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Crisis del coronavirus Sobre el origen de la pandemia

El inesperado protagonismo logrado por el raro y noctámbulo pangolín

El escamado mamífero que nos pasó el COVID-19 no está en las ficciones pop ni es personaje animado de Disney o Pixar, pese a las peticiones

La estampa del pangolín de la misma colección.

La estampa del pangolín de la misma colección.

A estas alturas de confinamiento, a esta cada vez más escasa distancia de la desescalada, aún hay que desmentir que el COVID-19 haya escapado de un laboratorio chino. Ese sería el relato de Michael Crichton, el estupendo escritor de Parque Jurásico, que tanto fantaseó sobre los fracasos de los avances científicos. Ese es el bulo, según desmintió el 17 de marzo Nature Medicine.

Los científicos señalan el origen del coronavirus en una transmisión del murciélago al pangolín que llegó a los humanos en un mercado sucio, oriental y subdesarrollado. Un relato de Camilo José Cela, el premio Nobel de la tremendista La familia de Pascual Duarte, donde están tan próximos hombres y bestias y si consideramos zoonosis -la enfermedad que se transmite naturalmente de los animales a los humanos- que los cerdos se coman las orejas de un hermanito tonto. Es mucho considerar, vale.

A favor de la teoría oficial pesa también que más del 70% de las infecciones emergentes de los últimos cuarenta años (el ébola, el sida, el SARS) han sido zoonosis, según un repetido estudio de la citada Nature.

Llevamos dos ficciones como modelo de realidad y una tercera si incluimos al murciélago y nos vamos a Batman (hombre murciélago mucho antes que caballero oscuro) que tenía batmovil (coche murciélago), bumerang murciélago (batarang) y hasta batperro en sus años más estúpidos.

¿Y el pangolín? ¿Qué es un pangolín? En mi vida oí hablar del pangolín (creía), un bicho sin ficciones, un tímido noctámbulo que se cuelga de los árboles por la cola, único mamífero cubierto de escamas, una rareza sin dientes que sorbe hormigueros en África y Asia con una lengua más larga que todo su cuerpo. El pangolín está escamado y ese es uno de los motivos de que se hayan capturado más de un millón de ejemplares entre 2000 y 2013. Sus escamas de queratina, como uñas humanas, se usan para tratar el asma, el reumatismo o la artritis en la medicina tradicional de China y Vietnam, donde, además, su carne es manjar.

Sin vida sexual pública, el pangolín vive solo o en pareja, es bajito -de 30 centímetros a un metro-, paticorto, garrifino y fuerte para cavar en tierra dura o partir una pierna de un golpe. Si se siente amenazado, se acoraza cubriendo la cabeza con sus patas delanteras y puede emitir un ácido fétido de unas glándulas cerca del ano, como las mofetas.

Si lo humanizásemos no saldría alguien muy tratable, quizá por eso Disney y Pixar no lo han desarrollado como personaje, desatendiendo a Kit Skogsbergh, un treintañero californiano que encabezó una petición en ese sentido a través de change.org. Kit es de los que creen en hacer ñoña la naturaleza para engañar a niños y evitar el tráfico de animales. ¿El musical de 'Rey pangolín' conmovería a los cazadores analfabetos que restallan sus estacas contra estos manis?

Lo más parecido a una rareza natural como el pangolín en la ficción está en las rarezas artísticas de Edward Gorey (1925-2000), un escritor e ilustrador estadounidense macabro y extravagante que extendió su creatividad por libros propios, portadas de obras ajenas, decorados de Broadway, el ballet y los teatros de marionetas. Tim Burton le debe tanto como Argentina al Fondo Monetario Internacional. Gorey introdujo en sus dibujos siniestros y tramados el fantod, un bichejo que se parece al pangolín asombrosamente.

Creí no haber oído hablar del pangolín en mi vida basándome en mi estupenda memoria para las tonterías, habilidad que habla pobremente sobre las superficies en que se fija mi atención. Pangolín no es una palabra que se escape a un niño para insultar o motejar.

-Pangolín, qué es pangolín, chaval.

Si tuve un amigo Jerbo ¿por qué no otro que fuera pangolín?

No, nunca oí hablar del pangolín hasta que un murciélago depositó en él un coronavirus que acabaría saltando encima de un chino, creía. Pues me equivoqué.

El pangolín era el cromo 294 del primer álbum de 'Vida y color' (Barcelona, 1965), donde el murciélago era el 228. Desde esos cromos, murciélago y pangolín saltaron a los álbumes, bolsillos y manos de los niños españoles del desarrollismo, vacunados masiva y gratuitamente de la poliomelitis solo un año antes.

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