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CRISIS DEL CORONAVIRUS La tecnología que trae la pandemia

"Los ciudadanos deben saber que es posible una 'app' de rastreo que respete sus derechos"

"Un sistema centralizado puede llevar a una situación totalmente vigilada", esta ingeniera de Telecomunicación

La profesora e investigadora viguesa Carmela Troncoso.

La profesora e investigadora viguesa Carmela Troncoso. LP/DLP

La profesora e investigadora española de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) lidera el proyecto europeo DP-3T para la creación de una app que rastree posibles contagios de manera segura para los usuarios. Cada teléfono crea unos números aleatorios que emite a través de bluetooth a otros móviles. Si una persona da positivo podrá avisar a aquellas con las que haya estado en contacto, quienes recibirán información sobre la distancia a la que han permanecido pero ningún otro dato personal. En este modelo descentralizado, los servidores nunca recogen información relevante por lo que la privacidad está garantizada. Otros investigadores y países trabajan en un sistema centralizado, que les permitiría conocer identidades y vigilar a la población.

¿Cómo surgió la iniciativa que usted coordina?

Comenzamos este proyecto como parte de la asociación paneuropea PEPP-PT. Nos invitaron a participar como universidad para ayudarles en la parte de privacidad y seguridad y nos unimos tres grupos. Según fue avanzando el proyecto, su manera de hacer la app no coincidía con la que nosotros creemos que debe seguirse y propusimos otra. Pero no nos pusimos de acuerdo. Para nosotros, cuando vamos a hacer una aplicación que afecta a cientos de millones de europeos, es muy importante que el proceso sea transparente, que todo el mundo conozca y compruebe el diseño, que vea el código o que sepa cómo se ha llegado a esta decisión. El resto del consorcio no estaba de acuerdo, con lo cual llegó un momento en que nos separamos porque creemos que debe hacerse de manera pública y transparente.

Europa se ha dividido entre los partidarios de cada modelo y más de 300 investigadores, entre los que usted se encuentra, han firmado un manifiesto para advertir del peligro de una app centralizada.

Sí. También nos pareció muy importante como comunidad científica explicar lo que significa y el peligro que tiene generar un sistema en el que exista esa confianza tan grande en el servidor, porque un mal uso de esos datos puede llevarnos a una situación totalmente vigilada, a una sociedad que probablemente no sea en la que queramos vivir.

Esta discrepancia debe ayudar a los ciudadanos a ser conscientes de que hay investigadores que abogan por un uso seguro de la tecnología y, por tanto, exigir a su gobierno que apueste por este modelo de aplicación.

Sí, esto es muy importante y también una de las razones por las que decidimos seguir adelante. En principio, éramos los tres grupos de la EPFL pero el equipo fue creciendo porque necesitamos más gente y apoyo y ahora mismo somos unas 20-25 personas de 11 países. Hemos dejado casi todo lo que estábamos haciendo en la vida, yo a mis propios estudiantes, para demostrar que es posible dar esta alternativa. Y que la gente cuando les digan que se va a utilizar una determinada aplicación pueda decir que no, que hay otra manera de hacerlo. Los ciudadanos tienen derecho a decidir y a estar informados. Deben saber que es posible hacer una app que respete sus derechos.

Por eso ustedes abogan por la transparencia desde el principio.

Es clave y permite fomentar el debate público. Se ha hablado mucho sobre que estas apps se imponen y nadie le pregunta a la sociedad. Tampoco nosotros defendemos que haya que hacerlas. Eso es una cuestión epidemiológica y sociológica. Desde luego, no es una cuestión de la tecnología. Lo que decimos es que si la app tiene que existir debe ser creada respetando los derechos y poniendo por delante que no se convierta en un problema. Es importante que una tecnología tan invasiva como ésta y a tan gran escala no genere un nuevo problema como esa base de datos, esa nueva confianza. Nuestro objetivo desde el principio fue crear la tecnología que menos daño haga.

Lo cierto es que la aplicación puede ser clave para evitar contagios cuando se avance en el proceso de desescalada.

No somos epidemiólogos pero sí que trabajamos con ellos. Tenemos dos en el equipo que corroboran si nuestras decisiones de diseño son útiles y válidas. Nos han acusado mucho de ser tecnocéntricos. No. Trabajamos muy de cerca con epidemiólogos para comprobar que la aplicación cumple con los requisitos necesarios. No va a acabar con el coronavirus. No va a mejorarlo todo, pero sí es una de las herramientas que tenemos para que cuando empecemos a salir podamos reducir los contagios y que no se vuelvan a colapsar los hospitales. Y que no tengamos que volver al confinamiento.

Lo que marca la diferencia de su modelo es que no es necesario confiar en un buen uso del servidor, al que no se sube información relevante. No hay datos que puedan usar los gobiernos.

Esos datos no sirven para nada, son números aleatorios. El objetivo es minimizar la capacidad de abuso. Me explico. Cuando hablamos de que los sistemas deben tener privacidad no es solo una cuestión de que nadie tenga que ver qué hago en mi intimidad, sino también que nadie lo pueda utilizar para ningún objetivo con el que yo no esté de acuerdo o que pueda ser dañino, tanto para los individuos como para el conjunto de la sociedad en general.

También han apostado ustedes por la sencillez.

Es muy importante. La seguridad es muy complicada y cuanto más sencillo sea el sistema más fácil es asegurarse de que no hemos metido la pata.

Google y Apple han optado por su modelo.

Su algoritmo es prácticamente el mismo, lo cual nos permite hacer nuestra aplicación y migrar inmediatamente en el momento en que ellos estén disponibles.

¿Cuándo arrancarán el piloto en Suiza?

A mediados de mayo si todo va bien. El primer piloto sería aquí en Suiza pero ya se han sumado otros países como Austria, que acaba de anunciar este miércoles que también se cambian y trabajaremos con ellos. Y esperemos que más gobiernos se sumen.

¿Cómo se llevará a cabo?, ¿con cuánta población?

No puedo hablar de ello. El Gobierno suizo hizo público la semana pasada que están totalmente alineados con este protocolo y que vamos adelante.

¿Cuando podría estar disponible la aplicación?

No lo sé. Estamos en el proceso de pulir la app e integrarla con el sistema de sanidad de Suiza.

El uso de la app y comunicar el contagio es voluntario pero se necesitar autorización de las autoeridades sanitarias.

La autorización es doble. Una vez que la persona da positivo, Sanidad le da una autorización que le permite subir los datos al servidor. Pero también es necesario que la persona quiera colaborar.

¿Cómo se financia el proyecto?

Es algo que estamos haciendo sacando tiempo de nuestras horas de trabajo. Yo preparo mis clases a las tres de la madrugada y como buenamente se pueda. Vivimos prácticamente en Zoom todo el día. Hay cosas en la vida que son importantes.

¿Sienten que es momento de arrimar el hombro?

Correcto, es el momento.

¿Cómo encajan las críticas de quienes ven en esta tecnología una amenaza?

Mi respuesta es la contraria. Nosotros solo ponemos una opción sobre la mesa y decimos que si esto se va a hacer se puede hacer bien. Una vez que políticamente se ha tomado esa decisión y que va a haber una app es importante que haya opciones.

España estaba en el consorcio PEEP-PT, ¿va a optar por su protocolo?

Le tendrá que preguntar al Gobierno en su día.

Investigadores del Instituto Imdea Software han firmado el manifiesto a favor de una app descentralizada. ¿Hay expertos españoles en el proyecto que usted coordina?

Se acaba de unir Dario Fiore, que es italiano pero que también trabaja en Imdea.

¿Cree que la crisis del coronavirus puede ser un punto de inflexión para que España empiece a a apostar y financiar debidamente la ciencia?

Esa conclusión ya la habían podido haber sacado antes, no hacía falta llegar a esta situación. Ojalá sea un punto de inflexión. Pero me tiene muy sorprendida que en todas las entrevistas en España me identifican como ingeniera de Telecomunicación en vez de profesora de la EPFL, que está en el top ten del mundo. Dice mucho sobre cómo se ve la ciencia y el trabajo académico.

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