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Concierto | 37º Festival de Música

Pedro Halffter da estreno mundial a la obra póstuma de su padre

Pedro Halffter y los integrantes de la Orquesta de Cámara de Basilea saludan tras el concierto en el Auditorio. | | LP/DLP

Es muy digno de gratitud el que la familia de Cristóbal Halffter, fallecido hace pocas semanas, haya elegido el Festival canario para el estreno mundial de la última de sus obras, Melancolía, admirablemente presentada por su hijo Pedro Halffter Caro, director en esta ocasión de la Orquesta de Cámara de Basilea y exdirector titular de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, cargo desempeñado a lo largo de doce memorables temporadas.

La pieza, escrita para gran orquesta, destila en términos formales una quintaesencia del lenguaje del autor, escíndido entre el adagio de profunda perspectiva y el presto virtuoso de gran densidad escritural. También por la evocación de la mística española en contrapunto con la energía poderosa del hoy absoluto, que transmite su personalidad en perfiles más conceptuales que descriptivos cuando mezcla sabiamente lo atonal y lo tonal. Y en tercer lugar, por el brillo de la metáfora que colorea la imagen sonora como en un friso escultopictórico. Se nos ha ido el enorme artista, pero deja un corpus de obra muy rico en hallazgos de originalidad y de genio, así como la manera de interpretar su permanente modernidad por Pedro, el hijo músico que, con la maestría de la orquesta suiza, ha culminado un inmejorable estreno absoluto.

El Concierto en fa menor para piano y orquesta, segundo de los de Chopin, tuvo en el solo a un artista, Ivo Pogoreloich, muy admirado aquí hace pocas décadas pero hoy amanerado en casi todo: dinámica, toucher, exagerado staccato, énfasis gratuito en el fraseo y, en fin, esas cosas que algunos “creativos” gustan de meter en “sus” versiones gratuitamente personalistas. Y eso que actuó con la partitura en el atril y un doméstico que le pasaba las hojas. Buenos momentos también tuvo, faltaría más: pero en un contexto desfigurante que anteponía el invento a la realidad. No dio ningún “bis”, aunque salía a saludar con partituras en la mano. Probablemente el aplauso le supo a poco.

Pedro Halffter mantuvo siempre una óptima relación con Beethoven, y de manera singular con su Séptima Sinfonía, obra maestra que cumple rigurosamente el deber de ser genial en un instante creador en que casi todo lo es. Los cuatro movimientos recibieron un aliento grandioso en sus exposiciones temáticas y en la ampliada estructura de sus repeticiones. Un trabajo memorable del maestro y la orquesta basiliense, que mantuvo la presión de la batuta sin un fallo, apasionados todos, lúcidos (el director, sin partitura), felices de tocar al mejor nivel una música tan difícil como bella.

En medio de una ovación descomunal, se animó Halffter dar un bis emocionante: El profundo y muy lírico Adagio en memoria de Ana Frank, del que es autor, dedicado en este caso a las dos niñas tinerfeñas, Anna y Olivia, sacrificadas en el fondo del mar por la esquizofrenia de su padre.

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