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Crisis del coronavirus | La opinión de los expertos

La pandemia, las pensiones y otras tiranteces entre generaciones

Las convulsiones de la crisis hacen coincidir varias realidades conflictivas con un marcado componente etario en una sociedad en la que la tecnología ha abierto más que nunca la brecha de las edades

Ciudadanos en el paseo de Las Canteras. Juan Carlos Castro

–Ustedes me han robado mis sueños. ¿Cómo se atreven?

Grita Greta Thunberg, la activista ambiental adolescente, interpelando a los líderes mundiales sobre el calentamiento global y el cambio climático. Es septiembre de 2019 en las Naciones Unidas y aquella bronca va a ser aceptada como la gran reprimenda intergeneracional, la regañina de vuelta de los hijos a sus padres. En 2021 también podría haberse escuchado con las mismas palabras a la contra, en boca de un sexagenario con la primera de AstraZeneca, o de un cuarentón sin pauta completa y con miedo al contagio a la vista de un grupo de adolescentes desinhibidos que recuperan el verano sin mascarilla. “¿Cómo se atreven?”

A lo mejor se ha hecho más evidente que nunca la obviedad eterna de que todos dependemos de todos, y ha pasado justo ahora que la edad marca la prioridad de la protección frente al virus y que al mismo tiempo también vuelven las señales de agotamiento del pacto de solidaridad entre generaciones que da sentido a las pensiones. O a la vez que rebrota el debate sobre la crisis económica que se avecina, el vertiginoso cambio social en marcha y un laberinto laboral sin demasiadas perspectivas capaces de orientar a los jóvenes hacia un futuro de bienestar equiparable al que han disfrutado sus mayores…

A ellos, que son fuertes contra el virus, pero vulnerables ante sus previsibles efectos económicos y sociales, la pandemia les habló del sacrificio para salvar a sus mayores. La vacuna –“¿tú de qué año eres?”– también cede el paso por necesidad a los nacidos antes, pero la incertidumbre que se avecina verá a los jóvenes levantar la mano y pedir, si pudiera ser, que ahora alguien empiece a pensar también en ellos, en sus empleos, en las jubilaciones de sus padres o en las suyas... Este verano ha coincidido en el tiempo una emergencia sanitaria sobre la que lentamente iba saliendo el sol con los nubarrones de la ‘quinta ola’ juvenil y la tormenta que descargó sobre el ministro de la Seguridad Social cuando anunció la reforma del mecanismo atascado de las jubilaciones avisando a los baby boomers, a los nacidos desde finales de los cincuenta hasta mediados de los setenta: tal vez tengan que elegir entre trabajar más o cobrar menos… Confluyen realidades conflictivas en las que juega un papel esencial un marcado componente etario y su peso puede haber socavado la grieta generacional, exacerbado alguna tensión entre boomers y milenials, o agrandado el trayecto que separa a éstos de la generación Z, de los centennials que nacieron con el siglo y el ratón en la mano. ¿Sí? ¿El universo mejor conectado de la historia amenaza con desconectar más que antes, incluso más que nunca, a los hijos de sus padres y sus abuelos?

“Actuar sobre las pensiones exige actuar sobre el mercado laboral” y el impacto de la revolución tecnológica, apunta el sociólogo Sergio González Begega

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La “brecha digital generacional”. Pablo Priesca, psicólogo con treinta años de experiencia en el sector tecnológico, director general de la Fundación Centro Tecnológico de la Información y la Comunicación (CTIC), asiente a la sensación de que la distancia cultural puede haberse ensanchado desde que la tecnología traza una “brecha generacional” entre los jóvenes nativos digitales y los mayores incorporados tarde a esta inmensa conectividad del universo en red. Ese guiso cocina “un choque generacional de formas de entender la vida”, “un sistema de valores diferente”, un lenguaje propio y hasta una cierta incomprensión… Los jóvenes más jóvenes, los que aprendieron a navegar por internet antes que a leer, los niños que se sorprendieron intentando ensanchar las páginas de un libro con el pulgar y el índice, viven simultaneando con naturalidad “dos entornos, el físico y el virtual”, entrando y saliendo de uno y otro sin distorsiones, basculando hacia el virtual de forma uniformemente acelerada en el no tanto tiempo que ha transcurrido desde que la omnipresencia de las redes sociales –“Facebook es de 2004”– se ha vuelto inevitable.

Sus padres y abuelos “pueden enviar un correo electrónico, o un wasap”, ya no son analfabetos digitales, “pero no tienen ese uso tan intensivo de la tecnología” que cambia valores y percepciones a gran escala. Todo esto pasará, “esta brecha es transitoria por una simple cuestión de recambio generacional”, pero mientras tanto está haciendo de las suyas.

Ejemplo: “A los jóvenes les preocupa mucho menos que a sus mayores la seguridad en el trabajo, o el hallazgo de un empleo para toda la vida. Valoran más todo lo que son capaces de aprender que el acceso a un entorno laboralmente seguro en el que puedan permanecer muchos años”. Algo que en las generaciones anteriores, puede “chocar”.

Hay pues en la percepción de la relación con el empleo un toque evidente de distinción. O una rebaja en el grosor del colchón que proporciona el trabajo a los nuevos cotizantes jóvenes. A Priesca no se le escapa la “contradicción” entre la alta demanda de empleos puramente tecnológicos y las altísimas tasas de desempleo que también generan insatisfacciones, tensiones, malestares.

¿El pacto roto? Sergio González Begega, profesor de Sociología, invita a conectar la reforma del sistema de pensiones con la del mercado de trabajo, a mirar el modelo formativo del que disponemos con atención y con recursos y a evaluar con seriedad el impacto que esta revolución tecnológica descargará sobre el entramado laboral español. Este tiempo de fatiga pandémica y jóvenes tratando de recuperar el verano perdido también ha devuelto a la vida el debate sobre la sostenibilidad del pacto de colaboración intergeneracional que sostiene las prestaciones por jubilación. No hay veredicto, pero sí la constancia, a vista de sociólogo, de que el panorama de partida es “poco alentador” por el cóctel explosivo del envejecimiento, la baja natalidad y un mercado laboral inestable y poco pródigo en población activa suficiente.

Escuchando al ministro de Seguridad Social hablar y desdecirse sobre las pensiones de los boomers, González Begega no sabe “hasta qué punto” las dificultades de sostenibilidad que aquejan al sistema pueden llegar a “quebrar el pacto intergeneracional que lo sustenta”, pero sí percibe con claridad “un incremento de la tensión” entre edades. Se está previniendo contra la tensión que viene, y que será graduable, distinta según las generaciones y tal vez no tan intensa en los boomers mayores, los de la “cincuentena tardía”, como entre los que tienen la jubilación más lejos, los de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos que aún ven lejos el horizonte del retiro y sienten crecer “la sensación de que están haciendo un esfuerzo que no tendrá el mismo retorno directo para ellos” que para sus mayores.

Perciben en riesgo las pensiones que ven que disfrutan sus padres y su frustración “irá ganando intensidad a lo largo de los próximos diez a quince años”, vaticina. Crecerá mientras se vayan jubilando los que han generado prestaciones altas, con cotizaciones elevadas y vidas laborales largas y continuas, “porque esas prestaciones deben ser generadas a partir de cotizaciones de trabajadores con salarios bajos y trayectorias laborales irregulares”. El problema es la cuadratura del círculo de un sistema al que esa reforma le urge, un modelo que debe prepararse para acoger entre 2020 y 2030 dos millones más de pensionistas con una “ratio cotizante” –la relación entre el número de personas que aportan al sistema y el de beneficiarios– “que pasará de un valor actual de 2,2 a aproximadamente 1,3”.

Pensiones y “pedagogía”. Los boomers han tenido muchos menos hijos que sus padres. Dicen en las encuestas que han retrasado la maternidad por razones laborales y económicas y que cuando el primero se retrasa el segundo ni llega. Esa gota china ha ido corroyendo desde hace unas cuantas décadas en la estructura demográfica española –Canarias es un ejemplo perfecto– sirve para explicar que la reforma de las pensiones urge –“tal vez haya que pensar en utilizar la fiscalidad ordinaria para apuntalar el sistema”, o en “retrasar la jubilación efectiva”, o en combinar pensión y trabajo– y a su estela también, o sobre todo, “la pedagogía”.

El virus circula entre los jóvenes de manera natural, porque es el único nicho ecológico que le queda, “no es justo culparles”, afirma el epidemiólogo Pedro Arcos

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Puede que sea eso lo que la semana pasada intentó con poco éxito el ministro Escrivá, que seguramente comparte el convencimiento, aventura González Begega, de que “buena parte de los españoles no conocen la lógica de reparto que está detrás del funcionamiento de nuestro sistema de pensiones. Muchos lo confunden con uno de capitalización cuando dicen que tienen derecho a cobrar lo que han cotizado. En realidad, perciben eso y bastante más. Si sólo recibieran lo cotizado, la aportación individual que han hecho al sistema de pensiones se agotaría, de media, pasados cinco, seis o siete años. Antes de los 75, la mayoría de los pensionistas se quedarían sin pensión…”

En este debate, dado el enquistamiento de la contundente e incontestable realidad demográfica que lo origina, y teniendo en cuenta el lastre que arrastra el sistema, hay muy pocas opciones políticamente atractivas o muy pocas alternativas capaces de evitar esas “tensiones” intergeneracionales. En parte, porque habrá que decir cosas que nadie quiere oír, como aquellas del ministro; en parte, porque todo esto ha de ir ligado a la acción paralela sobre el mercado laboral y porque resulta muy difícil predecir cómo será el del futuro, o hasta dónde llegará este momento de cambio que acompaña a la revolución tecnológica y que puede, a su juicio, que se parezca a la gran eclosión que siguió a la invención de la imprenta en el siglo XV… Ahora, “tomas las historias de tres personas de veinte, cuarenta y ochenta años, y el contexto en el que han experimentado sus vidas es completamente distinto”.

“Un cambio social brutal”. Marta Ibáñez, también profesora de Sociología, comparte la descripción de los achaques que aquejarán dentro de unos años a la sostenibilidad del sistema de pensiones español, pero rebaja su potencial generador de tensión etaria. Cuando en sus encuestas el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pregunta a quién quieres más, o “en quién confía más” la población, invariablemente sale la familia.

Y la familia tiene un indiscutible elemento intergeneracional, resalta. Asiente a las evidencias de un momento de “fortísimos cambios sociales” en el que “los jóvenes seguramente perciben que no se tienen en cuenta sus intereses, o que no van a ser capaces de mantener el nivel de vida de sus padres”, pero amortigua su excepcionalidad.

“Si retrocedemos un poco y pensamos en la generación que tuvo que pilotar el trasvase del campo a la ciudad, seguramente habrán experimentado un momento similar de cambio social brutal”. Aunque la memoria es frágil para comparar grandes transformaciones colectivas, puede que “la gente que ahora está entre treinta y cuarenta años tenga problemas e inquietudes similares a las de los que fueron jóvenes en los ochenta”, pero, a sus ojos, a los que lo son ahora les espera un salto imprevisible y posiblemente más vertiginoso que el de las dos generaciones que les precedieron.

El virus en el rincón. Estos son los jóvenes de la pandemia, a los que les pidieron encerrarse y separarse para proteger a sus mayores, los que combinan una mayor resistencia al virus con una previsible mayor vulnerabilidad ante sus efectos sociales, económicos y laborales a medio y a corto plazo. Son los que ahora tal vez perciban cierto estigma de culpabilidad ante el rebrote veraniego que se asocia a sus fiestas de fin de curso. ¿O no?

La supuesta tensión intergeneracional que puede haber generado la pandemia se aparece como un “artificio discursivo” o un “constructo teórico” que difunde un discurso de “chivo expiatorio” sobre una “explicación cómoda” y una base falsa. Habla el epidemiólogo Pedro Arcos, director de la Unidad de Investigación sobre Emergencias y Desastres, que contrarresta el mensaje de que “si el virus se propaga entre los jóvenes, algo estarán haciendo” con la constancia de que tienen “una responsabilidad peque­ñita”.

Técnicamente, el virus progresa en estos momentos en esa franja de población, porque con el avance de la vacunación en los tramos superiores “es el único nicho ecológico en el que puede circular” el coronavirus. La vacuna ha ido “arrinconando” al virus, que “de manera natural está sobreviviendo allí donde puede, infectando a las poblaciones que son susceptibles”.

Del alto nivel de propagación de la infección entre la juventud, calcula, únicamente un 20% del riesgo es atribuible a su conducta. El abrumador 80% restante trae causa de “la propia dinámica epidémica”, así que “no podemos echarles la culpa. No sería justo ni objetivo”, sostiene.

Y sin embargo, en alguna medida ha pasado. Es otra prueba de que una epidemia “es un fenómeno social con un pequeño componente médico” en la que la percepción del riesgo es un elemento determinante. El experto redirige el foco en parte hacia las autoridades, repite lo que ya ha dicho de la conveniencia, sí, de cerrar el ocio nocturno y sólo adelantaría la vacunación de la juventud si tuviera dosis suficientes para no dejar atrás a ningún grupo de población de los que quedan por ser inmunizados.

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