Texto íntegro del pregón de Jesús Pérez Peña, dado el pasado domingo 21 de marzo en Vegueta:

“A la buena gente se la conoce en que resulta mejor cuando se la conoce”. Bertolt Brecht. Canción de la buena gente 

 A Guillermo Mariscal Reinoso Jiménez. Inolvidable cofrade. Un hombre bueno. In memoriam 

“Por el sufrimiento, los seres humanos se convierten en ángeles” Victor Hugo 

Con amor y consuelo a los que sufren pérdidas y ausencias por culpa de la pandemia. A las víctimas del olvido de la sociedad 

“Los límites del alma no los hallarás andando, cualquiera que sea el camino que recorras; tan profundo es su fundamento”.  Heráclito de Éfeso 

  

“De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de ésta, la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad”  Miguel de Unamuno. “Del sentimiento trágico de la vida” 

  

“Cuando nos hallamos en la problemática de no ser capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al enorme desafío de cambiarnos a nosotros mismos”....

“La salvación del hombre está en el amor y a través del amor” Viktor Frankl 

SALUD Y ESPERANZA 

 

 Reflexiones íntimas para otra procesión en tiempos de pandemia. La búsqueda de la luz en la oscuridad. 

  

A MODO DE INTRODUCCIÓN 

 

 

Es Domingo de Ramos y, como todos los años en este primer día de procesiones, justo antes de que el atardecer inicie su lucha para dar paso a las primeras penumbras, cuando la noche termina de configurar su arquitectura para mostrarnos la belleza de la luz de lo infinito, Vegueta, corazón y depósito del espíritu fundacional de nuestra querida ciudad, se viste de gala, emociones y fe para acompañar a Nuestro Padre Jesús de la Salud y a María Santísima de la Esperanza. Instrumentos afinados para anunciar con sus marchas los grandes misterios de la Pasión, que son los de la salvación, ya están en la calle; costaleros que ocultan bajo los pasos el gozo y orgullo de aliviar con sus hombros el duro y penoso caminar de Jesús y su Madre, para que no se cansen, están dispuestos; cofrades, hermanas y hermanos que en el día más esperado culminan su militancia de fe dándoles silenciosa compañía con rezo y oración, preparados; la plaza de Santo Domingo rebosa devoción. Todo está listo. Se abren las puertas del templo y aparece la concreción emocional de lo que representa una Hermandad y una Cofradía. Estalla la fe...y el amor.  

Reverendo Director Espiritual, Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades Eclesiásticas, Civiles y Militares, Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santisima de la Esperanza de Vegueta, Señor Presidente de la Unión de Hermandades, Cofradías y Patronazgos de Gran Canaria, representaciones de Hermandades y Cofradías, hermanas y hermanos cofrades, amigas y amigos, 

  

Permítanme que mis primeras palabras sean de profundo y sincero agradecimiento a la Junta de Gobierno de la Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de la Esperanza de Vegueta y en especial a los dos Hermanos Mayores que he tenido el placer de conocer (José Vicente Navarro y Lino Chaparro) por haberme honrado con la distinción, primero en la Semana Santa de 2020 y, haber mantenido la confianza y ofrecimiento después, para pronunciar el Pregón Cofrade en esta Semana Santa de 2021. Ya tuve la ocasión de participar anteriormente en otros actos de la misma con motivo del 125º aniversario de la Virgen de la Esperanza y esta invitación no hace sino reforzar mis vínculos con esta entrañable, insigne, ejemplar y popular Hermandad y Cofradía, por lo que quedo en deuda permanente de gratitud al mismo tiempo que asumo con ilusión la responsabilidad que, como cofrade recién nombrado, ello conlleva. 

Entonces no pudo ser y hoy aprovechamos los resquicios que la situación nos permite para reunirnos y anunciar en este Pregón lo que significa para nosotros el Domingo de Ramos aunque, una vez más, seguimos con el impedimento de la salida procesional pues se mantiene ese drama que vivimos bajo la crisis del coronavirus, que se nos sigue presentando como un invitado indeseado y como azote universal para el que no estábamos preparados, Con qué vigencia se muestran ahora las palabras de Jesús, “Velen, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt 25: 13). Juan Pablo II, en su Carta Encíclica Dives in Misericordia ya nos recordaba que en el mundo contemporáneo “se observan no sólo transformaciones destinadas a ofrecer un futuro mejor a la humanidad sino que otras se constituyen como amenazas hasta ahora desconocidas”. Como si fuese una profecía. 

 

Un azote que, como noche oscura, nos señala con la tragedia que aún supone la pérdida de vidas y el dolor perenne asociado a las familias, y que además, como consecuencia, proyecta situaciones complejas en todos los ámbitos, situaciones que nos colocan en un punto de inflexión sobre el camino a seguir. La seguridad que nos daban todos los resultados de los avances científico-tecnológicos y las certezas del supuesto éxito de nuestros modelos socioeconómicos se han convertido en incertidumbres desnudando nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad y nuestros límites, poniendo en cuestión el que dichos avances y modelos puedan definir por sí mismos y de forma exclusiva el curso del futuro y la dirección de las sociedades. 

 

Parece una premisa histórica que todo periodo de plenitud lleve posteriormente asociado en el tiempo un periodo de crisis; pero también parece una realidad, contrastable en muchas ocasiones aunque no siempre, que los momentos de crisis suelen ser profundamente creativos. Pues ahora estamos en ese momento en el que, con el reconocimiento de nuestros propios límites, podamos redefinir nuestro concepto de lo humano y buscar nuevas fórmulas de relación con el mundo y con nosotros mismos así como nuevas alianzas frente a nuestra actitud, diríamos que casi de tiranía, hacia la Naturaleza (natura non nisi parendo vincitur: a la naturaleza sólo se la vence obedeciéndola1); pero esta vez dejando aparte la soberbia y autosuficiencia de esa seguridad antes enunciada; es decir, buscando la verdad desde la humildad. “Sin humildad es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia” escribía Chesterton. 

 

Pero no nos apartemos de la idea. Volveremos sobre lo escrito porque tiene fundamento y base para nuestras reflexiones. Este paréntesis se hace necesario porque qué duda cabe que el Pregón no puede ser el mismo que el planteado (y escrito) originalmente. Por eso, previo al protocolario y respetuoso saludo inicial, he querido dejar a modo de introducción el inicio original de un Pregón escrito antes de la suspensión de los actos procesionales de Semana Santa del pasado año, evidentemente más sujeto a los cánones tradicionales, más de orden festivo. No se interprete mal. He de dicho de orden festivo ¿por qué no?: acompañar a Jesús y a María por las calles de nuestra ciudad en su dolor diría que, desde el sentido de nuestra fe cristiana, tiene el sello de la esperanza de que el sacrificio del Amor nos llegue al final de la Pasión. No olvidemos que Pregón significa anuncio de lo que está por llegar: el regalo de la vida con la Resurrección.  

 

Este año, como ya ocurrió en el año pasado, las puertas del templo tampoco van a abrirse. Las túnicas y las capas permanecerán de nuevo planchadas y colgadas en las perchas y se verán otra vez privadas del aroma a incienso y cera. Tampoco nos ceñiremos el cíngulo con el que nos amarramos y apretamos con la fuerza que necesitamos para seguir el camino. La noche del Domingo de Ramos quedará huérfana de la procesión y del embrujo de Santo Domingo, de la emoción en el cruce de miradas y de palabras de dolor y consuelo entre la Madre y el Hijo antes de entrar de recogida a Casa.

Sí, la noche quedará huérfana de muchas cosas pero no de nuestra fe. Y digo esto ante la responsabilidad de presentar un Pregón que nos vincule con los momentos que vivimos para sacar conclusiones que nos ayuden a encontrar la luz en esta oscuridad. No es fácil porque, como saben, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, pero vamos a intentarlo. Y una de las herramientas en la que debemos apoyarnos para vencer la desilusión de esa orfandad a la que se ha hecho alusión anteriormente, la encontramos en lo que representa el sentimiento de ser cofrade. Reflexión que generalizo y no centro o dirijo a ningún ejemplo específico. Simplemente para recordar que la pertenencia a una Hermandad o Cofradía no debe ceñirse o limitarse a la espera y preparación del desfile procesional y tener como actividad única su participación en el mismo que, en nuestro caso, hace del Domingo de Ramos el día esperado para compartir emociones y vivencias intensas. Tanto es así que, cuando todo acaba en esa noche, parece que nos queda el vacío posterior que casi siempre aparece cuando finaliza lo que se espera y que sólo puede cubrirse cuando llegue la próxima Semana Santa. ¿Y hasta entonces, qué? No es crítica, sino reflexión sobre la que se incidirá `posteriormente. 

 

Por eso, las circunstancias me obligan a plantear un nuevo Pregón con un guión distinto. Ya que no podemos salir a la calle, aprovechemos la ocasión para sentarnos frente a nuestros Titulares y, en un ejercicio íntimo del que probablemente no abusamos a lo largo del año, recordar frente a ellos todo lo que hemos leído, aprendido, pensado, vivido y muchas veces olvidado en nuestro recorrido vital e intelectual y dirigirles una mirada fija buscando qué nos dicen, qué nos piden en ese “diálogo del silencio” en el que es más fácil oír cómo grita el corazón, el grito del alma.  

Salud y Esperanza nos ofrecen Jesús y María en nuestra advocación y devoción. Ahora, más que nunca, lo que pedimos y lo que necesitamos. Ellos son la fuerza de nuestra Hermandad y de nuestra fe. Por eso este Pregón no pretende sino, en esta “nueva procesión”, expresar sentimientos para compartir juntos un recorrido interior que busque y encuentre en sus miradas la luz que nos alumbre el camino a seguir como cristianos en estos momentos de tormenta.  

 

SALUD... 

Salud

Salud

 El rostro y la mirada de Jesús de la Salud 

 

Estamos preparados Y como paso necesario nos detenemos unos instantes contemplando la figura de Jesús y nos surge la primera pregunta: ¿A quién seguimos en nuestro recorrido?   Nuestro Padre Jesús de la Salud es un Jesús cautivo, preso, traicionado y abandonado. Un Jesús que recorre en solitario sus caminos desde el arresto hasta sus juicios que acaban finalmente en la vía dolorosa. Y Jesús, ya coronado de espinas, piensa en ello. Y en la contemplación de la imagen, su rostro y su mirada me interpelan. ¿Qué encuentro, qué me preguntan? Intento buscar respuestas para darle sentido a mi recorrido en este itinerario virtual al lado de Jesús y María, aunque a veces no me resulte fácil explicar mis propias contradicciones en la interpretación y ¿por qué no? mis dificultades en la expresión de los sentimientos. Les invito a ello, a pensar juntos en esa procesión de silencio, el mejor amigo para acompañar en el dolor.  

 

La mirada infinita de la reflexión en el rostro de Jesús de la Salud. 

 

Seguramente una reflexión dolorosa sobre todo lo acaecido y sobre su destino. Y es que en su trayecto por el arroyo del Cedrón hacia el palacio del sumo sacerdote, que sólo merece una sucinta descripción en los evangelistas haciendo referencia específica al abandono y huída de los discípulos y al seguimiento lejano de Pedro (siempre Pedro), Jesús acusa el dolor vivido en el Huerto de los Olivos. Por eso, para entender esa mirada hay que recurrir a Getsemaní.  

 

Jesús, que con frecuencia se retiraba a orar en soledad voluntaria, conociendo cercano el destino de su muerte necesita sentir la asistencia y presencia en oración de sus fieles discípulos. “Triste está mi alma hasta la muerte. Quédense aquí y velen” (Mt 26:38) e invita a Pedro (siempre Pedro), Santiago y Juan para dulcificar, si ello es posible, los momentos de angustia ante la duda que sobre la derrota de su mensaje le asalta. Descrito Getsemaní como uno de los escenarios más amargos y difíciles de la Pasión, esta invitación a la oración indica hasta qué punto Jesús experimenta miedo y angustia. Tristeza y Soledad en uno de los momentos que más compañía y apoyo necesitaba, la de sus fieles discípulos, compañía que no tuvo tras los intentos para poder orar juntos.  

 

Jesús está solo. En el horror de esa noche sufre pena y abandono con los olivos como testigos de sus oraciones de siempre. Experimenta su profunda soledad con el desconcierto que Chesterton describe como “la tentación del Señor tu Dios hacia sí mismo”. Jesús, “en cierto modo sobrehumano, pasó por el humano horror del pesimismo.”. Miedo y angustia donde, según Benedicto XVI, se recapitula todo el horror del hombre ante la propia muerte. Getsemaní representa pues la lucha del hombre ante el Hombre, Y su oración entre sollozos es ahora de queja (por primera vez). ¡Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz!, oración y deseo humano íntimo como grito de rebeldía y libertad premonitorio del desgarrador grito que parte de la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46, Mc 15:34) (la queja por segunda vez), expresión que nos presenta la dimensión humana de Cristo en la más absoluta de las soledades, aunque seguida de “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22:42)”, es decir, el “fiat voluntas tua” que seguramente aprendió en el seno de su Madre cuando recibió la visita del ángel anunciando su Concepción. Dos expresiones con deseos enfrentados que sabemos se resuelven al final con el ejemplo del Amor infinito. En este punto, no me resisto a recordar la perfecta síntesis de amor y soledad que expresó la poetisa cubana Dulce María Loynaz 2: 

No cambio mi soledad por un poco de amor. 

Por mucho amor, sí.

 Pero es que el mucho amor también es soledad...

¡Que lo digan los olivos de Getsemaní! 

Con la página de Getsemaní, el “Cristianismo agregó la valentía a las demás virtudes del Creador”. Su justificación nos deja argumentos inestimables para la reflexión: “porque la única valentía que merece llamarse valentía es la que significa que el alma ha pasado un punto de quebranto sin quebrantarse” 3. 

Permítanme completar el mensaje de la condición humana (además de la divina) de Jesús en su oración y espera, introduciendo en estos momentos una ayuda de la mano de la insigne filósofa española María Zambrano. Como apéndice al “Sueño Creador” añade “El sueño de los discípulos en el Huerto de los Olivos,4 ejemplo de descripción e interpretación del drama del gran abandono y la inmensa soledad de Jesús en Getsemaní. Podemos leer: 

 Él les dio tiempo, la libertad, y aun espacio propio, les colocó en el lugar del Hombre. Y se durmieron.../ Y al caer en la pesadez del sueño dejaron vacío el lugar del Hombre;../ Y ocurrió el silencio.../ Quedó así desertado el lugar de la condición humana y su única manera de participar. Y Él solo, quedó a solas

 “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante este tiempo” expuso Pascal en sus Pensamientos.. 

.”Y los hombres, durmiendo, ensayan su morir” decía el poeta Antonio Colinas5. Jesús de la Salud expresa en su mirada el recuerdo de estos difíciles momentos. Lloró mientras oraba. 

 La mirada de la soledad y del silencio. 

 

Por eso, en su dolorosa reflexión, veo también en Jesús de la Salud la mirada de soledad y abandono y además, una vez tomada la decisión como Hombre de aceptar el designio del Padre, mirada de entrega. Él conoce su destino aunque, eso sí, está solo. Nuestro Jesús Cautivo, nuestro Jesús de la Salud camina solo. 

 

Soledad y silencio. Sigo imaginando el desarrollo de esta procesión diferente, no presencial ni física pero sí espiritual e íntima. Recorro en mi pensamiento su itinerario por las calles de Vegueta y tanto Jesús como María caminan con la ayuda de los hombros cofrades y la compañía silenciosa de mujeres y hombres penitentes, discípulos que esta vez no están dormidos, sino que le apoyan en su andadura hacia los juicios recibidos. Ya es de noche. Es el momento de nuestra soledad y nuestro silencio. Soledad y silencio que, utilizando los términos del poeta Muñoz Rojas, los acogemos “para que vivan como huéspedes en nuestra alma y para que al final nos den como fruto la paz”.  

Soledad y silencio buscados y deseados acompañando a Jesús de la Salud como necesidad de un encuentro interior, un encuentro con nosotros mismos para resolver nuestras dudas que surgen cuando las luces de la fe se desgastan por el uso, se hacen tenues, comienzan a apagarse y necesitan recargarse con la luz divina.  

Soledad y silencio para percibir cómo nos habla Dios, porque Él siempre nos habla en silencio y en silencio escucha el alma, y dialogo con ella. Y así, mientras camino en la noche sosegada, converso conmigo mismo buscando respuestas a las preguntas sobre ¿qué debo hacer? ¿qué debo esperar?. 

Soledad y silencio porque los necesito para buscar la verdad y encontrar la luz de la Palabra; porque recuerdo la sentencia platónica: "podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; pero la real tragedia de la vida es cuando los adultos temen a la luz" y porque no quiero andar en tinieblas sino alumbrado por la luz del mundo y de la vida (Jn 8:12). He buscado respuestas a esa mirada en el rostro de Nuestro Padre Jesús de la Salud y las he encontrado; y me confortan. Soledad y silencio como puerta a la sabiduría. Desde mi sitio imaginario en la fila de nazarenos me vuelvo discretamente hacia atrás, le miro y le digo como los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lc 24:29) 

 

¿Qué más encuentro? Veo belleza y bondad. En una de las citas previas a la introducción leemos cómo Unamuno (a quien nos referiremos de nuevo) liga al final el deseo de conocer a Dios y el anhelo de divinidad al concepto de belleza y de bondad. Aprovechemos la cita para nuestra meditación. 

 

La belleza en Jesús de la Salud 

 

 Sí, es verdad que su mirada sesgada hacia el camino y su rostro con la boca entreabierta que no sé si quiere hablarnos o busca el aire  que aliente su espíritu (o ambas cosas a la vez), dan imagen de tristeza. Pero es bella. Platón aseguraba que "La belleza es el esplendor de la verdad", Belleza y Verdad (absolutas) en íntima conexión.  

 

Belleza que ha sido buscada en el arte como forma de expresión de mensajes que conecten con lo trascendente: en la música y en la pintura, en la escultura y la literatura. Así, Dostoievsky buscó en uno de sus personajes (el príncipe Mishkin en El idiota) representar a un hombre realmente perfecto y bello en el sentido de que significase una imagen del ideal moral cristiano en sus virtudes. Buscaba el ideal de la belleza. “Es posible vivir sin ciencia; es posible vivir sin pan; pero es imposible vivir sin la belleza” escribía. 

 

 En el rostro de reflexión dolorosa de Jesús, la belleza mitiga como un bálsamo su soledad y su tristeza; y la nuestra también. La belleza pues como un ideal y, en definitiva, como un valor y una vía de profundización en las dimensiones de la Verdad y del Bien, como un camino de encuentro con Dios.  

 

Y la mirada de bondad y la actitud de compasión. 

 

Si antes nos preguntábamos ¿qué es la verdad? La pregunta ahora sería ¿qué es la bondad? La respuesta aquí es más fácil. De acuerdo que hablamos de otra cualidad, como es lo bello, pero quizás de interpretación más sencilla. Encontramos la bondad vinculada a la cualidad de bueno, cualidad de excelencia moral, inclinación natural a hacer el bien con disposición a ayudar a quien lo necesita. Claro que, bajo esta perspectiva, al hablar de Jesús y bondad podemos incurrir en argumentos tautológicos: Jesús es en Sí mismo la Bondad Absoluta. El Evangelio es el relato de la Bondad (y del Amor). Por eso, y como estamos describiendo las miradas en Nuestro Padre Jesús de la Salud, 

me viene a la memoria el texto de la revelación a Moisés del verdadero rostro de la divinidad: “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34: 6-7) y espero no desvirtuar la cita de Unamuno si hablo ahora también de la mirada que expresa compasión (aunque existan matices diferenciales entre bondad y compasión que deben aclararse).  

 

En efecto. Para ello, recordemos la escena del atrio en el palacio del sumo sacerdote. La que podemos definir como la del gran drama de Pedro (siempre Pedro) quien, preocupado por el futuro de Jesús, tuvo al menos el valor de seguirle de lejos. Si bien se cita a Juan como el discípulo predilecto, creo convencido que era Pedro quien más amaba al Maestro. Pero, a veces, el miedo llega a ser más fuerte que el amor y la mirada de Jesús al salir de su humillante juicio le recordó el anuncio de su negación. ¡Le he traicionado! ¡Creí amarle tanto! Y saliendo afuera lloró amargamente (Lc 22:54-62)7. Johann Sebastian Bach nos dejó una de las páginas más excelsas que, como relato de la Pasión, puedan existir, incorporando inmediatamente después del “yo no conozco a ese hombre” el arrepentimiento en forma de Aria que nos puede quedar como ejemplo de reconocimiento de nuestros errores con la petición de perdón: 

“Erbarme dich mein Gott…”

“Dios mío ¡ten piedad de mí! Enjuga mi llanto

Contempla cómo mis ojos y mi corazón

lloran amargamente por tu causa” 

  Una vez más, lo bello como valor, (como decíamos antes) y como camino de encuentro. 

¿Qué encontró Pedro en la mirada de Jesús? Probablemente un tipo de mirada parecida a la que recibió Judas en el momento del prendimiento. Mirada no de reproche ni de abandono, sino una mirada de compasión y perdón Sí, porque Jesús sabía del sufrimiento de Pedro y lo hacía suyo compartiéndolo. Porque eso es la compasión. Si Judas no resistió en su arrepentimiento el recuerdo de su traición, Pedro sí aprendió de la mirada de Jesús los valores del perdón. Nuestro Padre Jesús de la Salud, probablemente esté recordando la escena  

 

De una sola mirada (eso sí, sostenida) a la imagen, la de la reflexión dolorosa de Nuestro Padre Jesús de la Salud, hemos encontrado toda su vivencia desde Getsemaní hasta la Cruz: Abandono, Soledad, Silencio y, a pesar de ello, Belleza, Bondad y Compasión. ¡Cuánta lección para reforzar nuestra fe! 

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

Y... ESPERANZA 

Esperanza

Esperanza

Centro ahora mis reflexiones en María, nuestra María Santísima de la Esperanza, ahora más Esperanza que nunca. En esa procesión interna en la que acompañamos en el sufrimiento al Señor de la Salud, cautivo y preso, intentando. si ello es posible, mitigar el dolor de su soledad, nosotros no estamos sin embargo solos. Detrás viene María, que nos empuja, que nos invita a no desfallecer y nos pide como Madre que también estemos a su lado en el dolor. Sólo basta contemplarla para intentar comprender lo que nos transmite su imagen. ¿Qué nos sugiere? 

 

Vemos un rostro que expresa meditación y recuerdo. Seguramente María, siguiendo a su Hijo, recordase el momento en que pronunciaba las palabras que fijaron su destino tras la Anunciación: “Ecce Ancilla Domini“ “He aquí la esclava del Señor”. Con este sí, como expresa Benedicto XVI en la Carta Encíclica Spe Salvi, “la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia”. “Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho sí La esperanza entra en el mundo  con la Encarnación de María. Ahora se nos anuncia una nueva esperanza: la de la redención de la humanidad y la vida eterna”. Desde entonces, María es la Madre de la Esperanza.  

 

Spe Salvi facti sumus (En la esperanza fuimos salvados) anuncia San Pablo a los romanos (Rm 8:24). Y Dante en los cantos del Cielo de su Divina Comedia nos presenta de alguna forma la esperanza: 

 

  “Esperanza, es esperar lo cierto de la gloria futura, que produce Gracia divina en mérito no incierto” 

San Agustín se expresa en términos parecidos en una homilía del día de Pascua sobre el Aleluya. “El verdadero Aleluya lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza” 8 

 

¡María, origen y Madre de toda Esperanza! La más humilde de las virtudes. Elegida como la Madre por excelencia, asume su destino con responsabilidad y obediencia, con la misma sencillez y humildad con la que se dispone a servir y ayudar a su prima Isabel, la misma que refleja en el Magníficat: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1:46-55); “hacerse nada” para cumplir la voluntad de Dios; con la misma fe y esperanza cierta que manifestó en la bodas de Caná de Galilea cuando, a pesar de la inicial negativa del Hijo, dice “Haced lo que él os diga” con la seguridad de que ayudaría a sus amigos.  

 

Y también el dolor. Porque nuestra María de la Esperanza debe meditar sobre una segunda anunciación, la profecía del dolor que recibe del anciano Simeón: “Y a ti, una espada te traspasará el alma” (Lc 2:35), palabras que predicen el futuro sufrimiento de Jesús y en las que María entiende desde entonces el misterio del destino doloroso de su Hijo. La daga que atraviesa el pecho de María Santísima de la Esperanza de Vegueta nos representa, más que sus lágrimas, la unión de su alma al sufrimiento del Hijo. Representa su dolor:  

 

“Ustedes, los que pasan por el camino, miren y vean  si hay dolor semejante al dolor que me atormenta... ”  (Lam 1:12) 

la cita del Libro de las Lamentaciones, el O vos omnes de nuestra liturgia que perfectamente podemos aplicar en boca de María camino del Gólgota acompañando a Jesús en su itinerario después de la flagelación, tortura y condena.  

¡Cómo recordaría María en esos momentos su acto de humildad como esclava! ¡Cómo atravesaría su mente la profecía de Simeón! El primer dolor del Gran Dolor como puerta de entrada a la calle de la Amargura, la del encuentro y la de la despedida. Encuentro de miradas en las que Jesús percibe la ternura de una madre que comprende su proyecto. La profecía de Simeón se está cumpliendo y el “fiat” de la fidelidad de María a la voluntad divina, también.  

 Y María sigue a su Hijo hasta el pie de la Cruz. Y al pie de la Cruz la Madre, la mujer Madre. Y en ella, el sentimiento de soledad.  

 

Stabat Mater dolorosa Iuxta crucem lacrimosa, Dum pendebat filius. 

 

Y una vez más nada mejor que el arte, es decir la belleza, es decir, los sentimientos, para hacernos acompañantes de ese dolor extremo. (Gracias a todos quienes con el arte de la música, en el canto de sus Stabat Mater nos hacen desatar la compasión hacia María).  

 

 Pero la expresión de nuestra Virgen Titular de la Cofradía no es la expresión desgarrada de una Dolorosa aunque lógicamente le afloren las lágrimas y con su mirada ausente manifieste su soledad. Su imagen, su expresión y su mirada me inspiran fundamentalmente piedad, esperanza y ternura. Piedad como espiritualidad, como un sentimiento íntimo y dulce de amor sereno ante el cuerpo real del Hijo. ¡Qué bella descripción hizo el poeta y literato Dámaso Alonso cuando en su poema “A la Virgen María” escribe... “...No, yo no sé quién eres, pero eres una gran ternura...”.  

 

 Esa sensación de piedad, de mirada serena, me hace recordar que la María Santísima a la que acompañamos fue antes Virgen de las Misericordias. Y es que ella comprendió y anunció de forma explícita la misericordia divina en el ya citado canto del Magníficat: “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación... dispersa a los soberbios de corazón... enaltece a los humildes...” 

 

 Juan Pablo II dedica en su encíclica Dives in Misericordia un capítulo especial a presentar cómo María ha experimentado y participado como nadie en la revelación de la misericordia divina, desde su concepción hasta el dolor de la Cruz, recogiendo a su Hijo entre sus brazos tras el descendimiento y acompañándolo hasta el depósito en el sepulcro. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, rezamos nosotros, Sin ella, sería imposible entenderlo. María con Jesús en sus brazos, Piedad y Misericordia juntas.  

 

 Para terminar, quiero ver que esboza un inicio de sonrisa propia de quien espera algo o a alguien, como el “sueño despierto” con el que Aristóteles definía la esperanza, pero no como una conjunción de lo propio y lo ajeno, como deseo que pueda (o no) ser alcanzable sino con la base sólida de la fe en su destino. Y es que quizás sea la esperanza la actitud siempre asociada a María para superar el dolor y la soledad. Esa mirada contiene prácticamente el sentido de todas las miradas que somos capaces de descubrir en su rostro.  

 

Por eso no es casual la elección de la cita expuesta en la introducción. El filósofo liga la esperanza a la necesidad de creer en Dios, a vivir del anhelo de divinidad y conducirse como si la hubiera y hacer de ese anhelo nuestro íntimo resorte de acción. Eso es la esperanza y por eso la sitúa como virtud primera, como raíz y tronco del que derivan las demás virtudes. Así lo encontramos en San Pablo cuando habla de Abraham:”El creyó esperando contra toda esperanza” (Rom 4:18). Creyó porque tenía esperanza; sin esperanza no hay fe. Volveré sobre este tema en las conclusiones. 

 

 Y esa esperanza también quiero verla en los últimos versos que un poeta puso en boca de una Soledad y Dolorosa más mujer, más real y más cercana que nunca, expresándose como cualquier madre con el inmenso dolor de haber perdido un hijo, pero a quien a pesar de su lamento aún le cabe un hilo de esperanza al que aferrarse: 

En la losa te ha ungido Nicodemo. 

De allí vengo, el alma hecha pedazos.

Sobre la piedra mis cansados brazos te han dejado dormido y ahora temo  

 ue este recio dolor en que me quemo,

me consuma al quedar sin tus abrazos.  

¡Quién siguiera amarrada en esos lazos,

aunque muerta contigo ¡ Hasta ese extremo!. 

 No sé más que sufrir, ni sé qué digo.     

Comprendo que las cosas de tu Padre             

son antes que las mías; pero cobarde, 

 como mujer te pido, como madre:              

Lo que hiciste con Lázaro, haz contigo.              

¡Mi niño, mi Jesús, no vuelvas tarde! 9  

Sí. El poeta, en sus tres últimos versos, también pone en boca de la Soledad la esperanza de la Madre. ¡Mi niño, mi Jesús, no vuelvas tarde!. Tres días tardó en ver cumplido su deseo. Por eso quiero ver el mensaje de esperanza en el rostro de nuestra Virgen de Vegueta. Lo veo y lo necesito como roca sólida y fuerte de la fe, garantía de lo que como cristiano espero que suceda, para entender que la Pasión y el sufrimiento de Jesús desde Getsemaní hasta la Cruz, y el suyo como Madre desde Simeón hasta el Sepulcro, deben tener el epílogo anunciado: nuestra salvación.  

 

 Con el ejemplo de María, la esperanza nos hace ver que el mensaje de la Cruz no es el dolor. Dios no calla en la Cruz. La Cruz es la vida y el consuelo decía Santa Teresa...Es el Amor infinito. Piedad y Misericordia, Ternura y Esperanza nuestra 

 

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

TRAS LA REFLEXIÓN...  ...LOS COMPROMISOS  

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

Pregón de Jesús Pérez Peña: reflexiones para "otra procesión" distinta de la que sale a la calle

El recorrido de esta nueva procesión ha llegado a su fin. Las puertas se cierran y, en un último adiós antes del punto final, me imagino dentro de esta Casa contemplando una vez más esas miradas que ahora nos obligan a realizar un balance crítico de su significado, de las lecciones que hemos sido capaces de interpretar. De nada servirían las reflexiones sin ese balance crítico (diría que autocrítico) aplicado a la situación actual. Porque ahora salimos a la calle y nos espera la sociedad y nuestro compromiso con ella. Y es que, si por necesidad hemos convertido la procesión habitual en oración contemplativa, en una situación como la que estamos viviendo tenemos el deber de convertir en acción cristiana lo recordado, meditado y aprendido. Trato de condensar el balance en unos puntos a modo de conclusiones. 

 

Consolidar el sentimiento de ser cofrade 

 

 Incidimos ahora sobre esta cuestión planteada en la introducción y, efectivamente, los momentos de reflexión ante nuestros Titulares deben servirnos de valiosa herramienta, no sólo para un replanteamiento de nuestra condición cofrade, sino también y, teniendo en cuenta que “no sólo somos procesión sino también Hermandad y Cofradía”, como un recordatorio de esos deberes a los que se ha hecho alusión anteriormente. En un artículo del periodista Pedro Merino10 he encontrado la descripción más clara y precisa de lo que significa el compromiso de ser cofrade: “El cofrade es, en primer lugar, una persona que se define como cristiano en la doble condición de discípulo y de apóstol de Cristo. Es decir, alguien que, como discípulo, recibe y hace suyas las enseñanzas de Cristo, y que luego, consecuentemente, adquiere el compromiso, como apóstol, de exponer y expandir tales enseñanzas entre los demás”. 

 Nada más y, nada menos. Y es que ese compromiso implica tareas, muchas de las cuales tendremos que actualizar y llevar a cabo diariamente, porque se es cofrade todos los días del año y cristiano toda la vida. No sólo estoy hablando de las atenciones sociales, culturales y religiosas en el entorno de la parroquia que nos acoge (tareas que con frecuencia recaen sobre unos pocos voluntarios y los responsables de gobierno de la Cofradía). Hoy en día, una Cofradía debe representar un verdadero lazo vinculante entre las actividades de la vida diaria y lo trascendente con una fuerte proyección externa. Esto incluye el compromiso de participación en el proceso de Evangelización como nos recuerda un documento de la Conferencia Episcopal Española: “La nueva Evangelización se hará, sobre todo, por los laicos, o no se hará”,  

 

 Y ahora resulta imposible obviar el impacto que sobre nuestros análisis, reflexiones y propuestas ejerce la difícil situación que actualmente vivimos con angustia y desconcierto ante la tragedia con que la pandemia desatada nos sigue castigando. Desconcierto que nos sitúa ante sensaciones de inseguridad, con sentimientos y, a veces, actitudes contradictorias. Pero como ya dijimos, esperemos sacar de la crisis las mejores lecciones para un futuro más justo y solidario y saber conducir una reconversión de nuestra actitud que, como cristianos, debemos asumir en la construcción de la nueva sociedad, del nuevo mundo que deberá aparecer después de la crisis Es el momento para ofrecer lo mejor de nosotros: generosidad, solidaridad y entrega para superar esa crisis de la sociedad contemporánea, sociedad que, habiendo utilizado como moral verdadera una moral orientada casi exclusivamente al utilitarismo, con criterios éticos “a la carta”, aparece ahora instalada en la vulnerabilidad y desesperanza. La vida todavía espera mucho de nosotros

Ante nuestra vulnerabilidad reforzar la fe 

 

 Hemos comentado que una de las principales consecuencias de la pandemia ha sido el mostrar de forma descarnada nuestros propios límites y nuestra vulnerabilidad que en forma de reacción en cadena se ha trasladado a todos los ámbitos, sanitarios, culturales, políticos, económicos y sociales, produciendo con ello una seria inestabilidad que requerirá propuestas de programas y soluciones que de momento son una incógnita.  

 

 No se puede dudar de que, en sí mimas, la investigación, la ciencia y la tecnología aplicada de forma responsable, son empresas de fuerte componente ético en cuanto se marcan como objetivos el conocimiento y la búsqueda de la realidad por un lado y progreso en el estado de bienestar y calidad de vida por otro. Ahí no está el problema sino la solución. Pero, aun teniendo confianza en los resultados que puedan ofrecernos, lo que se ha descrito como “desmesura” en esa confianza en el progreso científico-técnico y, sobre todo, su utilización en los modelos sociales y económicos asociados, ha dado lugar a que nos sostengamos sobre unos valores que entendíamos seguros y han resultado vulnerables. Ya Benedicto XVI llamaba la atención sobre este aspecto cuando en Spe Salvi escribe: “El restablecimiento del paraíso perdido ya no se espera de la fe sino de los progresos científicos y técnicos, de los que surgió el reino del hombre”. La esperanza se transforma en “fe en el progreso”. Y es que en un mundo en el que actualmente resulta difícil consolidar compromisos globales estables por la disolución de valores que se entendían originarios y esenciales, con problemas para el establecimiento de normas que puedan servir de referentes éticos, nuestro mensaje debe colaborar al proceso de revalorización de la dignidad humana, sin excluidos.  

Y en ese desconcierto surge la pregunta ¿dónde está Dios ahora? Nuestra vulnerabilidad se está transformando en muertes, nostalgia, dolor, sufrimiento, pérdidas de empleo, aislamiento. Una sociedad con fatigada y con síntomas de cansancio. En estas circunstancias ¿tiene algo que decir la fe cristiana? Porque surgen dudas dirigidas a la conciencia de nuestra fe, que siempre necesita de alimento y puede estar herida por esos sentimientos.  

 

 E interpelamos: ¿Por qué nos está ocurriendo esto? ¿Dónde está Dios?, Y quedamos esperando sus palabras sabiendo que su silencio es un tormento que profundiza las heridas, (aunque también es verdad que nunca nos habla a gritos); la fe no puede separarse de la vida y, en este caso, con los sentimientos de fragilidad ante los efectos de la pandemia, corre el riesgo de debilitarse. Resulta difícil entender su silencio ante nuestra debilidad y miedo frente a nuestra tormenta. Sí, el mismo miedo que sintieron los discípulos ante el mar embravecido como nos recuerda el Papa Francisco. El miedo y desesperanza que nos lleva a suplicar con el salmista (Salmo 44:23-24) 

 

 ... ¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?  

¡Levántate! No nos rechaces para siempre  

¿Por qué escondes tu rostro  y te olvidas de nuestro sufrimiento y opresión? 

 El mismo miedo y desesperanza que se refleja en una preciosa canción israelí, “Cuando el corazón llora” (autora, Sarit Hadad) que, partiendo del título del himno del Deuteronomio Shemá Israel (Escucha, Israel!) suplica en la plegaria: 

Hazme fuerte mi Dios, haz que no tenga miedo

El dolor es fuerte y no hay donde escapar...

Haz que termine porque no me quedan más fuerzas 

Tenemos necesidad de Dios y ahora, a puerta cerrada, nuestra fe parece situarse al lado de Tomás, el discípulo que necesitaba no sólo ver al Señor sino también tocarlo y el impulso de la desesperación me lleva a recordar el ferviente deseo de conversión de Unamuno, de creer en Dios notándolo, sintiéndolo, viéndolo, cuando dice: 

 

                ¡Quiero verte Señor!..../.  

Mírame con tus ojos, ojos que abrasan,.../           

 ¡Mírame y que te vea!”  

Precisamente de esta sensación de debilidad, de necesidad y de las dudas asociadas es de donde pueden obtenerse los argumentos para reforzar nuestra fe. Porque la fe va íntimamente ligada a nuestras experiencias de vida y, por lo tanto en este caso, a nuestra fragilidad. Una fe vinculada exclusivamente a la utilidad o a una certeza insensible a lo que experimentamos es una fe débil. Podemos asumir el convencimiento de Pablo, el artífice del encuentro entre Jerusalén y Atenas:: “Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte escribía a los corintios (2Cor 12,10). La fuerza definitiva la obtendremos si volvemos la mirada a las reflexiones que hemos realizado sobre el sufrimiento de Jesús en su condición humana. (Él supo mucho de traiciones, negaciones y soledades, recordemos Getsemaní por ejemplo). Él mejor que nadie entiende nuestras dudas a causa del dolor y por eso debe convertirse en el referente para reforzar nuestra fe, renovarla y empezar de nuevo anclados sobre una roca sólida. Sólo basta con mirar a la Cruz. Esa debe ser nuestra referencia y nuestra fuerza. Fe porque la necesitamos para no vaciarnos de Él y quedar sin esperanza

Alimentar y construir esperanza 

 

Si la crisis de fe proviene de una crisis de esperanza, con nuestro compromiso de renovación deberíamos tener el problema resuelto. Hemos ligado antes el refuerzo de nuestra fe a la esperanza de que al final del drama seamos capaces de obtener conclusiones para construir un mundo más justo y humano, pero en estos momentos de incertidumbre se nos repite ahora la misma pregunta: ¿Qué esperanza podemos alimentar como cristianos?¿Con qué argumentos?  

 

 Esperanza porque con el refuerzo de la fe se vence la tentación de pensar en la “represalia divina” como criterio catastrofista sobre nuestra situación. Porque saco fuerzas del Dios que Isaías nos recuerda: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; los ríos no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti...”. (Is 43:1-2).  

 

 Pero sobre esto también reflexionó Séneca quien en sus Diálogos sobre la Providencia y la Clemencia nos deja escrito: 

 

Cuando Dios permite que los buenos sufran calamidades, no Io hace por atormentarlos pues está unido con ellos por lazos de semejanza y por el amor Los males que afligen a los buenos, en realidad no son males; son más bien medios necesarios utilizados por los dioses para formar a los buenos, para ejercitarlos en Ia virtud y así elevarlos a mayor perfección. En Ia desgracia ejercita el sabio su fuerza y se perfecciona. No hay mal alguno en el mundo que no pueda servir al sabio para su bien.11

Esperanza, porque la esperanza es más fuerte que el miedo y porque al igual que calmó la tempestad, Jesús calmará nuestras tormentas y nuestros sufrimientos. Porque necesitamos sentirlo cercano a nosotros. Porque sabemos que Dios, por semejanza y amor, está siempre (aunque no entendamos su silencio) a nuestro lado. Esa debe ser la gran esperanza que nos transforme a pesar de las desilusiones con las que nos impregna la pandemia. La vía del sufrimiento también permite alcanzar la paz sin perder la dignidad. 

 

Nietzsche, que llamaba a la esperanza “virtud de los débiles”, fundamentaba su aseveración sobre la base de entender (asignando quizás una actitud un tanto determinista) a los cristianos ligados a la espera de un futuro mejor renunciando en cierto sentido a luchar por el presente. Pero a esta crítica, que no pierde certidumbre como martillo de nuestra conciencia, debemos responder. La esperanza cristiana de la que hablamos ahora debe ser una esperanza viva, profunda, activa, positiva, que nos transforme convirtiendo nuestra esperanza en esperanza para los demás. 

 

 Esperanza que se puede cimentar porque en situaciones tan difíciles como las que nos toca vivir en el presente hemos encontrado respuesta a nuestras interpelaciones: Dios se nos ha presentado en nuestras hermanas y nuestros hermanos. Su respuesta no ha sido el silencio sino la presencia del Bien con tantos ejemplos de solidaridad, ayuda, humanidad, fraternidad, abnegación, compañía y consuelo a tantos mayores y ancianos que viven su abandono en el silencio de su soledad, actitudes y ejemplos que se ponen de manifiesto cada día y cada noche, curando nuestra desilusión y limentando nuestra esperanza. La fe pues, no es una fórmula mágica que nos planta en la certeza inmóvil que nos soluciona por sí sola los problemas, sino un motor activo que nos permite construir y comunicar esperanza. Una mirada de esperanza nueva, que debe sustentarse sobre la realidad que ofrece nuestra sociedad y que nos permita ser capaces de construir, sin utopías irrealizables, ese nuevo mundo más justo, humanitario, solidario. Como cristianos, no podemos quedarnos fuera de ese proyecto. Elijamos la esperanza frente al miedo. Fe en el proceso de cambio y esperanza en el futuro. 

 

Pero sin Amor no hay resultados  

¿Dónde estamos?

¿Sobre qué puntos débiles tenemos que actuar para lograr los objetivos?

Analicemos algunas circunstancias: 

 

 En primer lugar, vivimos en una sociedad en la que bajo esa sólida cultura científico-tecnológica se nos presenta una doble paradoja. Citemos un ejemplo. Por un lado, observamos que, junto a la implantación masiva del uso de las redes sociales en todas sus vertientes, se ha desarrollado una cultura de individualismo propenso al egoísmo que cristaliza finalmente en cultura de soledades de diversos tipos, en este caso, por ejemplo, la soledad tecnológica. Resulta llamativo en este aspecto la especie de profecía que, hace casi noventa años, anunciaba el poeta Manuel Altolaguirre en sus “soledades juntas” escribiendo: 

 

 Triste edad que se acerca sin sacrificios mutuos / Sin opresiones /  Sin anhelos / Edad de libertades/ Edad de islas todopoderosas, sin relaciones / Sin contactos/ Sin amor ni amistad, sin sufrimiento / Paraíso de las soledades.12  Pero por otro lado, nos encontramos con la otra cara de la paradoja. El avance espectacular en el desarrollo tecnológico ha llevado consigo la creación de sociedades en las que se detectan núcleos de población estratificados con índices de desigualdad asociados, por lo que es fácil deducir que la vulnerabilidad destapada por la pandemia se proyecta de forma desigual en los distintos sectores sociales y económicos, actuando como catalizador que amplifica los síntomas de pobreza y exclusión social ya existentes. Hablamos de la soledad de los excluidos. La gran contradicción de las soledades en el estado del bienestar, como epidemia en el mundo actual. Soledad no es estar solo, es estar vacío, nos decía Séneca. 

 

 Sí, es cierto que la respuesta a un problema global ha sido también global en la mayoría de los casos. Pero esta solidaridad y este bien surgidos al amparo de la coyuntura de un problema que nos afecta a todos, no debe configurarse como algo circunstancial sino que, como oportunidad que nos da la crisis de que el mundo cambie a mejor, debe consolidarse como herramienta de acción para el logro de los objetivos de ese proyecto del nuevo mundo que esperamos, proyecto del que, como cristianos no podemos ni debemos desertar como partícipes y actores esenciales. Tenemos argumentos que nos obligan a ello: 

 

 En efecto, esta situación pone al descubierto nuestra relación de reciprocidad dejando patente de forma manifiesta nuestra mutua dependencia, la importancia de la necesidad de la relación con los otros y la invitación al abandono del egoísmo, del individualismo y de la soberbia de la autosuficiencia, que nos vacía de Dios y acaba vaciándonos de la humanidad. No estamos solos ni podemos cambiar nada solos, formamos parte de la humanidad como nos recordaba en sus meditaciones el poeta metafísico John Donne en su poema “Por quién doblan las campanas” 

 

 

 Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es una pieza del continente../ La muerte de cualquier hombre me reduce porque estoy unido a la humanidad.../por tanto, no preguntes nunca por quién doblan las campanas: doblan por ti. 

 

 Además, esta dependencia con y de los otros, nuestros hermanos según el mensaje cristiano, nos enlaza con el planteamiento del teólogo Bonhoeffer sobre la inversión de la religiosidad humana: A la pregunta “¿dónde está Dios?”, o mejor, “¿dónde estás tú, Señor, como salvador en la historia?”, nos contesta Dios “¿y dónde estás tú?”, “¿qué has hecho de tu hermano o por tu hermano?”13 Aquí tenemos la respuesta a nuestra interpelación que, con la angustia del momento, planteábamos buscando soluciones para reforzar nuestra fe. Sí, Dios nos responde una vez más señalándonos el camino. Camino de encuentro, especialmente con los más necesitados, camino que sólo se puede recorrer con el amor. 

 

 Pero con amor en toda su extensión. Es el momento de utilizar las conclusiones de nuestra “nueva procesión” y rescatar el sentido y significado que hemos detectado en las miradas y los rostros de Jesús de la Salud y María Santísima de la Esperanza: Bondad, Piedad, Misericordia, Compasión. Todas ellas representan cualidades y actitudes que brotan de la misma fuente: de actitudes proyectadas hacia profundos sentimientos de ternura. Todas son amor. Pero dentro del compromiso de la ·”nueva solidaridad” que nos exige el “nuevo proyecto de sociedad” que esperamos construir, debemos dedicar especial atención a la vulnerabilidad en la desigualdad si el resultado final debe ser un mundo más igualitario y justo. Y aquí no sólo se necesita amor. Se necesita mucho amor. Es cierto que las actitudes de bondad y piedad son un bien de la ética, pero pudiéramos asimilarlas como virtudes innatas, no quiero decir pasivas; sin embargo el sentimiento de la compasión es el resultado de un acto volitivo, es voluntad, en definitiva, es la bondad y la piedad en acción. Como fundamento de la conducta moral excluye explícitamente el egoísmo porque se ejerce en la experiencia de convertir el sufrimiento de los demás en nuestro propio sufrimiento, en la experiencia de la fragilidad, en “hacernos débiles con los débiles, vulnerables con los vulnerables, sin poder con los que no tienen fuerza” como la define el sacerdote y teólogo holandés Henri Nouwen 14. “Mientras la moral tenga una razón de ser, habitará en ella la compasión»” nos dice Horkheimer. 

 

 Ese espíritu de compasión de Albert Camus que podemos rescatar de su Discurso pronunciado el 10 de diciembre de 1957, en el banquete ofrecido en ocasión de la recepción del premio Nobel de Literatura: ““Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte”15 Prisionero desconocido que podemos asimilar a cualquier persona que convertimos en anónima, xcluida, olvidada de la sociedad, sola y sin destino. Y, lo que es peor, sin esperanza, 

 

 La compasión es el origen de los sentimientos de humanidad, la conciencia de nuestra debilidad compartida. Además, es el reflejo de la actitud permanente de Jesús de Nazaret, el ejemplo que encontramos en sus enseñanzas y sus acciones y en mostrarnos siempre el valor de este sentimiento. Nos lo pone de manifiesto con el samaritano que ejerció la bondad compasiva con el herido abandonado; lo sentimos cuando llora en la colina contemplando a Jerusalén: “¡Si tú también hubieras comprendido en ese día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos”; también lloró con amargura delante de la tumba de su amigo Lázaro. Jesús lloró y tuvo compasión compartiendo el dolor de sus amigos. ¡Cuánto lo quería! dijeron los judíos que estaban presentes; y tantos ejemplos de compasión en los que los necesitados, empobrecidos, enfermos y excluidos recibían auxilio en su dolor. En Jesús, se hace presente el Dios conmovido hacia nuestro sufrimiento. 

 

 No queda más que aplicar este sentimiento a la realidad de la sociedad, que entendemos en crisis, proyectando en la compasión una dimensión no sólo individual sino social y pública, haciendo visible las situaciones injustas y actuando así como contrapeso a la cultura del descarte que impide a los excluidos vivir con dignidad- Podemos citar a los refugiados y migrantes como ejemplo. Ese es el poder de los sin poder y, desde la humildad, la fortaleza de la fragilidad que decía San Pablo. Es el sentimiento que guía a la gloria. Sin compasión no hay humanidad.  

 

 Nuestras interpelaciones (al fin y al cabo nos situamos en la eterna lucha de la tolerancia frente al mal), la búsqueda de respuestas a nuestras preguntas y el ejercicio interno de nuestra procesión, nos han permitido profundizar en las reflexiones sobre nuestra condición humana y sobre el afán de buscar el sentido y significado de nuestra vida en esta sociedad. ¿A dónde vamos? ¿Cómo seguimos? Como nos decía el dramaturgo Eugene Ionesco, la gran pregunta de la filosofía, una de las primeras preguntas del alma humana: ‘‘¿Qué hacemos aquí?’’ Esa gran pregunta encierra un interés ético. Abraza la totalidad del alma humana con el espíritu. 

 

 El psiquiatra, neurólogo y filósofo austríaco Viktor Frankl, tras su experiencia de más de tres años en campos de concentración, escribe: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito” 16. Y, como se indica en la cita de entrada, nos invita a cambiar ante situaciones difíciles, encontrando en el Amor un modo de salvación.  

 

 Ea pues, revisando el sentido de nuestra vida, reforzando nuestra fe ante las dudas, creando una nueva esperanza y ejerciendo la compasión como amor máximo, caminemos manteniendo el espíritu cofrade siempre. Hagamos los deberes y cumplamos los compromisos adquiridos tras las reflexiones de nuestra procesión interna. Hemos encontrado respuestas a nuestras preguntas y, dentro de esa libertad interior que nadie nos puede arrebatar, hemos elegido el Amor como el camino a seguir, como guía de salvación. Desde la Cruz, Cristo nos espera y en Él nos esperan los otros que son Él, los que nos interpelan y nos llaman como hermanos diariamente para compartir con ellos sus necesidades, sus miserias, sus angustias. ¿Qué otra cosa si no puede esperarse de un cofrade cristiano?. Salud y Esperanza pedimos. Las miradas de Jesús de la Salud y María de la Esperanza, nos confortan, nos iluminan, nos llaman y nos señalan el camino. Sigámoslo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.. Así sea 

 

Las Palmas de Gran Canaria. Semana Santa 2021