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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Crisis del coronavirus | Los héroes de 2020

Un año cara a cara contra el covid

Los sanitarios que se enfrentan al virus desde el inicio de la pandemia confían en que la vacuna ayude a poner punto y final a una intensa lucha que ya pesa

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Un año cara a cara contra el covid Andrés Cruz / J. C. Castro

Termina un año marcado por una crisis sanitaria que ha puesto en jaque al mundo. La pandemia de coronavirus originada en diciembre de 2019 en la ciudad china de Wuhan se expandió rápidamente por todos los países en los meses posteriores, dejando a su paso más de 81 millones de contagios y una cifra de muertes que ya se aproxima a los dos millones. Fue el pasado 31 de enero cuando el Archipiélago registró su primer caso, el de un turista alemán que pasaba sus vacaciones en La Gomera y que se convirtió en el primer paciente con Covid-19 en el territorio nacional. Ya en marzo, el número de afectados fue creciendo a un ritmo cada vez más acelerado y el país declaró el estado de alarma. Desde entonces, un ejército compuesto por médicos, enfermeros, auxiliares y celadores no ha parado de pelear cara a cara contra una patología que ya suma 26.847 infecciones y 411 decesos en las Islas. Salvar vidas es su prioridad. Por eso, a pesar del cansancio y de que aún quedan meses de batalla, estos profesionales continúan en pie de guerra con más optimismo que nunca, gracias a la llegada de la vacuna. Ellos han sido los verdaderos héroes del año.

Luciano Santana es especialista en Medicina Intensiva en el Hospital Universitario Insular de Gran Canaria. “Desde el punto de vista humano, el hecho de hacer frente a una enfermedad desconocida, en la que el miedo a contraerla rondaba en la cabeza de todos los profesionales, fue muy difícil al principio. No estábamos acostumbrados a luchar contra una patología que tuviese una capacidad de transmisión tan rápida”, recuerda el facultativo. Si bien es cierto que reconoce que, con el paso del tiempo, la situación cambió. “El hecho de ir conociendo cada vez más detalles sobre los mecanismos de transmisión y los medios de protección nos dio una dosis de tranquilidad”.

Francisco José Fortes

“La segunda oleada ha sido agotadora, pero ahora los centros cuentan con más personal” “El trabajo preventivo se ha visto reflejado y esta ha sido nuestra mayor recompensa”

Francisco José Fortes - Enfermero

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La irrupción de la primera oleada fue “muy brusca” y tomó a todos por sorpresa. La Unidad de Medicina Intensiva –UMI– tenía cada vez más pacientes y tanto el hospital como la propia área tuvieron que adaptarse a los protocolos establecidos por las autoridades sanitarias. Así, poco a poco, los profesionales se fueron familiarizando con los nuevos criterios de actuación, lo que “facilitó la labor” en esta segunda ola. “A pesar de que ha golpeado con más fuerza y de que se ha prolongado más en el tiempo, el trabajo ha sido más relajado. No obstante, hay que tener en cuenta que estamos ante un grupo de pacientes que provoca una enorme sobrecarga asistencial, lo que pasa factura en muchos de nosotros”, detalla el sanitario. “Por suerte, en nuestro servicio hemos organizado muy bien los turnos”, prosigue, “pero hay que recordar que la segunda etapa nos sorprendió con parte del personal sanitario de vacaciones y hubo que hacer refuerzos”.

En base a las palabras del especialista, a lo largo de estos meses, los tratamientos han cambiado, pero el pronóstico de los pacientes no ha variado con su uso. “A día de hoy, seguimos sin disponer de un tratamiento farmacológico que mejore la salud de los pacientes, sobre todo, en estadios graves. Es cierto que hemos avanzado en la atención a estos enfermos y ya podemos adelantarnos a muchas complicaciones, especialmente a las tromboembólicas, gracias a la administración de anticoagulantes que evitan que aparezcan estos episodios. Sin embargo, aún estamos esperando esa medicina milagrosa que pueda ayudar a tratar la enfermedad”, valora.

A juicio del doctor, lo más duro de esta experiencia ha sido tratar con los familiares, pues, durante los primeros meses, los sanitarios se convirtieron en el único canal de comunicación con los allegados de los enfermos. “Los familiares no podían acudir al hospital para hacer visitas y teníamos que informarles de todo. Para nosotros era muy duro tener que prepararles para el posible fallecimiento de su ser querido por vía telefónica y teníamos que poner toda la carne en el asador para que la información les llegara correctamente. Ahora, las visitas están permitidas con las medidas de protección pertinentes. Antes, en cambio, los ojos de los familiares éramos los médicos al otro lado del teléfono”, subraya.

En este momento, la situación en el Insular es “expectante”. Ahora mismo, la transmisión comunitaria es baja en la Isla, pero los profesionales temen que después de la celebración de estas fiestas la incidencia aumente y, por ende, los ingresos. “En la UMI estamos mucho más tranquilos, aunque continúan produciéndose ingresos. Afortunadamente, de momento, no tenemos una sobrecarga asistencial, pero para que esto no ocurra, creo que lo mejor que podemos regalar estos Reyes es solidaridad”, anota el experto, quien además se muestra entusiasmado con la llegada de la vacuna. “La vacuna es lo mejor que nos ha podido dejar el mundo científico y no voy a dudar en ponérmela. Se ha conseguido disponer de un producto que puede presumir de una alta tasa de seguridad y eficacia en muy poco tiempo. Sin duda, es el mejor avance de la historia de la Medicina y estoy seguro de que el bien colectivo que producirá va a ser muy notable”, asevera el intensivista del hospital capitalino.

Yésica Sosa

“Gracias al apoyo que nos hemos dado entre todos los compañeros, hemos podido salir adelante” “El momento más gratificante ha sido ver salir de la UMI a un paciente lanzando besos”

Yésica Sosa - Médico intensivista

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La doctora Yésica Sosa trabaja en la Unidad de Medicina Intensiva del Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín. Para esta profesional, enfrentarse al Covid-19 ha sido uno de los mayores retos de su vida. Pero, desde su punto de vista, la experiencia vivida durante la primera oleada fue mucho más dura que la de la segunda, tanto en el ámbito laboral como en el personal. “Durante el período de confinamiento, tenía mucho miedo. El hecho de salir a trabajar y estar todo el día con pacientes con covid me creaba mucha ansiedad, aunque estuviésemos protegidos. Además, en casa no podía tratar el tema con mi marido hasta que mis hijos se iban a dormir porque son pequeños y no quería transmitirles esa sensación de malestar”, relata la especialista, que además confiesa:“en muchas ocasiones me eché a llorar mientras me daba una ducha porque era la única forma de desahogarme después de una guardia frustrante”.

Y es que, según cuenta la intensivista del Doctor Negrín, se trata de un trabajo del que nunca se llega a desconectar del todo por la enorme responsabilidad que implica. “Si no estás hablando con los compañeros de lo que ha pasado a lo largo de la jornada, estás hablando con el que está de guardia para ver cómo está la situación en ese momento o para preguntarle cómo sigue aquel paciente que se encontraba tan mal cuando terminaste el turno”, asegura.

Los días y las noches se han hecho cuesta arriba en muchas ocasiones y la sensación de cansancio ha sido inevitable, algo que se ha extrapolado a la segunda oleada. Pero esto no ha impedido que los profesionales continúen la batalla. “Gracias al apoyo que nos hemos dado entre todos los compañeros, hemos logrado salir adelante. En esta segunda ola hemos tenido también guardias muy malas, pero nos hemos enfrentado a ella con más conocimiento y con menos miedo. Ya sabíamos cómo ponernos y quitarnos los EPI –equipos de protección individual–, lo que nos ayudó a ganar confianza. La verdad es que nunca hemos dado ni un solo paso atrás porque lo verdaderamente importante para nosotros son los pacientes”, señala la doctora Sosa.

De hecho, lo que más le ha costado asimilar a la facultativa ha sido tener que mantener en aislamiento a los enfermos aquejados de esta patología. “El hecho de saber que van a fallecer y que no puedan estar al lado de sus familiares es muy duro. Al principio intentábamos hacer videollamadas para que pudieran tener algún tipo de contacto con sus seres queridos. Después, el Negrín habilitó la sala de duelo, pero el sentimiento de malestar es el mismo para los médicos. Son vivencias muy duras y que también nos afectan como personas”, lamenta la doctora.

Primer paciente con ECMO

No obstante, la otra cara de la moneda la ponen las vivencias más gratificantes, que son aquellas relacionadas con los afectados que logran superar la enfermedad y regresar a sus casas. “Recuerdo que tuvimos a un paciente que tenía 42 años y era padre de tres hijos. Se encontraba muy mal y ya no sabíamos qué hacer para que pudiera ventilar. Decidimos ponerle un ECMO, que es un soporte que permite realizar la función respiratoria y que debe ser instalado por cirujanos cardíacos. Por suerte, el paciente respondió y salió de la UMI lanzando besos y dándonos las gracias. Ese momento no lo olvidaré. Creo que ha sido el único ECMO que se le ha puesto a un paciente con covid en Canarias”, enfatiza la sanitaria.

Ahora, con la vista puesta en la vacuna desarrollada por Pfizer y BioNTech, la facultativa no duda al decir que “detrás de este producto hay mucho trabajo e investigación”. Por eso, anima a la población a acceder a él. “Hay que saber confiar y seré de las primeras en recibirlo cuando me toque”, garantiza la facultativa.

María Isabel Santana

“Poco a poco, a nivel psicológico, la planta 8 mata a los profesionales y nos va mermando” “Aunque los pacientes no sean familiares nuestros, nos afectan sus complicaciones”

María Isabel Santana - Celadora

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En esta intensa lucha, los celadores desempeñan también una labor fundamental. María Isabel Santana pertenece a este gremio profesional y ejerce sus funciones en la octava planta del Hospital Universitario Materno Infantil de Canarias, la primera que fue habilitada para asistir a los pacientes con covid. “Cuando llegaron los primeros enfermos, sabíamos que nos estábamos enfrentando a algo desconocido, pero ya habíamos recibido instrucciones para manejar enfermedades infecciosas como el ébola. Por suerte, esta patología no llegó a las Islas, pero ya teníamos una base de conocimientos”, señala Santana, quien también admite que, al principio, el miedo cobró mucho protagonismo en la vida de los que peleaban en primera línea.

Desde que la primera positivo en coronavirus en la Isla ingresó en esta planta el pasado 7 de marzo –la ciudadana italiana de 61 años–, las hospitalizaciones fueron aumentando a un ritmo muy lento hasta tomar una velocidad vertiginosa a partir de abril. “Lo peor que he llevado ha sido el deterioro de los pacientes. El hecho de escuchar a algunas personas decir que se están muriendo representa un gran golpe psicológico. Poco a poco, a nivel psicológico, esta planta mata a los profesionales y nos va mermando”, sostiene con contundencia la celadora del Materno. “Lo más triste es que mueran solos, sin nadie más que nosotros, agarrándonos la mano. Muchos familiares no llegan a tiempo porque la muerte sucede de una forma muy rápida. Otros, en cambio, no reúnen el valor suficiente para venir”, añade.

Para ella, los momentos más difíciles se han enmarcado en esta segunda oleada. “La cifra de pacientes que no podía ni siquiera levantarse ha sido mucho mayor que en la primera. En septiembre, llegamos a tener casi 40 enfermos ocupando una cama. La mayoría eran personas mayores de 65 años y llegué a bajar de la planta hasta a tres fallecidos en un día”, recuerda. Ahora, el perfil de los pacientes ha cambiado y, afortunadamente, la planta no está saturada. “Desde hace más de un mes, las personas que ingresan son más jóvenes. Tienen entre 45 y 60 años y, en general, evolucionan mucho mejor. Además, los mayores que precisan ingreso no fallecen”, cuenta Santana.

El cansancio físico ya es muy intenso, pero el mental lo es aún más. “Aunque los pacientes no sean familiares nuestros, nos afectan mucho las complicaciones que puedan sufrir. Siempre me voy con la preocupación a casa, pero intento no transmitírsela a mi familia. Si la población conociera la cruda realidad que se vive aquí, nadie saldría a la calle”, apostilla la profesional. Unas palabras que apoya en la previsión de un aumento de la presión asistencial, cuando concluyan estas fiestas. “Creemos que la planta se volverá a llenar a mitad de enero. Mucha gente se está relajando y olvida cumplir las medidas de seguridad. Sin ir más lejos, en el puente de la Inmaculada, salí de trabajar un domingo y dejé a 11 pacientes en planta. Ocho días más tarde regresé y ya había 24”, revela con asombro.

Luciano Santana

“Aún estamos esperando esa medicina milagrosa que pueda ayudar a tratar la enfermedad” “La vacuna es lo mejor que nos ha podido dejar el mundo científico y no voy a dudar en ponérmela”

Luciano Santana - Médico intensivista

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Asimismo, asegura sentirse muy protegida en el espacio en el que trabaja y muy orgullosa de todos los compañeros con los que comparte su día a día. “Algunos celadores, médicos, auxiliares y enfermeros hemos participado en un estudio experimental desarrollado por el propio hospital. Estuvimos tres meses tomando un tratamiento que no nos decían si era un medicamento o un placebo. Todo para ayudar a investigar sobre este virus. Hemos estado muy implicados todos estos meses y vamos a seguir peleando”, subraya la sanitaria. Y agrega que la vacuna es la mejor herencia que ha podido dejar este 2020, “después de tantas investigaciones para lograr contener la pandemia”.

En las ambulancias medicalizadas el trabajo tampoco ha sido fácil. “Fuimos de los primeros en encontrarnos con pacientes infectados por el virus en sus casas. Al principio no conocíamos muchos detalles sobre esta enfermedad y los criterios para que fuesen trasladados a los hospitales eran bastante inciertos”, comenta el doctor Alberto Martell, médico asistencial de las ambulancias del Servicio de Urgencias Canario (SUC). En ese momento, los profesionales de este sector tenían que enfrentarse cara a cara con el cuadro sintomático que presentara cada persona. “Había que valorar cada caso, desde si había estado o no en una zona de riesgo hasta si presentaba sintomatología asociada a la del nuevo coronavius. Posteriormente, todo eso cambió y se fueron estableciendo protocolos mucho más estrictos”, precisa el facultativo.

Consciente de que la pandemia ha cambiado radicalmente su vida en muchos aspectos, el doctor se muestra contundente al decir que la sensación de agotamiento es una realidad, precisamente, por la potente carga asistencial que han tenido que soportar. “Nos hemos organizado muy bien y no hemos tenido que hacer más horas de las que nos corresponden, pero el cansancio se nota”, valora. Además, cuando los contagios de Covid-19 comenzaron a expandirse en las Islas, el temor a enfermar también se asentó entre este colectivo. “No sabíamos cómo podíamos evolucionar como pacientes si resultábamos contagiados. Por suerte, con el paso del tiempo, nuestro miedo fue disminuyendo y se nos ha quitado esa sensación”, recalca.

A su juicio, desde el punto de vista asistencial, la segunda oleada ha sido más complicada. Sin embargo, a nivel de procedimientos, actuación e incertidumbre, la primera fue mucho más compleja. “Para nosotros lo más duro ha sido encontrarnos con pacientes que fallecen en sus domicilios, pues son situaciones que no son esperadas por el entorno familiar. Esa sensación que se nos queda cuando un paciente fallece, aún conscientes de que no hemos podido hacer más de lo que hemos hecho, es terrible. Esto sucedía sobre todo al principio”, anota el doctor Martell.

Por lo que concierne al perfil de los enfermos que han contraído la afección, el facultativo asegura que ha variado. “En la primera etapa, el grueso estaba en las personas de edades más avanzadas y ahora la edad ha disminuido. Pero este cambio se debe, en gran parte, a que ha habido un mayor número de infecciones”. Asimismo, cree que en la actualidad existe mayor conciencia social sobre los peligros que puede provocar esta enfermedad y, en general, la población cumple las medidas de seguridad. Sin embargo, en determinados escenarios, la situación es otra. “Hay que hacer hincapié en que en el entorno familiar con el que no convivimos se suele relajar el cumplimiento de estas medidas. Precisamente, es ahí donde se está registrando la mayor parte de los nuevos casos”, destaca.

Sobre la vacuna que desde el pasado domingo ha comenzado a aplicarse y las otras que aún están pendientes de ser aprobadas, el especialista tiene muy claro que son los únicos recursos capaces de modular esta crisis sanitaria global. “Las diferentes vacunas están desarrolladas e investigadas por los mejores científicos del mundo. Yo soy totalmente partidario a decir que la vacuna es la única solución para dar respuesta a esta pandemia y poder volver, poco a poco, a lo que hemos conocido como normalidad”.

Alberto Martell

“Para nosotros lo más duro ha sido encontrarnos con personas que fallecen en sus domicilios” “Nos hemos organizado muy bien por turnos, pero el cansancio ya se nota”

Alberto Martell - Médico asitencial del SUC

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Por su parte, el colectivo de enfermería ha visto la cara de la pandemia desde diferentes ángulos. Francisco José Fortes es un claro ejemplo. Trabajó desde el inicio de la crisis en el Centro de Salud Cueva Torres, en la capital grancanaria, y en el último mes ha pasado a formar parte del equipo de intervención en residencias de la Gerencia de Atención Primaria. “Nos hemos enfrentado a este virus de una forma muy diferente a la del resto de la ciudadanía. Desde el principio, manejábamos información muy técnica relacionada con su epidemiología y empezamos a trabajar en la aplicación de protocolos destinados a proteger a la población y a nosotros mismos”, dice el enfermero.

El funcionamiento de los centros de salud cambió radicalmente. Comenzaron a suspenderse las visitas que no fuesen consideradas esenciales y las consultas telefónicas empezaron a cobrar protagonismo. “Se creó un revuelo que los enfermeros vivimos con mucha preocupación y nuestra forma de trabajar dio un giro de 180 grados. Teníamos que ser nosotros los que controlásemos la entrada y la salida del centro. Realizábamos un triaje a todos los que accedían, para evitar posibles contagios, y teníamos que decidir si la consulta podría ser derivada a la atención telefónica. También, resolvíamos las dudas de muchos ciudadanos que se mostraban preocupados por la situación”, remarca.

Con el paso del tiempo, la situación se ha ido estabilizando. “La segunda oleada ha sido agotadora, pero ahora los centros cuentan con más medios y más personal. Se sigue aconsejando que las consultas se realicen por vía telefónica para evitar aglomeraciones y los controles seguirán hasta que concluya la pandemia. Sin embargo, ahora el trabajo es más relajado”, apunta Fortes.

Desde el pasado mes de noviembre, se enfrenta al virus trabajando con el colectivo más vulnerable ante la infección por SARS-CoV-2: los ancianos que se encuentran en residencias. “El equipo se reparte por toda la isla. Como en cualquier otro centro, es imprescindible transmitir tranquilidad tanto a los usuarios como a los trabajadores. Nuestra función consiste en verificar que los protocolos de prevención se están cumpliendo y, si observamos que alguna medida preventiva no se está aplicando de manera adecuada, nos aseguramos de que se implementen de manera inmediata las correcciones necesarias”, puntualiza.

A esto cabe sumarle el seguimiento evolutivo que precisa cada usuario o empleado, en el caso de que se registre un caso positivo en el espacio. “Esta tarea se realiza, preferiblemente, por vía telefónica, pero si es necesario nos trasladamos hasta el centro. Como norma general, nos desplazamos cuando se inicia un brote y, después, hacemos el seguimiento diario de la situación”, señala. Además, si hay algún trabajador afectado, el equipo de intervención se preocupa por acelerar los procesos para poder concertar una cita con su médico de cabecera y tramitar su baja laboral. “Lo más importante es que no se nos escape ningún caso positivo ni ningún contacto estrecho. Nos preocupa muchísimo que el virus circule por estos centros y, por eso, es necesario contar con circuitos adaptados, en la medida de lo posible, a los propios usuarios y a las características del espacio. Aquí, el papel de la enfermería ha sido crucial”, valora el profesional.

Afirma que ha sido un año repleto de curvas, en el que el cansancio físico y mental ya pesa sobre los profesionales, pero se siente muy satisfecho con las acciones realizadas. “El trabajo preventivo se ha visto reflejado y esa es nuestra mayor recompensa. En Gran Canaria, los brotes en las residencias no han sido muy numerosos. Es cierto que se siguen registrando algunos casos, pero el control es bastante efectivo”, añade Fortes, que ha estado estos días visitando el Centro Sociosanitario El Pino, el primero en iniciar la campaña de vacunación el pasado domingo. “La llegada de la vacuna es una noticia trascendental y nos va a ayudar a ver la luz al final del túnel. La decisión de vacunar primero a las residencias me parece más que acertada y estoy seguro de que va a aportar muchísimos beneficios a la sociedad. Sin duda, es el premio que llevábamos meses buscando”, sentencia.

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