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Amelia Tiganus Activista del feminismo y exprostituta

«El dinero blanquea las violaciones en los prostíbulos»

Amelia Tiganus. | | LP/DLP

Amelia Tiganus. | | LP/DLP

A los 13 años la violó un grupo de hombres en su país, Rumanía. A los 18 fue vendida a un proxeneta español por 300 euros. Logró escapar de la prostitución y se convirtió en activista. 

Lo que cuenta en su libro La revuelta de las putas sobre la vida en los clubes de alterne es aterrador. ¿Cómo explica que una sociedad como la española, que presume de democracia avanzada, permita que estas situaciones se sigan produciendo?

Hace 14 años, cuando salí del puticlub, la rabia que sentía por todo lo que me habían hecho me habría llevado a hablar de hipocresía. Hoy, después de leer e investigar profundamente sobre este tema, y tras hablar con mucha gente, he entendido que esta realidad es más compleja y tiene que ver con la imagen romántica que el lobby de la industria de la prostitución ha logrado crear. Los mensajes que transmiten las películas, la música y la cultura en general sobre ese mundo suelen compartir esa idea romántica y erotizada, pero rara vez lo explican desde la mirada de la prostituta ni cuentan lo que realmente es la prostitución.

¿Qué significa para usted esa palabra?

Prostitución es la relación que se da entre alguien con poder y dinero que quiere sexo y alguien en inferioridad de condiciones que no quiere sexo pero necesita dinero. Si eliminamos el dinero de la ecuación, prostitución es sinónimo de violación. El dinero blanquea las violaciones que se cometen a diario en los prostíbulos, y eso lo estamos consintiendo.

De forma especial en España, donde el 40% de los varones reconoce haber ido de putas alguna vez. ¿Por qué este país es el mayor consumidor de prostitución de Europa y el tercero del mundo?

Influyen varios factores, como su situación geográfica, que facilita la llegada de miles de chicas africanas y latinoamericanas buscando una vida mejor y se ven abocadas a la prostitución. También cuenta el peso que tienen el turismo y los servicios en la economía nacional. Playa, sangría, paella y puta rumana es el pack perfecto para muchos turistas. Esto fomenta la industria de la prostitución; pero ojo, ese 40% de españoles que confiesa ir de putas es nacional, no de fuera, y ahí intervienen razones culturales y tradiciones propias del lugar.

¿Como cuáles?

En España sigue habiendo muchos empresarios que cierran acuerdos en el puticlub o se van de putas para celebrar el éxito de un negocio. También está esa idea tan española del macho ibérico que demuestra su hombría sometiendo a las mujeres. Por suerte, cada vez hay menos hombres identificados con ese cliché. El problema es que carecen de referentes que les muestren otra forma de entender la masculinidad. Al contrario, entre los jóvenes sigue habiendo miedo a ser tachado de marica dentro del grupo si reniega de las putas.

¿Cómo propone atajar un problema tan complejo?

Hay que deslegitimar la prostitución actuando desde muchos frentes. En primer lugar, dejando de verla como un asunto de putas, proxenetas y trata de blancas, algo que no va con la mayoría de la población, y empezando a verlo como una cuestión de derechos humanos que afecta a todos. Afecta al legislador que sigue protegiendo a quien se enriquece prestando espacios para que se explote a las mujeres; afecta al Estado, que es cómplice de lo que está pasando; afecta a ese 60% de hombres que no consumen prostitución pero siguen sin alzar la voz contra esta situación y, por supuesto, afecta al putero.

«Es curioso cómo se romantiza la prostitución pero se tergiversa el abolicionismo»

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¿Hay que multarle?

Es hora de empezar a hacerlo. Podemos meter en la cárcel a todos los proxenetas, pero aparecerán otros nuevos mientras siga habiendo demanda de prostitución. Hay que ir a la raíz, como han hecho en Suecia. Allí empezaron a multar a los puteros en 1999 y el consumo de la prostitución cayó al 13%. Y lo más importante: los jóvenes suecos hoy consideran impensable pagar por obtener sexo. La finalidad de la multa no es que el putero deje de ir de putas por miedo a la sanción, sino que acabe repudiando la idea de pagar por penetrar por boca, vagina y ano a una mujer que está en una situación de desigualdad y no le desea sexualmente.

Propone la abolición de la prostitución, pero esta idea genera controversia.

Es curioso cómo se romantiza la prostitución pero se tergiversa al movimiento abolicionista. Quienes apostamos por esta solución nunca hemos hablado de prohibición, sino de aplicar medidas para deslegitimar la prostitución desde el punto de vista legal, social y cultural. Y siempre protegiendo al actor más débil, que es la prostituta. Hay que ofrecerle ayudas económicas, acompañamiento jurídico, terapia, vivienda, formación y trabajo para que puedan salir de ese mundo. Todo esto significa avanzar en la abolición de la prostitución.

¿Es posible plantear ese escenario con la actual Ley de Extranjería? ¿Qué le decimos a la joven que ha llegado a España sin un contrato de trabajo y encuentra en la prostitución su única forma de ganarse la vida?

Ha mencionado un asunto clave, porque esa ley es, hoy por hoy, el principal instrumento que tiene el proxeneta para explotar a la prostituta, obligarla a buscar su protección y hacerla sentir miedo en presencia de la policía. Por desgracia, en este país prima el delito contra las fronteras sobre el que se comete contra los derechos humanos, y se considera más grave que una persona no tenga su documentación en regla que a sea explotada sexualmente en un prostíbulo de mala muerte. Hay que cambiarlo.

El discurso abolicionista choca contra quienes reclaman la profesionalización y legalización de la prostitución.

La abolición no va contra las mujeres que libremente y de forma autónoma quieran ejercer la prostitución. Aquí hablamos de otro problema muy distinto. No se puede legalizar una actividad que, caso de hacerlo, legalizaría el proxenetismo cuando ese trabajo se ejerza por cuenta ajena. Lo que la inmensa mayoría de las prostitutas necesitan son derechos humanos, civiles y sociales, no el derecho a cotizar por ser explotada.

En su libro a menudo se dirige a las mujeres. ¿Ha faltado empatía entre la población femenina general y las prostitutas?

Es consecuencia del modelo patriarcal en el que vivimos, hecho a la medida del hombre, que considera a las mujeres como las otras y a las prostitutas como las otras de las otras, seres situados un escalón por debajo. Pero el feminismo ha roto ese cuadro mental. Hoy no concibo que una mujer se niegue a hablar de prostitución alegando que no conoce ese mundo. No puedes sentirte ofendida cuando una publicidad muestra a una mujer como un objeto sexual y no hacerlo cuando pasas ante un prostíbulo donde hay mujeres que están siendo explotadas. La revolución feminista no tiene sentido si no cuenta con la rebelión de las putas.

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