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Análisis

En el 90 aniversario de la proclamación de la II República

Aunque es conocida la preferencia republicana del PSOE, también ha asumido que el socialismo democrático, en el poder y en la oposición, no es incompatible con la Monarquía

El Congreso de los Diputados en 1931, con el advenimiento de la II República. | | LP/DLP

El Congreso de los Diputados en 1931, con el advenimiento de la II República. | | LP/DLP

La salida de España del Rey Emérito Juan Carlos I ha planteado de nuevo el debate República-Monarquía, que ya se produjo en las Cortes Generales en la Transición a iniciativa de los socialistas, y es legítimo que pueda producirse de nuevo si se planteara una reforma constitucional que incluyera el título preliminar, que posibilite un referendum sobre la forma de Estado. El grupo parlamentario socialista defendió en ese debate que la forma de gobierno y la figura del Jefe del Estado no podía ostentar otra legitimidad que la de su asentamiento constitucional y parlamentario, y, por eso, presentó un voto a favor de la República, que no prosperó, y se acató la mayoría, porque el PSOE, aunque es conocida su preferencia republicana, que no hay que ocultarla, también ha asumido que el socialismo democrático, en el poder y en la oposición, no es incompatible con la Monarquía, cuando esta institución cumple con el más escrupuloso respeto a la soberanía popular y a la democracia, de las que Juan Carlos I ha sido garante en momentos dramáticos de la vida nacional y lo es, ahora, su hijo, Felipe VI.

Cuando los fundadores del PSOE, con Pablo Iglesias a la cabeza, elaboraron el Programa Máximo del Partido, el ideal, no inscribieron en él la forma de gobierno republicana, lo que da idea del carácter secundario que tenía para los socialistas. El PSOE fue republicano cuando no hubo otra forma de asegurar la soberanía popular y el imperio de la ley. En el debate de 11 de mayo de 1978 en el Congreso, intervino por el grupo parlamentario socialista  el líder histórico de Izquierda Socialista y catedrático de Filosofía Política, Luis  Gómez Llorente, que desmontó brillantemente la acusación de la artimaña socialista, exponiendo que: “No es necesario ocultar nuestra preferencia republicana aunque hay ejemplos en que el socialismo, en la oposición y en el poder, no es incompatible con la Monarquía cuando ésta cumple escrupulosamente el respeto a la soberanía popular, es decir, cuando acepta sin traba alguna las transformaciones políticas y económicas que el pueblo desea en cada momento. ”Por eso, los socialistas hemos sido leales al Pacto Constitucional, y, por lo tanto, a la Constitución de 1978 y a la Monarquía Parlamentaria, que, no es justo olvidar, ha contribuido durante más de cuarenta años, a la consolidación de las libertades y al progreso social y económico más estable de la historia contemporánea de España.

La II República se proclamó un alegre 14 de abril de 1931 con el apoyo mayoritario y entusiasta del pueblo español, sin disparar un tiro ni romper un cristal, en circunstancias económicas y sociales adversas, ocasionadas por lo que se llamó la Gran Depresión, que fue una gran crisis financiera mundial que se prolongó durante la década de 1930, en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comenzó en 1929, y se extendió hasta finales de la década de los años treinta y principios de los cuarenta. En las difíciles circunstancias políticas, económicas, sociales y sanitarias actuales, sería un error de imprevisibles consecuencias plantear en este momento de necesaria estabilidad política, un debate sobre el cambio en la forma del Estado por razones coyunturales o por circunstancias puntuales, que supondría cambiar la Constitución sin seguir el procedimiento constitucionalmente establecido. No podemos cometer el error de intentar precipitar ahora el advenimiento de la 3ª República, cuando no se dan las circunstancias objetivas y los consensos sociales y políticos para que se proclame y se reforme la Constitución de 1978. Si se celebrara hoy un referendum Monarquía/República, no es seguro que triunfara la República, que en estos momentos no es una preocupación prioritaria del pueblo español.

Se equivocan los que crean que la III Republica vendrá espontáneamente, como llovida del cielo, sólo como consecuencia del comportamiento personal de Juan Carlos I. Hace falta una labor pedagógica de los intelectuales, de las Universidades, de los poderes públicos, y de los responsables políticos, que difundan y enseñen los valores democráticos de una República, como hizo la Liga de Educación Política Española, fundada por Ortega y Gasset en 1914, que se insertó en el proyecto regeneracionista, con ideas similares a las defendidas por Joaquín Costa, para hacer frente al pesimismo del desastre de 1898, o la Agrupación al Servicio de la República, cuyo manifiesto firmaron el 10 de febrero de 1931, intelectuales de la talla de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, y Pérez de Ayala, que tenía por finalidad, entre otras, la siguiente:“1.º Movilizar a todos los españoles de oficio intelectual para que formen un copioso contingente de propagandistas y defensores de la República española. Llamaremos a todo el profesorado y magisterio, a los escritores y artistas, a los médicos, a los ingenieros, arquitectos y técnicos de toda clase, a los abogados, notarios y demás hombres de ley. Muy especialmente necesitamos la colaboración de la juventud. Tratándose de decidir el futuro de España, es imprescindible la presencia activa y sincera de una generación en cuya sangre fermenta sustancia del porvenir. De corazón ampliaríamos a los sacerdotes y religiosos este llamamiento, que a fuer de nacional preferiría no excluir a nadie; pero nos cohíbe la presunción de que nuestras personas carecen de influjo suficiente sobre esas respetables fuerzas sociales”.

El mismo día 14 de abril de 1931, desde el balcón del Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol, ante la multitud congregada que vitoreaba a la República proclamada, Indalecio Prieto, uno de los líderes políticos más inteligentes de la II República, exclamó: “Si vuelven sus enemigos, esta alegría de hoy se convertirá en lágrimas”, como, desgraciadamente, sucedió. Sus enemigos volvieron: El golpe de Estado del General Sanjurjo contra la República en la madrugada del 10 de agosto de 1932, que fracasó, y la insurrección militar del 18 de julio de 1936, que con ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista, acabó con la República y dio lugar a una larga dictatura. No nos engañemos, ha dicho el catedrático de izquierdas catalán Vicenç Navarro, ahora militante de Podemos, en el diario Público del 24 de junio de 2010: “Las clases dominantes de las diferentes naciones de España se aliaron para derrotar a la República, siendo los nacionalistas conservadores y liberales catalanes de los años treinta los mayores promotores en Catalunya del golpe militar, que persiguió con mayor brutalidad la identidad catalana”. Azaña denunció que en el alzamiento militar los catalanistas conservadores se pusieron decididamente al servicio de la “Junta de Burgos”, como antes al servicio de la dictadura de Primo de Rivera. Sus enemigos volvieron también , primero que los anteriores, el mismo 14 de abril de 1931, a las pocas horas de que se proclamara la República en la Puerta del Sol, Francesc Maciá, líder de ERC, declaró unilateralmente la independencia de Cataluña, de la que desistió ante la promesa del Gobierno Provisional de elaborar el Estatuto de Autonomía, cuya aprobación no impidió la rebelión militar de la Generalitat contra la República el 6 de octubre de 1934, por la que todos sus miembros fueron condenados por el Tribunal de Garantías Constitucionales, por el delito de rebelión militar a treinta años de prisión, y la autonomía catalana fue suspendida indefinidamente; ni que traicionaran a la República (la palabra traición es de Azaña) durante la guerra civil, como denunciaron Negrín, en noviembre de 1938, con ocasión del Consejo de Ministros celebrado en Pedralbes, y Azaña, en los artículos escritos   en Collonges-sous-Saléve ( Francia) en 1939 : “Cataluña en la guerra,  y la insurrección libertaria y el eje Barcelona-Bilbao”.

Recientemente el historiador J. F. Fuentes ha revelado que los separatistas catalanes Nosaltres Sols¡, liderados por ERC, de posiciones abiertamente racistas, ahora  admirados y denominados por Torra como “pioneros de la independencia”, mantuvieron contacto poco después de la victoria del Frente Popular y en plena guerra civil con Hitler, ofreciéndole colaboración y grupos armados para que apoyara la independencia de Cataluña, destacando las similitudes históricas entre el pangermanismo y el pancatalanismo. Antes del estallido de la Guerra Civil Española, los mismos separatistas catalanes, ofrecieron bases militares a la Alemania nazi en un futuro Estado Catalán a cambio de recibir entrenamiento en “manejo de aviones y en la preparación de explosivos”.” En plena Guerra Civil, los partidos nacionalistas independentistas catalanes, liderados por ERC, y vascos, intentaron pactar una paz por separado con la mediación de Inglaterra y Francia.  A cambio, pedían que los aliados les garantizaran, ante el ejército franquista, la independencia de Cataluña y el País Vasco. Los nacionalistas catalanes envían a Inglaterra un memorando en el que ofrecen la creación de un protectorado anglo-francés sobre el Cataluña y el País Vasco, con la incorporación de Baleares y Valencia. En marzo de 1938, hicieron un trabajo conjunto para presentar una propuesta de paz a Inglaterra y Francia que consistía en qué si se les daba prácticamente la independencia, entregaban   Madrid a los golpistas de Franco.

Pero esos enemigos no se han ido: Los nacional-independentistas conservadores catalanes, junto con ERC, que han protagonizado una esperpéntica declaración unilateral de independencia, -que no se reconoció en la Constitución republicana non nata de 1872, ni en la de 1931, ni en la actual de 1978-, por la que han sido condenados por sedición. “Ho tornaran a fer”, lo volveremos a ser, afirman sin rubor; Podemos, que predica una República plurinacional que ya fracasó estrepitosamente en la Primera República, que dio lugar a una vergonzante y denigrante revolución cantonal descuartizadora de España; y Bildu que ha confesado que su misión es destruir el régimen del 78.

Tengo para mí que lo que realmente pretenden los nacionalistas independentistas y populistas, aprovechando que la Monarquía atraviesa un momento difícil, es no reformar, que sería necesario, sino derogar o abolir la Constitución de 1978, - que unió por primera vez en la historia a las dos Españas, y ha sido las más trascendental e importante de la historia de España, que supuso un armisticio final de una guerra civil, de una larga dictadura, y de dos siglos de contiendas civiles- abogando por una proclamación de la III República, extramuros de la Constitución de 1978, a la que despectivamente denominan “Régimen del 78”, para conseguir la independencia y la plurinacionalidad, mediante el ejercicio del eufemístico “derecho a decidir”, que tiende a desintegrar España, no reconocido en el derecho nacional e internacional , a pesar de que carecen de legitimidad histórica para ello, al haber traicionado en la contienda fratricida a la II República, que se definió como un Estado Integral, que solo aprobó el Estatuto de Autonomía de Cataluña y el País Vasco, competencialmente muy inferiores a los actualmente vigentes. Como advirtió Indalecio Prieto. “Tos decían amar a la República y todos se concitaron para destruirla”.

He venido sosteniendo, prácticamente, en solitario, que los independentistas vizcaitarras y catalanes, fueron los causantes, entre otros conocidos factores nazi-fascistas, de la destrucción de la II República, al precipitar su derrota y frustrar la política de resistencia de Negrín que la hubiera salvado. Esta tesis la ha confirmado el historiador Antonio Ramos Oliveira, muerto en el exilio mejicano, considerado el mejor pensador que ha tenido el socialismo español, ignorado por sus correligionarios actuales. En el tercer volumen de su Historia de España, con el título Un drama histórico incomparable. España 1808-1936, sostiene que “el hundimiento de la Segunda República se produjo porque pesaron más los intereses políticos y económicos que tendían a desintegrar España, que las iniciativas culturales que intentaban unirla. La falta de apoyo de la burguesía catalana a la II República fue lo que motivó el proceso de desintegración nacional y su fracaso. La experiencia demuestra que cuando se inicia una revolución concediendo autonomías, fracasa la revolución y las autonomías. La guerra civil no fue de España contra Cataluña, sino de Cataluña contra España”.

Una República en cuyos gobiernos figuren los filoetarras de Bildu, los nacional-independentistas catalanes y Podemos, está destinada al fracaso. Éstos, que se proclaman fervientes republicanos, y que abogan por una III República, son los mayores enemigos de ella, porque bajo su aparente defensa, serían como el caballo de Troya que la destruyera , como contribuyeron a destruir la II República, el intento, a pesar de sus errores, más importante de modernización y europeización de la historia de España (Juan Marichal).

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