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Un torbellino cariñoso

La veterinaria Cristel López decidió, con 44 años, tener un hijo sola por fecundación in vitro

Un torbellino cariñoso

Un torbellino cariñoso

Cristel López, de 47 años, decidió tener un hijo sola por fecundación in vitro con 44. Ahora, el niño, que ha nacido en 2018, tiene tres años. Esperó al momento oportuno a nivel laboral en la clínica veterinaria donde trabaja y se puso manos a la obra en este nuevo proyecto que ha supuesto la mejor decisión de su vida.

«Decidí tener un hijo sola porque ya me estaba haciendo mayor. Como veía que se me estaba pasando el arroz me decanté por hacerme una fecundación que salió bien. Quise dar a luz porque me entró una fuerte sensación de ser madre. Tenía trabajo, estaba realizada en mi vida en todos los sentidos, menos en este. Con 42 años hice la primera fecundación porque me encontraba en una situación estable, pero tuve un aborto y ya con 44, en otra buena oportunidad, me quedé embarazada de nuevo. Para ello esperé a hallar estabilidad laboral porque mi profesión es bastante estresante y hubo un tiempo donde la carga de la clínica la llevaba yo. Cuando ya pude acudir a la fecundación me quedé embarazada a la primera», señala la veterinaria.

«Cuando eres joven lo que quieres es disfrutar de la vida. Ya con 35 años me planteé la idea de ser madre y comencé a informarme de la fecundación por si no encontraba una pareja que quisiera niños. Mis relaciones no duraban mucho o no querían ser padres, lo que tampoco me supuso un problema. La vida me ha cambiado para bien. Es lo mejor que he hecho. No me arrepiento. Tener a tu hijo te da una felicidad enorme. Es verdad que hay días muy agotadores por todo lo que supone un pequeño, con su guardería, sus cuidados, mi trabajo… Pero es maravilloso ver una simple sonrisa o un: ¡mamá, te quiero!, una sensación inexplicable. Lo único negativo lo supone el cansancio añadido, que ya pasará».

López señala que también hay que dejar de hacer ciertas cosas por ser madre, tales como «salir por la noche los fines de semana a dar una vuelta o a cenar con el grupo de amigos e ir a bailar un rato. Ahora regreso a casa más temprano para ocuparme del niño, darle el baño, la cena y acostarlo, pero, por otra parte, se realizan actividades nuevas, como pasar más tiempo en la calle durante el día para disfrutar del campo, de la playa, de ir a ver animales o de relacionarme con otras madres de la guardería. Por la tarde-noche regreso a casa y algunos fines de semana los paso en reuniones familiares, con mi hermana, mis sobrinos, mis padres y mis tíos».

«Tengo la suerte de que en casos de urgencia puedo recurrir a la familia o amigos para que me ayude si he de llevar al niño al pediatra, pero estoy ocupada en el trabajo o ese día no puede ir a la guardería. Como trabajo en dos clínicas no tengo problemas de sueldo para su mantenimiento», recalca la veterinaria. «Definiría a mi niño como un torbellino cariñoso».

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