Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Crisis del coronavirus CORONADIARIO. DíA 19

La paradoja del 'Comfort'

Estados Unidos moviliza para hacer frente a la pandemia a los dos mayores hospitales flotantes del mundo

El USNS Comfort entrando en el puerto de Nueva York este 30 de marzo. REUTERS

Es del común que para los estadounidenses es mejor el burro grande, ande o no ande. Existen diferentes teorías para explicarlo, algunas que tienen que ver con las grandes distancias de las que disfruta el país. Que empezó con las locomotoras que ayudaron a la conquista del oeste, y continuaron con la industria de la automoción. Coches barco diseñados con tresillo delante y sofá detrás, con el capó en Oklahoma y el portabultos en Ohio concebidos para un mundo sin curvas y en el que distancias de 200 kilómetros son, para nosotros los indígenas, un Las Palmas-Villa de Moya.

Pero lo cierto es que no conocen medida, a menos en las mismas dimensiones conceptuales europeas, como nación cuya primera enmienda es una bonita oda a la libertad absoluta del individuo y, la segunda, su derecho divino a tener pistolas, por si acaso el primer individuo?

Esa querencia por lo grande no acaba ahí. Para el estadounidense su país es el mundo, a secas, y sus campeonatos nacionales son publicitados como mundiales. Y su geografía se apropia del continente todo. USA es América, término institucionalizado por Ronald Reagan en 1980 cuando en campaña presidencial lanzó el Make America Great Again y que ha popularizado de nuevo ese muchacho de pelo revisable durante la última campaña de 2016.

Ese 'hacer grande América de nuevo', pasa por aumentar el tamaño de unas neveras que en parámetros de este lado del charco son otro cuarto de la casa en versión criogénica; de redimensionar sus vasos de refrescos, lo que aquí llamamos balde; sus gigantes porciones de comida más propias para grupos de scouts hormonando que para una persona sola; o sus inodoros, que inexplicablemente cuando le das a la cadena y te salen las cataratas del Niágara. Por no hablar de los barreños de roscas, hamburguesas de tres pisos a vaca completa o unas tarrinas de helado que algo tendrán que ver con el calentamiento de la atmósfera.

Luego siguiendo esta lógica, lo más grande de América, lo es del mundo, con permiso chino. Suyos son los mayores portaaviones del planeta, capaces de llevar en cubierta y en hangares casi un centenar de aeronaves, lo que implica que cada uno de ellos contiene más poder aéreo que la gran mayoría de los países anotados en la ONU.

Pero por si acaso, ahora tiene a floe 19 de ellos, con dos más que poner en activo, el ya construido USS Gerald R. Ford y el USS John F. Kennedy, que están dando más lata de la cuenta por culpa del singular nuevo sistema de eyección de aviones, basado en unos motores de inducción lineal acoplados a un sistema electromagnético. El tirapiedras ha muerto.

Pues bien. Cuando este pasado fin de semana se hacía público que el Gobierno Federal enviaba a los puertos de Nueva York un barco para dar cobertura al desastre de la ciudad de los rascacielos, no hubo poco internauta de pro que veía en el hecho una nueva chapuza trumpiana, la de estibar a los enfermos en un reducto flotante.

No en este caso. Porque, una vez más, el USNS Comfort, es el hospital embarcado más grande del mundo, adaptado sobre un antiguo petrolero de clase San Clemente en 1976.

Supone la sexta mayor eslora del planeta y con capacidad para mil camas hospitalarias. Es decir, 250 camas más que el Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín, dicho así a lo largo para no descafeinar nuestras potentes instalaciones.

Como todo allá, también viene por duplicado, con un hermano gemelo, el USNS Mercy, otro petrolero de la misma clase que el primero sobre el que se adaptó la infraestructura hospitalaria en julio de 1984, por tanto, más moderno, y que fue desplazado a Los Ángeles para idéntica cobertura sanitaria por el coronavirus el pasado 27 de marzo.

Los buques hospitales, de los que hay varios en el mundo aunque ninguno de estas dimensiones, con esloras que sobrepasan los 270 metros lineales, tienen una singular peculiaridad.

Entre otras protecciones están amparados desde principios del siglo XX por la X Conferencia de la Haya, lo que le obliga a lucir enormes cruces rojas, deben asistir a heridos cualquiera que sea su nacionalidad, no pueden alterar el curso de los navíos enemigos y ser atacados supondría enfrentarse a un crimen de guerra.

A lo largo de su existencia, tanto el Comfort como el Mercy se han apostado en lugares estratégicos para ofrecer cobertura médica en las guerras en las que se ha implicado Estados Unidos en el último tercio del pasado siglo y el que lleva de este, que no son pocas, pero destacan también las numerosas misiones de ayuda humanitaria o de asistencia a cataclismos como Haití. Sin embargo no pueden esconder la paradoja, que no es solo propia de Estados Unidos, sino de toda la Humanidad: la de los 20 portaaviones..., y dos hospitales.

De ahí que todo lo que nos pase parezca poco.

Compartir el artículo

stats