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Crisis del Coronavirus

España, un país muy apetecible para el Covid-19

La distribución de la población española y el número de personas por hogar, entre otras variables, facilitan la extensión de la pandemia

Ilustración de coronavirus

Ilustración de coronavirus

Dice un famoso refrán: “Ande yo caliente, ríase la gente”, que describe a aquellos que prefieren andar a su bola en lugar de plegarse a los convencionalismos sociales. La pregunta es ¿desde que se ha iniciado esta pandemia que nos trae locos, puede alguien andar caliente, como si nada fuese?, o por el contrario, ¿es hora de empezar a pensar en los demás y de entender que en esta historia contamos todos, o no saldremos adecuadamente? Yo siempre pensé que en un estado de alarma como en el que vivimos, uno debe plegarse al bienestar común, pero cada vez tengo más dudas, dado que en todo este tiempo he visto conductas muy reprobables, de personas que solo miran para su propio beneficio. ¿A quién afecta esta pandemia? ¿Afecta a todo el mundo por igual, o por el contrario el virus hace diferencias? Esta es la pregunta que he intentado responder con la inestimable colaboración de mi exalumno Chema Loché.

Desde el inicio de la pandemia se han manejado numerosas hipótesis y explicaciones sobre la expansión del coronavirus a nivel mundial, y de su diferente impacto, dependiendo de los países. Dado que la pandemia es por definición un problema de salud pública, que afecta en principio a todos, se ha dicho por activa y por pasiva que todos somos iguales ante el virus, pero ¿esto es realmente así? Se han analizado diferentes factores como la densidad de población, el clima, o el número de pruebas PCR que se realizan para entender su propagación, que dice mucho de nuestras sociedades y de nuestros hábitos de vida. Se puede intuir que no existe un único factor, sino que hay conjunto de causas que confluyen en una mayor propagación del virus, y algunas, como no podría ser de otro modo, son socioeconómicas.

En este artículo analizamos tres variables que nos parecen muy interesantes: la densidad de población “urbanizada”, el número de personas por hogar, y el índice de desarrollo humano en numerosos países de Europa, comparándolas con el número de positivos por millón de habitantes.

La densidad de población de un país resulta de dividir el número de habitantes entre su superficie. Es vital entender qué indica y qué no indica la densidad de población. Un país puede tener una densidad de población alta, pero ese valor no refleja la dispersión de su población. Puede que la dispersión sea homogénea, encontrándose ésta distribuida de forma semejante en todo el país; o puede que sea heterogénea, con zonas densamente pobladas y otras muy poco habitadas o incluso inhabitadas. Es como el manido ejemplo de las naranjas, que uno tiene cuatro y el otro ninguna, y en media cada uno tiene dos, pero con una elevada dispersión, de 2.83 naranjas en este caso, que nos indica que uno de los individuos no tiene probablemente ninguna naranja.

El tipo de dispersión de la población parece en principio un parámetro importante en la propagación de la pandemia. Ejemplos de países con dispersión homogénea son Alemania o Países Bajos. Ejemplos de dispersión heterogénea son Suecia o España. La causa de la alta dispersión en Suecia es el clima, de gran dureza en gran parte del país en el invierno, lo que motiva que la mayor parte de la población se concentre al sur de Estocolmo. En España, las dos grandes concentraciones de población se dan en Madrid y Barcelona, a la par que existen zonas muy poco pobladas en la meseta castellana.

Para estudiar el comportamiento del covid-19 no es práctico utilizar como valor la densidad de población, sino la densidad de población “urbanizada” en cuyo cálculo no se tiene en cuenta las zonas deshabitadas. Recientemente, un equipo de investigación británico ha publicado este cálculo para los diferentes países de Europa (The covid-19 pandemicas experienced by the individual). Es interesante observar que España es el país con más alta densidad de población urbanizada, con 737 habitantes por km2, seguido de Países Bajos (546 hab/km2), Inglaterra (478 hab/km2) e Italia (453 hab/km2), que son países donde la pandemia ha hecho estragos. Este hecho se confirma si se estudia la relación entre el número de casos por habitantes y la densidad de población “urbanizada”. Los datos muestran una correlación positiva, es decir, a mayor concentración de población urbanizada, mayor número de contagios.

También se observan diferentes valores anómalos, como el caso de España, Luxemburgo, Bélgica, Suecia, Irlanda, Islandia, Francia o Portugal que han sido los países donde la pandemia ha tenido un efecto más importante, con más de 6.000 positivos por millón de habitantes. Obviamente también se entremezclan otras causas que tienen que ver con los diferentes modos de gestión de la pandemia. Además hay que resaltar que el sistema español de ciudades que crecen en vertical (en edificios), en lugar de crecer horizontalmente (con viviendas unifamiliares) como ocurre en otros países de Europa, se ve reflejado obviamente en estos resultados, con una mayor densidad de población urbanizada y por lo tanto de contacto social y contagios. Además también se podría afirmar que las viviendas unifamiliares proliferan en países con una mayor renta per cápita, con lo cual llegamos a la primera conclusión que indica que la estructuración de la vivienda, que depende de la riqueza del país, influye claramente en la dinámica de contagios. Además se entiende claramente la necesidad de las personas que viven en ambiente urbano de pasar más tiempo en el exterior, en zonas de ocio colectivo, lo cual también aumenta las posibilidades de contagio.

La segunda variable que hemos analizado es el número medio de personas por hogar. La hipótesis de partida consiste en que la transmisión del coronavirus es mayor en un país con un mayor número de personas por hogar. Este hecho afectaría especialmente al Sur de Europa. España, Portugal o Croacia son tres claros ejemplos de convivencia entre varias generaciones en un mismo hogar. Cuanto más al norte de Europa, menos frecuente es esta situación. Cuantas más personas vivan en un hogar, mayor probabilidad existe de que alguno de ellos esté o haya estado en contacto con una persona infectada. A nivel práctico, por ejemplo, se sabe que en marzo jóvenes alemanes se contagiaron en una estación de esquí en Austria. La mayoría no transmitieron el virus a sus abuelos, al no vivir con ellos. Según Eurostat los jóvenes europeos se marchan del hogar familiar con una media de edad de 26 años, mientras que en España es 3,3 años más tardía. Los países en los que la juventud se emancipa con una media de 20 años son los países del norte de Europa: Suecia, Dinamarca, Luxemburgo y Finlandia.

Los resultados de la correlación con el número medio de hogares son menos concluyentes que los de la densidad de población “urbanizada”, pero muestran un comportamiento análogo. Suecia, con solamente 1,8 personas por hogar, muestra un alto número de contagio, aunque debe considerarse que allí no se realizó ningún tipo de confinamiento, estrategia no seguida por países vecinos, como Dinamarca, que sigue la tendencia esperada.

Es interesante observar que ningún país con menos de 2,2 personas por hogar (excepto Suecia) muestra valores altos de contagios. España y Luxemburgo siguen a la cabeza, mostrando un comportamiento claramente anómalo, comparados por ejemplo con Portugal, que posee un número de habitantes por hogar similar. Esta variable tiene seguramente un gran peso, como se ha observado en la gran incidencia que ha tenido la pandemia en urbes del Sur de Madrid, como Leganés o Getafe, donde además la superficie media habitable de los viviendas es de 60 metros cuadrados.

Finalmente, hemos estudiado la relación entra la tasa de positivos y el índice de desarrollo humano (IDH) de un país, que es un promedio del acceso a la educación, de la esperanza de vida, y de la renta per cápita. Es una variable que busca representar la calidad de vida en un país. Ya que es un promedio, es posible que países con diferentes sistemas sanitarios o educativos muestren un IDH semejante. No obstante, suele haber una clara correlación positiva entre todos estos aspectos en los países con mayor IDH. España y Luxemburgo poseen un mayor alto grado de contagio con respecto a países que poseen un grado de desarrollo humano similar, como Francia o Italia.

En conclusión, podría decirse que a perro flaco todo son pulgas, que el covid-19 no afecta a todo el mundo por igual, y que las variables socioeconómicas tienen mucho que ver con la propagación de la pandemia. En cualquier caso nuestro país queda claramente retratado en todas estas comparaciones, lo que testimonia una gestión deficiente por parte de los responsables políticos que deberían liderar la gestión de esta pandemia. Siempre se ha dicho que las miserias se ven más claramente cuando la marea baja. El caso español ya no aguanta ninguna comparativa. Somos los reyes del contagio, con lo que todo esto significa. ¡Atención, que llegan curvas!

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