguales hasta que las diferencias físicas aparecen. Entonces, la sociedad les dice qué deben ser y cómo. Hay un artículo que leí tras la investigación del libro que hablaba sobre al tono de voz de los niños y niñas. Ambos tienen el mismo tono, y hasta que la voz se rompe, es igual. Sin embargo, vieron que las niñas hablaban más alto deliberadamente, pero inconscientemente, por imitación a las mujeres que les rodeaban. Eso muestra que la cultura social tiene un impacto gigante en el comportamiento.

El libro está repleto de referencias a estudios de universidades e instituciones en el mundo. Aunque la cantidad de estudios respecto al género es enorme, parece que no tienen impacto en la política como sí lo tienen otros.

Creo que no todo el mundo toma los estudios de género como debería. Hay incluso una división, una diferencia cultural entre las ciencias y las humanidades: los estudios de género forman parte de las humanidades, por lo que los científicos no absorben lo que se deprende. Y ahí está el problema: los científicos deben ser educados también en las ciencias sociales, necesitan entenderlas. A veces ni siquiera consideran esos estudios como ciencia, es otra cosa con la que creen que no tienen nada que ver. Necesitan integrarse. Además, los estudios de género se toman con suspicacias por el feminismo, por el miedo de que las mujeres tomen poder aparte de los hombres...

Leyendo su libro, es la segunda vez en una semana que encuentro una referencia a que la mujer, en el momento más importante de su vida profesional, se convierte en madre, lo que termina por imposibilitar su proyección.

Las estrategias deben ser mejores. Las mujeres abandonan sus carreras porque son madres y por distintas razones. La primera es por pasar más tiempo con sus hijos, como yo misma hago. Pero las estrategias no ayudan: hay que trabajar más horas si quieres tener éxito. Hay que viajar. Cuando me invitan a conferencias y no tengo a nadie que se ocupe de mi hijo, pido que la organización me ofrezca y pague su cuidado en el sitio donde voy a intervenir. Así hasta que se normalice el llevar a nuestros hijos, que sea fácil y no sea un problema para mujeres ni hombres. La familia tiene que ser parte del sistema.

¿En Inglaterra hay más conciliación?

Es muy caro. Antes de acceder al colegio, las familias trabajan para poder tener a sus hijos cuidados por otras personas. Se ha incrementado muchísimo el acceso de las mujeres a los trabajos, pero nadie se ocupa de qué ocurre con los hijos. La gente quiere pasar tiempo con ellos, no dejarlos a cargo de alguien.

Usted escribe sobre los prejuicios en tiempos de Darwin respecto a las mujeres. Ahora parece que están superados. ¿A cuáles nos enfrentamos ahora?

No creo que haya ninguno nuevo, creo que los viejos se mantienen: hay gente que dice que las mujeres no pueden desarrollar trabajos que sí que pueden los hombres, como ser directivas o algunas profesiones más intelectuales como profe-sora de matemáticas o de físi- ca. Creen que las mujeres no son igual de válidas, lo escucho a menudo. Esas ideas aún están. Los hombres genios están aceptados, sabemos que puede haberlos. Pero es difícil aceptar que una mujer puede ser una genia. Describen su gran trabajo, pero no se hace referencia a su talento natural.

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