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Catedrático de Filosofía

Ramón Román: “La tendencia de la posverdad es un fenómeno de largo recorrido”

Ramón Román, en su despacho en la Universidad de Córdoba. | | FRANCISCO GONZÁLEZ

Ramón Román, en su despacho en la Universidad de Córdoba. | | FRANCISCO GONZÁLEZ

Ramón Román es catedrático de Filosofía en la Universidad de Córdoba y director de la Cátedra de Participación Ciudadana. Una de sus líneas de investigación es el Escepticismo. Entendemos que el escéptico es el que duda, pero detrás de esa palabra hay toda una doctrina filosófica, aquella “que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el ser humano es incapaz de conocerla”, dice la RAE. Las redes sociales digitales nos han acostumbrado a leer titulares y, en ocasiones, a poner más empeño en dar nuestra opinión o leer los comentarios en lugar de conocer los mecanismos en los que se sostienen las informaciones. 

Usted y yo estamos manteniendo una conversación, sin embargo puede que haya alguien que afirme que eso no es verdad, y alguien que le crea.

Sin duda, es un momento muy complicado de la sociedad actual.

Aspirábamos a fomentar el pensamiento crítico pero parece que estamos en un escepticismo radical.

En esa afirmación se opone el pensamiento crítico con el escepticismo, sin embargo, si acudimos a la etimología, “crítico” proviene de un verbo griego que es crinu, que significa separar, distinguir, juzgar e interpretar, y “escepticismo” viene de otro verbo griego que es skopeo y quiere decir lo mismo. Así que no significan dos cosas distintas. En realidad vivimos en un pernicioso relativismo, que está disfrazado de un legítimo escepticismo. El escéptico mira con cuidado las cosas, las estudia, porque no está seguro de ellas, y ante ellas da una respuesta prudente, sin seguridad. Está preocupado por evitar los errores. A veces se confunden estos dos términos.

¿El siguiente escalón sería el negacionismo?

Un negacionista no es un escéptico. Un negacionista llama la atención, porque está en contra de una posición establecida. Un escéptico toma distancia con respecto a las verdades institucionales, científicas u ortodoxas, mientras un negacionista no es neutral, lo que hace es ir en contra. Decía Sartre: “Todo ha sido descubierto salvo cómo hay que vivir”, y en cuestiones del vivir solo hay un escepticismo, que es fascinante, incierto, inseguro, que tiene que decidir con informaciones incompletas. Esto es lo contrario del negacionismo que tiene clara su postura, ha decidido ya qué es lo que no tiene que hacer. A veces, yo diría que en la mayoría de las ocasiones, equivocadamente.

Otra opción, ante la realidad que vivimos, es la de la despreocupación. ¿Es eso la ataraxia?

El primero que habla de ella es Demócrito, que define la felicidad como el placer, el bienestar, la armonía, la simetría y añade: la ataraxia. Se puede traducir como la tranquilidad de ánimo, la ausencia de inquietud. Los griegos, cuando no saben definir una cosa la definen privativamente, por eso se usa el prefijo “a”. Es sinónimo de ausencia de inquietud y el que tiene ausencia de inquietud por las cosas a veces está despreocupado, pues mientras más preocupaciones tienes más infeliz eres.

Esa despreocupación puede ser el paso previo al individualismo.

Sin duda. Los escépticos son los que desarrollan el término de ataraxia, algo que ocurre en la época de Alejandro Magno. Los griegos tenían una identidad como colectivo y de pronto Alejandro Magno acaba con todas las instituciones políticas, con sus propios dioses, pierden sus tradiciones, lo pierden prácticamente todo y la filosofía helenística retorna al individuo.

Nuestra sociedad es individualista, pero ahora resulta que no necesitamos al individuo sino a la sociedad. Si la población no se vacuna al ser escéptica con la propia vacuna, la vacunación no funciona.

Las nuevas tecnologías han transformado las cosas. Decía Benedetti: “Teníamos casi todas las respuestas y de repente cambian todas las preguntas”. En el tema que planteas, el de la vacunación, si las redes nos guían y en ellas hay mucho ruido uno debería preguntarse, observar, reflexionar, para tomar la mejor opción, lo mejor para la mayoría y, evidentemente, vacunarse. Habrá que convencer a esa minoría, escuchar razones para poder convencerlos.

“Un negacionista no es un escéptico, el escéptico se distancia, el negacionista no es neutral”

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Hay un punto de perplejidad en el hecho de que haya que convencer a la población para protegerse de algo que se ha constatado que está siendo muy dañino.

Sin duda, pero lo que ocurre es que es tremendamente difícil informarse en la sociedad de la información, por el exceso de información que hay. Las nuevas tecnologías ofrecen mensajes faltos de razón, falsos, y hay tantos que el exceso de luz nos puede dejar ciegos. Antes reconocíamos a los expertos y a los médicos y les hacíamos caso, pero hoy en día cualquier voz en la red nos puede confundir y nos engaña. Estamos mediados por esta gran herramienta que es Internet, y es muy difícil distinguir la verdad de la mentira.

¿Esta extensión de la incertidumbre es nueva o en la historia de la filosofía hay precedentes?

El mundo se ha convertido en algo muy complejo y, claro, hoy necesitamos expertos para casi todo, para hacer la renta, para pedir una cita médica..., y esto significa que el sistema ha cambiado y que lo controlamos muy poco. En esa jungla informativa hay muchos impostores, y además no tenemos tiempo para hacer lo que deberíamos hacer: pararnos a pensar, reconocer a esos impostores, reflexionar como ciudadanos. Internet se inventó para que la gente pudiera averiguar cosas sobre el mundo, pero el negocio ha hecho que Internet sea una herramienta para que las máquinas sepan muchas cosas de nosotros.

¿Qué se está haciendo bien?

Nada, el sistema es tan cambiante que los que implementan o frenan los cambios son los políticos. Ellos no tienen la culpa, pero hemos pasado de una idea de servicio público a una idea de profesionalización. La mayor parte de los políticos no han vivido nada más que de la política, son sociólogos, abogados, economistas, pero la política se ha convertido en cuestión de expertos y no hay ninguna facultad para formarse. Ahora, en el debate sobre la ley Celaá coincidieron en que querían recuperar la Ética y en el último momento se descarta. A la pregunta de por qué se decide eso la ministra dice que no hay hueco. No sé qué es peor, que quiten la Ética o que te respondan que no hay hueco. Los problemas a los que nos enfrentamos son de calado, la tendencia de la posverdad es un fenómemo de largo recorrido que está empezando ahora. Antes no querías tener a un mentiroso a tu lado. Como su actitud no se castiga, el mentiroso seguirá mintiendo más.

Parece que nos encanta alinearnos con quienes dicen lo que nosotros pensamos.

Hoy se llama la oferta cínica de los hechos alternativos. Si una información no encaja con nuestra cosmovisión, buscamos otra que sí nos encaje y los hechos no pueden ser alternativos. Mucha gente se ha contaminado de la manera trumpiana de hacer la política.

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