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Opinión

El ocio nocturno de los volcanes

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Erupción volcánica: la lava de noche

Los volcanes tienen mucha, y muy imprevisible, vida sexual», sostiene el vulcanólogo y petrólogo Vicente Araña (Las Palmas de Gran Canaria, 1939), que durante lustros fue jefe del departamento de Vulcanología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Y agrega, o segrega: «En el principio, la Tierra entera era volcánica, aunque, hoy en día, cada volcán es un mundo. Lo cierto es que tienen más vida interior que muchas personas, y son muy sensibles y celosos».

Para ilustrar sus tesis, explica, por ejemplo, que al Popocapepelt, ese emblemático volcán situado a las afueras del D.F, sus vecinos mexicanos le llaman, con muchísimo respeto «don Gregorio», y que hay cientos de leyendas sobre aventuras sexuales y amores despechados entre volcanes y volcanas, a las que llaman así por su morfología más curvulenta o que evoca a los órganos femeninos. En algunos lugares, se suele decir que la erupción de un volcán obedece a que ha montado en cólera a causa de los celos, «porque su volcana se la ha pegado con otro volcán”. Y es recurrente que en donde aparecen regueros de pequeños esbozos de volcanes muy planos alineados por la superficie, se explique que se formaron así porque «un volcán muy grande salió corriendo hacia el mar enfurecido de celos y los pisó a su paso”.

Araña reivindica el trabajo complementario entre vulcanólogos y sismógrafos, por más que aparentemente trabajen en sentido inverso, ya que «una erupción se puede prever con una anticipación de semanas o días, mientras que los terremotos son, muchas veces, impredecibles. Da la impresión de que el papel de los sismógrafos se limita a dar el parte, y que su trabajo comienza, tristemente, cuando ya todo ha ocurrido, como si sólo fueran hombres del contratiempo. Nada más lejos de la realidad, pues la función primordial de los sismógrafos es detectar las zonas más susceptible de seísmo para prevenir de los riesgos de las obras a los ingenieros». Y, de otro lado, puntualiza que una erupción volcánica es muy semejante a los gases digestivos: «A distinta a escala, son muy parecidos. En ambos casos, proceden de una vida interior, y operan de forma parecida: se trata de una expulsión de gases y salmuera a partir de una energía que salta por acumulación. La diferencia es que nosotros, lamentablemente, no podemos prever los pedos con la misma antelación; ni, por supuesto, aguantarnos las ganas durante 20 millones de años...», bromea.

Cuando se le pregunta si son peligrosas, en general, las erupciones volcánicas, su respuesta no puede ser más infalible: «La experiencia me dice que son peligrosas sólo si hay gente cerca. Si no, son completamente inofensivas. El magma es como un bebé recién nacido: la tierra más joven y fértil que pueda concebirse. En realidad, los peligrosos son los humanos, que acuden a su vera para explotar esa mocedad del volcán; y, claro, el que juega con fuego, como mínimo, amanece meado...».

Pero, ¿lo normal es que los volcanes sean diabólicos o benefactores? «Dependerá de las culturas. Para los guanches, por ejemplo, el padre Teide era un símbolo infernal, representaba una perpetua amenaza. En otras latitudes, en cambio, constituyen la divinidad más fértil, como ocurre en Indonesia, Bali o las Hawai, donde se dice que la diosa Pelé está alegre si se agitan las faldas del volcán... En cuestión de volcanes, del fuego infernal a la luz celestial sólo hay un paso».

El vulcanólogo grancanario ha acudido a pie de fuego a muchas erupciones volcánicas del planeta, y concluye que, acaso por temor a no tener nada humano a lo que aferrarse, la gente suele echarle la culpa al Gobierno de las catástrofes naturales. «Recuerdo una pintada, en un barracón a los pies del Etna, en Sicilia, que responsabilizaba a los gobernantes de la peligrosa erupción: “Porco goberno». Y también ha observado una recurrente picaresca en las operaciones de rescate: «Al llegar a una evacuación en Bali, por ejemplo, comprobamos que muchos de sus pobladores habían arrasado con todo el material de salvamento, y le echaron la culpa a las fauces del volcán… Siempre he conservado una viñeta verdaderamente surrealista, a propósito de alguien que ve salir el magma, y, para su asombro, comprueba que la colada recién caída ya trae pisadas humanas...».

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