Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

ANÁLISIS

Covid-19, una película de terror anunciada

Desde el aviso de Bill Gates en 2015 al informe de la OMS meses antes del inicio del brote epidémico en Wuhan, múltiples voces advirtieron de la proximidad del desastre, pero fueron ignoradas incluso cuando el enemigo ya estaba a las puertas

Covid-19, una película de terror anunciada

Covid-19, una película de terror anunciada

"Si algo mata a diez millones de personas en las próximas décadas no será una guerra, será un virus altamente infeccioso. No serán misiles, serán microbios. El ébola es una epidemia controlada porque no se transmite por el aire, no alcanzó grandes núcleos urbanos y las personas que resultaron infectadas, para cuando desarrollaban los síntomas, se encontraban tan mal que quedaban postradas en la cama. Imaginemos que la siguiente se transmite por el aire y los infecciosos se encuentran lo suficientemente bien como para coger un avión o ir al mercado".

Estas proféticas palabras del magnate Bill Gates, fundador de Microsoft, dejaron helados a los asistentes a la charla que ofreció en Vancouver para la organización TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) en 2015, en la recta final de la epidemia del ébola. Sin embargo, sus instancias en pro de un sistema global de respuesta fueron voces en el desierto de la gobernanza mundial. Como las de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Porque sí, efectivamente, podía pasar lo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo, y estaba sobradamente avisado. Pero nadie, nadie escuchó.

Un informe demoledor de la OMS

El presidente de los Estados Unidos, en su constante huida hacia adelante embutido en su doble disfraz de bufón y agitador de masas, enseguida cargó contra la OMS cuando las cosas se pusieron feas en su país. Aseguró que la organización internacional no había funcionado bien, que no avisó del peligro, y amenazó con congelarle la financiación. Pero los hechos son diametralmente opuestos. En septiembre de 2019, apenas tres meses antes del estallido del brote de coronavirus en Wuhan, un informe bien publicitado por la OMS alertó de que una enfermedad similar a la gripe podría extenderse por el mundo en apenas 36 horas y matar a 80 millones de personas. El documento llevaba el nada edulcorado título de Un mundo en riesgo y fue elaborado por la Junta de Monitoreo de Preparación Global (GPMB), un interesante equipo de expertos encabezado por Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra noruega y directora general de la OMS, y Elhadj As Sy, secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

En sus líneas maestras, el dossier lamentaba que los esfuerzos para prepararse para estos brotes, como ocurrió con el ébola, son "extremadamente insuficientes" y que los consejos vertidos en informes anteriores fueron ignorados por los líderes mundiales: "Muchas de las recomendaciones revisadas se implementaron mal o no se implementaron en absoluto, y sigue habiendo brechas graves".

El grupo de trabajo concretó las amenazas víricas, que dividió en dos tipos: nuevas y reemergentes. En el primer grupo incluyó los virus del ébola, el zika y el nipah, además de cinco tipos de gripe. En el segundo alistó el virus del Nilo Occidental, la resistencia a los antibióticos, el sarampión, la mielitis flácida aguda, la fiebre amarilla, el dengue, la peste y la viruela humana.

La conclusión del informe no dejaba lugar a la interpretación sobre el nivel de riesgo: "Existe una amenaza muy real de una pandemia altamente letal y de rápido movimiento de un patógeno respiratorio que mate de 50 a 80 millones de personas y destruya casi el 5 por ciento de la economía mundial. Una pandemia global en esa escala sería catastrófica, creando estragos, inestabilidad e inseguridad generalizados. El mundo no está preparado. Muchos sistemas nacionales de salud, particularmente en países pobres, colapsarían".

Occidente no escucha

España está sorda. El aviso no caló en ninguna parte. Los países que mejor librados están saliendo del golpe, los del sudeste asiático, es gracias a que decidieron poner en marcha protocolos de prevención y actuación más eficaces después de verse sacudidos por el anterior virus mortal en la zona, el SARS de 2003. El resto no solamente ignoró la alarma de la OMS, sino que negó la llegada del lobo. En España, sin ir más lejos, Fernando Simón, el director del Centro de Emergencias que envejece a pasos agigantados dando el parte diario del desastre, afirmó el 28 de febrero que "no hay ninguna razón para cambiar de escenario porque el riesgo está perfectamente delimitado, no es un riesgo poblacional". No fuimos los únicos. Un país tras otro fueron negando la magnitud de la ola hasta que se les vino encima, aunque su vecino ya se estuviera ahogando.

Al otro lado del charco, el país más poderoso de Occidente no estuvo más atinado. Kent Harrington, exanalista de la CIA con responsabilidades en Asia y exdirector de Asuntos Públicos de la agencia, ha desvelado con todo tipo de detalles las reuniones en las que los "espías" advirtieron en vano a Donald Trump de los riesgos de una pandemia y de la falta de preparación del país para poder atajarla.

La cortedad de miras y de los ciclos políticos

Dos profesores, el inglés Chris Tyler y el neozelandés Peter Gluckman, han resumido como nadie las razones de la ceguera de los dirigentes en su artículo Los gobernantes sabían que la pandemia era una amenaza. El porqué de que no estuvieran mejor preparados. Tyler y Gluckman defienden que el ser humano tiende a prevenirse solo de las desgracias que tiene en la memoria, y hay que ser más que centenario para tener la experiencia de una pandemia de dimensiones parecidas a la actual, la gripe española de 1918. Pero, además, el análisis incide en que algunos políticos y los contertulios a los que escuchan simplemente piensan que las alertas están exageradas y que el hombre hoy en día tiene recursos para afrontarlo todo. Otra versión del negacionismo que vemos, por ejemplo, con el cambio climático. Finalmente, los profesores denuncian el cortoplacismo político: "Las políticas públicas que requieren inversiones a largo plazo, especialmente intangibles como la prevención de desastres, tienden a no ser una prioridad. Los políticos piensan que sus ciudadanos o bien no conocen los riesgos o no les importan".

En definitiva, el informe apunta que, "como especie, el ser humano destaca en la recompensa a los que arreglan problemas, pero es un desastre en lo que respecta a reconocer problemas futuros". Y pone el ejemplo de los elogios que recibió el exsecretario de Transporte de Estados Unidos Norm Mineta por insistir, después del 11S, en que las cabinas de los pilotos de avión debían ser construidas a prueba de balas. "¿Cuántas alabanzas hubiera tenido si lo hubiera hecho antes del 11-S?", se preguntan los profesores, que concluyen que "los gobiernos tienden a concentrarse en sucesos que ya han ocurrido, como riadas o terremotos".

Los motivos psicológicos: el optimismo ciego

Otra perspectiva interesante sobre la incapacidad del ser humano para prevenir es la psicológica, analizada por la periodista estadounidense Olga Khazan en su artículo en The Atlantic titulado Los humanos son demasiado optimistas para entender el virus. Enumera diferentes razones para explicar la debacle que se vive en su país (fallos de los equipos de detección, funcionarios tratando de contentar al presidente, sistema público de salud sin financiación suficiente, desconocimiento general del comportamiento del nuevo coronavirus...), pero añade una que considera que pasa desapercibida: la tendencia innata del cerebro humano al optimismo, incluso cuando los hechos invitan a la preocupación.

La periodista, con una larga trayectoria de especialista en salud, explica que esto se debe a que solemos usar menos la parte del cerebro que rige la razón que la intuitiva, la que maneja las emociones. Y cita a Paul Slovic, profesor de Psicología en la Universidad de Oregón: "No vamos por ahí calculando las cosas de manera científica, solemos guiarnos por nuestros sentimientos, que están muy influidos por nuestras experiencias". Así, un estudio de 1962 entre los habitantes de un área inundable de Estados Unidos evidenció que eran incapaces de concebir una inundación mayor de la que ya hubieran presenciado. Se deduce de esto que nuestro cerebro, "esclavo de la experiencia", no veía el actual coronavirus como una amenaza más seria que el zika o el ébola.

Pero, además, tenemos otras limitaciones, que nos conducen a minimizar riesgos que no son tangibles, como el caso de enfermedades que se propagan de forma invisible. Nada que ver con ataques terroristas o desastres naturales, tan poderosos en su puesta en escena que cuesta no tenerlos presentes. Finalmente, está la torpeza más grande de todas. Como subraya el prestigioso físico Albert Bartlett al inicio de cada una de sus charlas, "el mayor defecto de la raza humana es su incapacidad para entender la función exponencial". La epidemia empieza con unos pocos casos, que nuestro cerebro considera asumibles, e inmediatamente la curva salta a unas cifras que nos sobrepasan y, en cierta medida, nos anestesian. Para rematar, una ración del razonamiento motivado tan en auge en nuestros días: somos realmente buenos no creyendo las cosas que no queremos creer. Por ejemplo, que pueda pasar algo como lo que está sucediendo.

Un plan general, porque es imposible predecir qué virus va a atacar

Los epidemiólogos llevan semanas advirtiendo de que es necesario desarrollar planes de prevención que nos pongan en guardia ante las próximas oleadas del coronavirus que causa el COVID-19, pero también que sirvan para frenar los impactos de diferentes epidemias futuras. Los expertos recalcan que esos planes han de ser generales (por ejemplo, trazar un protocolo para casos de enfermedades respiratorias, como la actual), porque es prácticamente imposible predecir cuál será el siguiente virus en saltar al ser humano de forma agresiva. Hay millones de virus, multiplicados por su posibilidad de mutación. Es más, tampoco se puede prever un nuevo brote de un virus ya conocido. El ébola y el zika, por ejemplo, fueron descubiertos en los años 1976 y 1947, respectivamente, y aun así fueron capaces de pillar por sorpresa al ser humano en sus brotes de este siglo.

Por tanto, los especialistas proponen concentrar los esfuerzos de investigación en las zonas y los grupos humanos de riesgo. El proyecto 'Predict', el intento más serio y mejor financiado para identificar los peligros de las zoonosis (el salto de enfermedades de los animales a las personas), señala al África Central, al sur y al sudeste de Asia y a América Latina como los "puntos calientes" del trasvase de virus. A partir de ahí, se pueden investigar las especies tradicionalmente sospechosas y los grupos humanos en mayor contacto con ellas, como por ejemplo los que trabajan en mercados de animales o en la tala de bosques.

¿Qué hacemos a partir de ahora?

Los profesores Tyler y Gluckman razonan que se necesita un verdadero esfuerzo de planificación y coordinación que redunde en una mejor preparación para los próximos desastres. Así, invitan a que la relación de riesgos se desarrolle fuera del proceso político, mediante una asociación entre políticos y expertos que incluya a nativos y trabajadores de sectores esenciales, para que todos los intereses estén representados. El análisis también incide en la necesidad de aprender de otros, poniendo el ejemplo de cómo los países del sudeste asiático estaban en mejores condiciones para afrontar la pandemia tras su experiencia con el SARS. Finalmente, Tyler y Gluckman subrayan la importancia de que esa relación de riesgos sea difundida ampliamente, de forma que no solamente los gobiernos nacionales, sino los locales, las empresas, las ONG y los individuos particulares puedan tomar sus propias precauciones.

En cualquier caso, matiza el análisis, "esos registros de riesgos no deben ser vistos como algo terminado, sino como documentos vivos que permitan a los gobiernos y a las agencias ponerse a prueba constantemente para comprobar que están haciendo las cosas bien y planificar mejoras. Simplemente admitir que no estamos preparados para una pandemia no es suficiente".

Prepararse como para una guerra. Bill Gates lo tenía claro ya en 2015. La razón por la que pensaba que la siguiente debacle mortal de la humanidad vendría de una pandemia y no de una guerra era, en parte, las ingentes cantidades de dinero que se habían invertido en dispositivos militares, que ejercían como elementos disuasorios de conflictos a gran escala, mientras que apenas se había dedicado dinero a detener epidemias. Y defendía plantear la lucha contra las enfermedades globales de la misma forma que se hace con la guerra: gran cantidad de soldados profesionales, reservistas para engrosar aún más ese número, maniobras para comprobar que la maquinaria está engrasada y se puede desplegar rápidamente... "Necesitamos sistemas de salud fuertes en los países pobres para que las madres puedan dar a luz en condiciones saludables y los niños tengan vacunas, pero también para poder detectar a tiempo los brotes. Y precisamos imitar a los militares: tener médicos suficientes, asegurarnos de que los medios humanos y materiales se pueden movilizar a gran velocidad, hacer ensayos para comprobar que todo funciona. No sé qué presupuesto puede tener eso, pero en cualquier caso es una cantidad muy modesta si se compara con lo que costará la epidemia. El brote de ébola ha sido una llamada de atención, pero hay que moverse ya porque el tiempo no corre a nuestro favor". Como dicen los anglosajones, failing to prepare is preparing to fail (Fallar en la preparación es prepararse para fracasar).

Compartir el artículo

stats