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Lucía Gallego | investigadora y profesora de microbiología e inmunología en la universidad del país vasco

“Hay que vacunarse y protegerse, aunque el proceso no sea el ideal”

Lucía Gallego. | | EMILIO FRAILE

Lucía Gallego. | | EMILIO FRAILE

Lucía Gallego (Abejera de Tábara, 1962) echó raíces e en Bilbao inició su labor como docente e investigadora. Actualmente, dirige un laboratorio de antibióticos y bacteriología molecular, y ejerce como profesora de Microbiología e Inmunología Médica en la Universidad del País Vasco. Como experta, ha hablado en distintos foros sobre las vacunas contra el COVID y sus posibles efectos adversos, sobre todo en mujeres.

Usted ha hablado sobre la vacuna de AstraZeneca y la posibilidad de que sus efectos adversos perjudiquen especialmente a las mujeres. ¿Es porque el género femenino está infrarrepresentado en los ensayos que se realizan antes de la aprobación de estos antídotos?

Sí, esta situación es la punta del iceberg de todo lo que está pasando. Los modelos que utiliza la ciencia son tradicionalmente con animales y ensayos clínicos masculinos. Por tanto, las evidencias que se obtienen de esos estudios no están demostradas también en mujeres. Eso es algo que está descrito y hay muchísimas publicaciones al respecto que evidencian que hay que corregir ese sesgo. Realmente, al final, los datos que se extraen no son los adecuados; son un poco verdades a medias que no se ajustan a la realidad de las mujeres, tanto en tratamientos como en diagnósticos.

¿Por qué ocurre esto?

Diríamos que el momento clave fue en los años 70, después de un problema con un fármaco llamado talidomida que se utilizó en mujeres embarazadas para prevenir las nauseas. Luego, se comprobó que producía deformaciones y falta de miembros en los bebés y eso hizo que se creara una ley que prohibía que las mujeres entraran en los ensayos clínicos. Esto pasó durante los 70 y los 80, y en el 93 fueron viendo que eso estaba generando problemas, porque se estaba tratando a las mujeres con medicamentos que solo se habían probado en hombres. Nuestra biología, nuestra fisiología y nuestro metabolismo son muy diferentes, por lo que los fármacos no van a actuar igual y, ante eso, revertieron la ley. Pero eso se había estandarizado tanto en la propia ciencia que generalmente sigue siendo así. En muchas áreas del conocimiento, la presencia de mujeres en los ensayos clínicos es mínima.

¿Cómo está afectando esto concretamente a la vacuna?

Si se accede a la página web de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, allí van lanzando informes de farmacovigilancia. El tercer informe tiene pocos datos de AstraZeneca porque ha sido la última que se ha empezado a administrar. La mayor parte de los datos son de Pfizer y Moderna pero, si miras las tablas, claramente hay una desigualdad tremenda. En mujeres hay un 39% de efectos adversos contra un 18% en hombres. En AstraZeneca, además, aparecen mucho en mujeres jóvenes, porque nuestro sistema inmunitario cambia a lo largo de la vida. Es diferente para hombres y mujeres, y en función de la edad.

¿No es casual que la mayor parte de casos de efectos adversos graves conocidos tras la vacunación con AstraZeneca se hayan producido en mujeres?

Eso no es casual. También aquí ha habido alguna noticia que ha sacado un poco a la luz otro tema que está subyacente, que es el del uso de anticonceptivos hormonales. Su utilización también aumenta la posibilidad de trombos en mujeres. Claro, es una medicación que está tan extendida que a veces no se tiene en cuenta. Pero si vamos sumando factores, obviamente al final es un grupo de población en el que los riesgos son importantes. Eso hay que corregirlo. Hay que ver lo que está pasando y adaptar dosis y vacunaciones a la biología de las mujeres. En todas las vacunas, los efectos adversos son más en mujeres que en hombres. Eso es algo generalizado.

El asunto de los anticonceptivos se usaba normalmente como argumento en defensa de la vacuna, para subrayar que esos tratamientos aumentaban más las posibilidades de que las mujeres padecieran un trombo que las dosis de AstraZeneca. ¿Lo que usted quiere decir es que son factores que se suman?

Exacto. No es decir quién produce más. Quizá el riesgo es mucho menor por separado, pero estamos hablando de factores que se van añadiendo. Lo cierto es que los efectos adversos que pueden generar las vacunas son mucho mayores en las mujeres, y además las dosis tienen menos efectividad para nosotras. Eso requiere que se vuelvan a estudiar los antígenos que se están utilizando, quizás haya que variarlos, adaptar dosis...

¿Es posible adaptar esto sobre la marcha?

Sí. No es que sea posible, es que es necesario. También se están readaptando para las nuevas variantes del virus. La situación es cambiante rápidamente. La comunidad científica y las farmacéuticas se tienen que readaptar a la coyuntura que se crea. A veces, se dice que es más el beneficio que el perjuicio, pero eso depende de a quién le toque. Estamos hablando de vacunas. Unas tienen una efectividad menor, otras mayor. No hablamos de una situación ideal, pero hay que intentar llegar al mejor resultado posible con la menor cantidad de efectos adversos. Eso tiene que ser un objetivo de la medicina, de las farmacéuticas y de las políticas de salud.

Con todo esto, ¿entiende que haya gente que no se quiera vacunar o, a pesar de todo, sigue siendo más razonable recibir la dosis bajo la premisa de que el virus es más peligroso que inocularse?

En esta situación, hay que presionar para que las vacunas se mejoren y se vayan ajustando bien las pequeñas complicaciones, pero hay que vacunarse. Aun sabiendo que la efectividad de algunas va a ser menor y que no es el proceso ideal, sí. Hay que vacunarse y proteger a la población. Cuanta más población esté protegida, mejor.

¿Es difícil hallar ese equilibrio entre presionar para mejorar las vacunas y evitar disuadir a los ciudadanos con según qué explicaciones?

Yo creo que lo importante es la información, de tal manera que las personas que puedan tener un riesgo especial lo sepan. Los responsables de salud también deben utilizar esa información para administrar la vacuna que tenga menos efectos adversos o la que más se pueda adaptar a cada grupo. Por otro lado, hay que decir que hablamos de la vacuna como si fuera la panacea universal, pero el mejor tratamiento es la prevención. Siempre. Hay que mantener la costumbre de la mascarilla, de la distancia social, de hacer actividades al aire libre... Eso es potentísimo. No nos damos cuenta de que a veces tenemos una solución sencilla y potente a la vez en la mano.

Lo que ocurre es que, a medida que avanza la pandemia, el hartazgo de la gente también influye.

Sí, hay un cansancio tremendo ewngre la ciudadanía. Nos pasa a todos, yo creo. Llevamos ya mucho tiempo intentando que la situación se vaya revirtiendo, pero nos vamos dando cuenta de que, efectivamente, el virus es complicado y se va a quedar endémico como otros de la misma familia. Por tanto, no es una solución a un plazo fijo; la solución es muy gradual, a veces vamos hacia atrás con las sucesivas oleadas y es normal que nos vayamos cansando. Pero tenemos que tener muy claro que la solución la tenemos en la mano y de eso depende que sean dos años, cinco o cincuenta.

Se habló de la vacuna como la luz al final del túnel, pero el proceso está en marcha y sigue la incertidumbre pese a que se nota una mejoría. ¿Qué se le puede decir a la gente?

Ahí yo creo que se ha cometido un error. Realmente, se ha fomentado que la población creyera que la vacuna era la solución definitiva. Sí es una ayuda muy importante y necesaria, pero no va a ser la solución. Las vacunas tardan mucho tiempo en desarrollarse, luego hay que ver, efectivamente, cómo van funcionando, nos encontramos también con que el virus está mutando y hay nuevas variantes que se están desarrollando, lo que obliga a adaptar las vacunas... Es una situación que no tiene un final de decir: bueno, se ha acabado aquí y volvemos atrás. Es que no podemos volver atrás; estamos en otra era. A veces es duro hacerte a esa idea.

¿Qué es lo que no se va a poder recuperar de la vida anterior?

Tenemos que pensar que hay costumbres que teníamos que favorecen la transmisión del virus: los movimientos de población, concentrar mucha gente en el mismo sitio a la vez... Si queremos cortar de raíz, tenemos que dejar de hacer eso, al menos durante un tiempo. Tenemos que cambiar nuestra mentalidad. No podemos incidir solo en nuestra salud, sino también en el medio ambiente. Y el medio ambiente es algo en lo que no estamos poniendo el foco. Hablamos de encontrar fármacos o vacunas, pero no de lo que están provocando estas infecciones.

¿Cómo valora los cambios que se van produciendo en relación a la vacuna de AstraZeneca? ¿Cree que generan desconfianza entre la población?

No debería generar desconfianza. Al contrario, esto quiere decir que se está controlando el proceso. De hecho, esto está ocurriendo con AstraZeneca, ¿pero alguien se ha planteado cuáles son los efectos adversos de las demás? Tampoco son la panacea. Creo que se está controlando para que haya la mínima cantidad de problemas.

¿Se puede poner una segunda dosis de otra vacuna a alguien que ya haya recibido la primera de AstraZeneca?

No tiene ningún sentido, son principios activos diferentes. Sería como dar dos primeras dosis. Con la primera, ya se consigue hasta un 70% de protección, pero no es duradera. Durante unos meses va a funcionar, pero no se pone en marcha una respuesta eficaz a largo plazo. No podemos pensar que dando una dosis de otra vacuna, vamos a tener el mismo efecto.

Con todo esto, parece que se siguen dando pasos atrás.

Hay un problema también de decisiones políticas que se toman bajo la tiranía de lo urgente, y no en base a criterios científicos al 100%. En el caso de la vacuna de AstraZeneca, no se debería perder la confianza. Pfizer y Moderna también pueden provocar accidentes cardiovasculares. Quizá no tan específicos como las trombosis después de la vacuna, pero no sabemos si puede haber algo a largo plazo. De todos modos, eso hay que estudiarlo y, si se tiene que modificar la vacuna, se modifica. Esto tiene que ser un proceso continuo y hay que llegar a un acuerdo global, sino no va a haber una solución eficaz. Hay un problema político de falta de acuerdos y pasa con otras medidas. Si a mí me dicen que aquí es obligatoria la mascarilla, pero voy a otro sitio y allí no... Es difícil.

¿Miramos ya a 2022 como el inicio de la normalidad que toque vivir?

Pienso que sí. Estamos viendo que, en algunos países, han confinado por una nueva oleada. Si no se corta durante un tiempo importante todo el movimiento de personas y de población, el virus va a seguir funcionando. Creo que tendríamos que echar un poco el freno a nuestra manera de vivir, volver un poquito hacia atrás.

¿Frenar de algún modo la globalización?

Sí, porque esa es la causa principal de todo esto. Los países deberían tender a volver a desarrollar la economía a escala local. Y ahí tenemos mucho que hacer. El otro día leí algo que me pareció acertado y es que el cambio está en cuando vamos a hacer la compra; en qué alimentos compramos o qué productos adquirimos. Eso va a tener un efecto potente. Reconozco que es complicado; la economía y la política son globales.

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