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Violencia de género

La “olla a presión” de la violencia machista se cocinó durante la pandemia

El fin del estado de alarma se salda con trece asesinatos de mujeres a manos de sus parejas

Manifestantes contra la violencia machista.

Manifestantes contra la violencia machista. LP/DLP

Es una pandemia sobre otra, una lacra social sobre la crisis sanitaria. La violencia de género. En lo que va de año, un total de 21 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Una violencia que se ha incrementado con el fin del estado de alarma y con la eliminación de algunas restricciones el pasado 9 de mayo. En el último mes, del 17 de mayo al 18 de junio, las víctimas de violencia machista fueron 13 (7 en mayo y 6 en lo que va de junio) frente a las 8 registradas en los cuatro meses anteriores, de enero a abril.

El incremento de las agresiones y homicidios machistas tras la pandemia no es algo nuevo. En otras situaciones de emergencia, que también limitaron el movimiento de las personas también se constató esa tendencia al alza. Así ocurrió, por ejemplo, después del tsunami de Japón o de la ola de incendios que asoló Australia.

La presidenta del Observatorio Contra la Violencia Doméstica y de Género, Ángeles Carmona, afirma que «la violencia machista ha estado larvada durante la crisis sanitaria y, con el regreso a nuestros hábitos previos a la pandemia, se ha vuelto a mostrar con toda su crueldad». En su opinión, apoyada en datos, «las restricciones a la movilidad han permitido a los maltratadores tener el control absoluto sobre sus víctimas. Con la vuelta a la normalidad, la situación ha cambiado: ha desaparecido ese férreo control y la consecuencia es la que todos estamos presenciando con horror».

Con la desaparición del confinamiento parece que la «olla a presión» ha estallado. Por un lado, como apunta Carmona, está el fin de ese control absoluto y la mayor vida social de las mujeres, que ha reactivado la violencia física ejercida por los maltratadores. Por otro lado, como señalan desde la Plataforma Feminista de Asturias, y como consecuencia de ese control de 24 horas al día durante el «encierro», «es bastante lógico deducir que ese periodo haya provocado en las mujeres víctimas de maltrato un incremento en su decisión de abandonar al maltratador al finalizar esta situación». Las víctimas «han superado ese límite que las mueve hacia ese cambio, un cambio que el maltratador no acepta y que le mueve a incrementar el nivel de violencia que ejerce sobre ella», con el trágico fin del asesinato en esos 21 casos en lo que va de año, 13 desde el fin del estado de alarma.

Pérdida de control

La feminista Eva Irazu, aclara que su asociación no es especialista en violencia machista, aunque sí está directamente implicada. Aun así, y con la prudencia debida a la gravedad de la situación, explica que «a la vista de la información disponible a través de los estudios realizados y los datos tanto acumulados como recientes, sí compartimos la idea de que este repunte puede deberse a la pérdida de control del hombre machista sobre la mujer que decide abandonarle y sobre la que pierde el control. La situación de confinamiento y semiconfinamiento que hemos vivido ha traído como consecuencia un control del maltratador aún mayor sobre la mujer».

El Ministerio de Igualdad se está replanteando su estrategia y ha iniciado una serie de reuniones con distintos colectivos para diseñar nuevas medidas de protección a las mujeres maltratadas. Para Irazu «las soluciones son complejas». En opinión del colectivo feminista «es necesario que se incremente la calidad de los servicios de apoyo y defensa de las mujeres víctimas de violencia de género. Porque fracasan y eso es innegable». Una de las claves está en las denuncias, que han descendido en este periodo.

«El sistema no funciona y ellas (las víctimas) lo saben, no confían en él. Las revictimiza y se entiende que, ante dichos riesgos y con poca esperanza en una solución favorable, decidan no denunciar. Sumado al hecho de que saben que la denuncia conllevará consecuencias negativas para ellos también y las víctimas no desean que a ellos les vaya mal. Solo quieren vivir tranquilas y sentirse seguras. En muchas ocasiones acuden a las denuncias únicamente cuando no ven otra salida disponible».

Las feministas asturianas piden cambiar un poco el foco, ampliar la mirada, porque creen que «puede resultar más efectivo controlar a quien comete el delito, no a la víctima. Porque vigilarlas a ellas se está mostrando ineficaz, además de injusto». «Parte de la solución puede venir de derivar la atención hacia ellos, hacia los maltratadores. Desde todos los frentes. Ante estos casos, toda la sociedad, incluidos también los medios de comunicación, ponemos el foco en ellas. Un análisis que con ellos raramente se realiza, si no es hacia la exculpación o mitigación del delito», apuntan.

La socióloga Sandra Losada, experta en cuestiones de género, coincide en que «la desescalada ha producido un aumento del número de asesinatos y violencia de género», algo que se ratifica «con los datos tan alarmantes que estamos viviendo». Losada va más allá y cree que «la pandemia no ha hecho más que evidenciar problemas estructurales de nuestra sociedad, entre ellos, la violencia machista».

La socióloga insiste en que «las últimas semanas están siendo alarmantes y casi cada día escuchamos en las noticias casos aterradores que nos ponen los pelos de punta. Estos datos, coincidiendo con el fin del estado de alarma y la relajación de las restricciones debidas a motivos sanitarios hacen pensar en la relación existente entre la desescalada y el aumento de asesinatos y de violencia machista».

En su opinión, «durante los meses de confinamiento se produjo un aumento considerable del número de llamadas al 016 (teléfono de atención a víctimas de violencia de género), pero no ha sido así con el número de denuncias ni de víctimas mortales». Las mujeres víctimas de violencia de género se han tenido que enfrentar a muchas dificultades en esta pandemia: «La imposibilidad de abandonar la vivienda, la situación sanitaria y la inseguridad percibida o la posible pérdida de empleo o dependencia económica». Además, añade Losada, «en muchos casos la víctima se ha visto encerrada conviviendo con su agresor 24 horas al día». Todo ese aislamiento social y por tanto la reducción de las redes sociales de apoyo «han dejado a las víctimas más expuestas que nunca al control de sus parejas», subrayó.

Desde que en 1997 Ana Orantes contase su historia en televisión y poco después fuese asesinada por su marido, lo que llevó a la aprobación de la ley de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género, se han producido avances considerables en la lucha contra esta lacra social, empezando por ponerle nombre y visibilizarla haciendo de ello un problema social y no una cuestión personal que debe resolverse dentro de la pareja.

«Pero en los últimos años venimos asistiendo a la normalización de un discurso negacionista con el consiguiente deterioro que esto supone en los avances sociales que se habían producido», alerta la socióloga Sandra Losada, que añade que «la pandemia, el confinamiento y el estado de alarma no han hecho más que poner en evidencia un problema que ya existía».

Por eso, la especialista cree que establecer un paralelismo entre el fin del estado de alarma y el aumento del número de víctimas mortales de violencia de género «puede dar lugar a la simplificación de un problema estructural y a no indagar en su raíz, el machismo presente en nuestra sociedad».

Una vez eliminadas buena parte de esas restricciones y ante la posibilidad de las mujeres de restablecer sus redes sociales, de rehacer una vida o de ver cada vez más cerca el final de esta pandemia, esto «ha animado a muchas mujeres a tomar la decisión de abandonar a sus parejas». Ahí, según la reflexión de Sandra Losada, puede estar una de las claves, ya que «si tenemos en cuenta que la expresión más visible de este tipo de violencia, el asesinato, se produce mayoritariamente cuando la mujer toma la decisión de abandonar a su pareja es aquí donde podemos encontrar la causa de este aumento en el número asesinatos. En el hecho de que la mujer decide romper con sus cadenas y el control ejercido por su pareja y no el fin del estado de alarma en sí».

La psicóloga Noelia García Toyos abunda en la idea de que la pandemia y el confinamiento han dejado a la vista «unas dinámicas de violencia estructural establecidas en la sociedad». «Esto está pasando siempre», insiste. «Se debe a que las mujeres tenemos una posición subordinada en la sociedad y eso es lo que debemos de cambiar». García Toyos coincide en que «el férreo control al que estaban sometidas las víctimas se acabó con el fin del confinamiento y cuando comenzó a haber un poco más de libertad de movimiento». No obstante, quiere dejar claro que «estamos en una sociedad machista y esta es una violencia estructural que se da hacia las mujeres permanentemente».

La psicóloga explica al respecto que en las últimas semanas «han aumentado todas las respuestas violentas hacia las mujeres, no solo los feminicidios, sino también el acoso, las violaciones o las agresiones, y eso es, en parte, una respuesta a los avances de la igualdad de las mujeres».

Respecto a los últimos casos, García Toyos pide que no se hable en ningún caso de enfermedad mental de los asesinos machistas. «Esto tiene un origen social, que es algo muy distinto a la enfermedad mental, algo que se debe desestigmatizar», subraya la experta, que mantiene que ante el fin del estado de alarma, la recuperación de los contactos sociales y la decisión de las mujeres maltratadas de abandonar a su pareja, «los hombres responden con violencia porque están socializados para dar esa respuesta», apuntó la psicóloga.

Todos coinciden en lo que destaca la plataforma feminista asturiana, que «toda la sociedad debería tener muy claro que no debemos aceptar jamás está situación como inevitable».

En las últimas en algunos sectores del feminismo ha cundido cierto desánimo al ver cómo el esfuerzo y el trabajo realizado durante años no logra acabar con la lacra de los asesinatos machistas. Por ello insisten en que «debemos seguir poniendo todo nuestro esfuerzo en el cambio individual y colectivo para lograr cambiar las medidas, las estructuras, la educación, los recursos...», en definitiva, «en seguir defendiendo el derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencia de cualquier tipo».

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