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Salud

Antonio cuelga el pijama

Antonio Jurado, natural de Almería, se jubila tras 14 años como jefe de los celadores del Hospital Negrín | «Empecé a trabajar en esto por accidente», asegura

Antonio cuelga el pijama

Antonio cuelga el pijama

Antonio Jurado nació en Almería, donde comenzó a trabajar como celador con apenas 20 años, después de que su padre le inscribiese para hacer el examen. No obstante, su vida cambió al hacer la mili en Gran Canaria donde se enamoró y se trasladó tiempo después. En la Isla ha ejercido como jefe del personal subalterno tanto en el Hospital Insular como en el Negrín, donde se jubiló hace unos días, tras 14 años de servicio.

Se enamoró en Canarias y de Canarias, así que Antonio Jurado decidió asentarse en la Isla de donde es su mujer, Alicia Navarro, después de haber vivido junto a ella durante unos años en su Almería natal. Allí comenzó trabajar como celador en la veintena, poco antes de hacer la mili en Gran Canaria. Fue «por accidente», cuenta sobre la profesión que le ha llevado a prestar servicio en los dos hospitales de referencia grancanarios desde 1986. Más de 30 años después, ha colgado el pijama de forma definitiva para comenzar las vacaciones previas a su jubilación. Fue hace poco más de una semana cuando puso punto y final a su trayectoria profesional junto a su esposa, que también es sanitaria, y lo hizo arropado por sus compañeros y compañeras con cuyas muestras de agradecimiento y cariño asegura sentirse «esponjao».

El año de la pandemia ha sido la peor etapa profesional que ha vivido Jurado

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Cuando era joven, a Jurado le gustaba todo lo que tenía que ver con la electrónica y, de hecho, no descartaba trabajar en algo vinculado a esta especialidad. Sin embargo, el destino tenía otros planes para él. Y es que una noche su padre, que trabajaba en el Hospital Nuestra Señora Virgen del Mar almeriense, le avisó de que a la tarde siguiente tenía que hacer un examen para trabajar en ‘la bola azul’, como se conocía –y se conoce– al centro sanitario. «Él trabajaba en el hospital y había echado unos papeles para que pudiera acceder al puesto de trabajo como hijo de empleado», recuerda. A pesar de haberle pillado por sorpresa, Antonio decidió realizar la prueba que, por aquel entonces, «eran unas preguntas, unas cuentas y poco más». Apenas unos meses después, le avisaron de que había conseguido la plaza.

«Me siento ‘esponjao’ con tanto cariño por parte de mis compañeros», asegura

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«Para mí en un principio era algo temporal», apunta quien pasó sus primeros días cambiando las antiguas camas de tubo de hierro blancas, por las de ruedas. «El trabajo en sí lo fui descubriendo en el día a día», explica quien enseguida estuvo inmerso en las labores de traslado de pacientes y de apoyo a los profesionales de la enfermería, entre otras muchas. A ese aprendizaje contribuyeron sus compañeros, así como el personal de enfermería que estaba conformado, mayoritariamente, por religiosas. Sobre aquellos inicios guarda gratos recuerdos, al igual que infinidad de anécdotas que pasan por momentos como el que vivió el día en el que la planta de Medicina Interna en la que trabajaba estaba de celebración y los sanitarios repartieron rosas entre los pacientes. «Había uno que estaba en el pasillo deseando que entrase el familiar para comer y, cuando me di cuenta, se estaba comiendo la flor», comenta.

La ‘bola azul’ fue su hogar durante los años en los que, tras casarse con Navarro en 1978, estuvieron viviendo en Almería. Pero en 1986 decidieron regresar a Gran Canaria, donde se habían conocido mientras él hacía el servicio militar, para establecerse en la Isla. Fue entonces cuando pidió el traslado al Materno Infantil donde comenzó en el turno fijo de tarde. «Después lo terminé cambiando a la noche para poder organizarme con mi mujer para criar a nuestros hijos», señala. Así estuvo durante 14 años hasta que, en 1999, tras la ampliación del Insular, le pidieron que se convirtiera en jefe del personal subalterno. «Yo les dije que lo íbamos a intentar», recuerda. Finalmente, estuvo nueve años en el cargo antes de ser cesado y pedir un nuevo traslado al Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín. Allí estuvo unos meses como encargado de turno hasta que, de nuevo, le ofrecieron liderar el equipo de celadores.

Estar con su familia, tocar la guitarra y, cuando se pueda, viajar, entre sus principales objetivos

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Un cargo que ha ostentado hasta hace unos días y en el que asegura haber disfrutado, especialmente, de las relaciones humanas. «Lo más difícil es caerle a todo el mundo bien, y soy consciente de que hay personas a las que he podido fallarles, pero siempre he intentado atender las necesidades de los compañeros y buscar soluciones a cualquier problema o situación», afirma quien hizo de intermediario entre la dirección y el colectivo a quien tenía que «armonizar las órdenes» que venían de arriba.

Controlar que no faltase personal en los turnos y velar por los suyos también se encontraba entre sus prioridades, especialmente en tiempos de pandemia. La época más dura para Antonio Jurado, según confiesa, donde al principio tuvo que lidiar con la falta de información y de materiales que dificultaban la labor de los celadores. «La adquisición de materiales hizo que se pudiera desarrollar el trabajo de una forma segura», apostilla. El que fuera jefe también tuvo que hacer frente a la necesaria contratación de personal que, en la mayoría de las ocasiones, «no había trabajado nunca como celador». Si bien lo peor, fue el contagio y la pérdida de alguno de los compañeros.

Su padre le inscribió para que hiciera el examen sin que él lo supiese hace más de cuatro décadas

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Su labor ha dejado huella hasta tal punto que fue él quien recogió hace poco el premio que el Cabildo de Gran Canaria otorgó a los sanitarios. Las muestras de cariño por parte de aquellos que han trabajado codo a codo con él también dejan latente el legado de una trayectoria que culminó hace diez días con un “gracias y adiós”. Ahora le toca hacerse a la nueva etapa en la que tiene claro a qué va a destinar principalmente el tiempo: a estar con su mujer, sus hijos Antonio Alberto y Aythami, sus nietos Aythami y Sabina y su propia madre. También se ha marcado como objetivo perfeccionar sus dotes con la guitarra y, cuando se pueda, viajar.

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