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Cómo ir a tender la ropa con estilo

Tras cuatro años de desarrollo, la empresa Gravity Industries del exmarine Richard Browning ya tiene su traje volador apto para casi todos los públicos

Cómo ir a tender la ropa con estilo

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Desde que el hombre vio el primer cernícalo quiso volar, pero los intentos que en la historia han sido para despegar un pie del piso sin mediar la mecánica de un fuselaje, es decir, a pecho gentil, han estado jalonados de trastazos. Le pasó a Ícaro, que en la mitología griega logró alzar el vuelo a fuerza de brazos con las alas que le fabricó su padre, Dédalo, mecanizado de plumas y cera y que llegaron a funcionar sobre unas cuantas islas, Samos, Delos, Paros, Lebintos y Calimna, para luego caer en picado por acercarse demasiado al sol y derretir el invento.

Algo igual, pero con cierta mejor suerte ocurrió ya no con volar en sí, sino en bajar amortiguando la gravedad. Uno de los primeros en intentarlo fue el científico y químico Abbás Ibn Firnás desde una torre de Córdoba en el año 852. Lo hizo sobre una gran lona y si bien no salió ileso del todo hoy se considera como el inventor del primer paracaídas. Enralado de su éxito, 23 años más tarde diseña un tinglado de madera algo más complejo que el de Ícaro a modo de alas forradas de seda, y vuelve a tirarse de lo alto para lograr un primer vuelo de apenas unas decenas de segundos, pero de muy duro aterrizaje. Se fracturó las dos piernas y no despegó más.

Así ocurre hasta el siglo XXI, en lo que prácticamente todo lo que se eleva, salvo globos, cohetes y alguna que otra extravagancia, como el cinturón saltarín creado en 1958 en Estados Unidos dentro del Proyecto Saltamontes, tal como suena, pasa ineludiblemente por disponer de al menos dos planos o alas, sean fijas o rotatorias, para lograr sustentación.

Pero el deseo de subir a coger aire a demanda, el de levitar uno mismo y desplazarse en las tres dimensiones aunque solo sea para ir a tender la ropa en la azotea prescindiendo de ascensores o escaleras, siempre ha perdurado en la gaveta mental de las maravillas imposibles.

Hasta que llegó el exmarine e inventor Richard Browning, que lleva desarrollando con sus lógicos altibajos desde 2016 un revolucionario pack de mochila con seis turbinas de pequeño formato pero de gran fogalera conectadas a los antebrazos con un empuje de 130 kilos en conjunto y una potencia de unos mil caballos de fuerza.

En esos primeros años ya se le ha visto ir y venir, siempre al tiento, en despegues algo tambaleantes y en unos aterrizajes muy aplaudidos, casi más por el alivio de verlo en tierra entero que por la propia odisea antigravitatoria en más de 90 demostraciones realizadas en 30 países. En cualquier caso, en sus orígenes no dejaba de ser una ocurrencia de feria.

Pero desde entonces ha ido perfeccionando mes a mes y susto a susto tanto las propias turbinas como el software que trata de poner en equilibrio al aparato, de forma que ha ido mejorando visiblemente su soltura a la hora de manejar el chisme hasta llegar al siguiente hito, que lo cumplimentaba el pasado noviembre cuando llamó a los 'notarios' del libro de los récords Guinness y le dio macho a todo lo que daba el sistema para colocarse en unos importantes 136,8 kilómetros por hora, que si bien en tierra no son muchos a bordo de un automóvil, en la atmósfera resultan más que suficientes para adelantar a un pato.

Era esa la demostración de que por fin Richard Browning, que en su origen fue tachado de un aspirante frustrado a Ironman, ha dejado el desarrollo de su Jet Suit afinado como un piano y que ya no se necesita ser un excéntrico exmarine sin vértigos ni tonturas para embutirse las seis turbinas, el depósito de queroseno a tope de combustible, el casco por si las moscas, y salir pitando.

De ahí las siguientes dos novelerías, el anuncio de la competición Jet Suit Race, una serie mundial que promete ser "verdaderamente espectacular", y la apertura en las sedes de la compañía Gravity Industries que tiene en Los Ángeles como en Reino Unido de un programa de formación en el que, según también aseguran, en solo un día queda usted listo para subir de Las Canteras a Teror sin contagiar a nadie y saltándose la rotonda de Tamaraceite.

Que es lo que se viene conociendo como nueva normalidad.

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