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Crisis volcánica | El paso de la lava por un barrio de 1.300 habitantes

Todoque: el amanecer más amargo cercado por la lava del volcán de La Palma

El barrio despierta con la lava de la erupción del volcán de Cumbre Vieja en sus calles, devorando casas y destrozando la carretera principal | La iglesia resiste al paso de la colada, que camina un kilómetro a la hora

La lava del volcán de La Palma toma Todoque, a vista de pájaro

Pedro Castro espera, aún de noche, sentado sobre una piedra de la montaña de La Laguna a que se haga de día. A lo lejos, el volcán explosiona una y otra vez, escupiendo una columna de fuego. Aguarda a que salga el sol para conocer los daños provocados por la lava en Todoque, donde nació y se crió. Al amanecer comprueba que la colada ya está en el barrio, al que amenaza con hacer desaparecer.

A las siete y media de la mañana aún es de noche al oeste de La Palma. Sobre una piedra, solo, bajo la oscuridad y con la única compañía de una botella de agua, el vecino de Todoque Pedro Castro Ramos espera al alba para tener algún tipo de información sobre el estado de su casa, conocer si la lava se la ha llevado por delante o si, sin embargo, aún permanece en pie. Todo son incógnitas después de una madrugada difícil en la que apenas ha podido conciliar el sueño después de conocer que la colada entraba a última hora de la tarde del martes en el barrio. «Me levanté a las seis de la madrugada y ya me vine», cuenta con la voz cansada después de dos días y medio en tensión.

Habla. Necesita hablar y contar todo lo que ha vivido estos días en su isla. Pedro es de una familia con profundas raíces en este pago de unos 1.300 habitantes del municipio de Los Llanos de Aridane dedicado al turismo y a la agricultura, como prácticamente toda La Palma. «Nací ahí», en referencia a su barrio que está a dos kilómetros en línea recta de la roca sobre la que se encuentra sentado. «Mis padres fabricaron primero su casa terrera y después mi hermano y yo hicimos lo mismo en los terreno familiares». En un radio de 30 metros se encuentran tanto su vivienda como la de su hermano y su madre. «Mi padre falleció el año pasado y suerte que no vio esto».

El joven Carlo Padrón ayuda a los vecinos a ver el estado de sus casas con las imágenes de un dron

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Del inicio del volcán dice que justo se encontraban yendo a Santa Cruz de La Palma en el coche de la empresa para coger el barco que le llevaría primero a Tenerife para después enlazar a Gran Canaria, donde está realizando unos trabajos de pintura impermeabilizante en Tejeda. Pudo dar la vuelta, llegar hasta el centro de Todoque y coger lo indispensable, lo que cabía en el coche. «Una bolsita de ropa de los dos niños, para mi mujer y para mi», además de sus cuatro erros podencos canarios.

Salieron rápido de la zona. Junto a su madre y su hermano consiguieron alquilar un apartamento en Los Llanos de Aridane donde pasar estos días a la espera de la evolución de la lava, una tarea complicada debido a la alta demanda que existe por la gran cantidad de evacuados que hay, hasta 5.700. El martes por la tarde pudieron ir a sus casas, no saben si por última vez, para rescatar lo esencial. «Nos dieron diez minutos, pude coger algunos papeles y medicina». Se queja de que ni el lunes ni todo el día del martes tuvieran la posibilidad de salvar todo lo posible. «Si me hubiesen dado tiempo hubiese cogido el camión de algún amigo y lo hubiese sacado todo, muebles, electrodomésticos…», señala.

Entre los objetos imprescindible que logró recuperar está el oso de peluche, de nombre Polar, de su hijo Jon, de 11 años. «No me pidió que le llevara la Playstation, me dijo que por favor quería el peluche», un regalo familiar que le acompaña desde que tenía tres años, señala con la voz entrecortada. El pequeño David, de 4 años, vive algo ajeno a la desgracia que están viviendo sus progenitores y toda la isla de La Palma.

La noche del pasado martes al miércoles, Pedro apenas pudo pegar ojo entre las explosiones del volcán que retumban en las casas de todo el Valle de Aridane. «Dormí dos horas». Cuando se despertó, a eso de las seis de la mañana, se dirigió a la Montaña de La Laguna, atalaya desde donde los vecinos de Todoque se concentran para seguir la evolución de la colada que camina, muy despacio, ladera abajo engullendo todo lo que hay a su paso. Durante la noche, los bomberos del Consorcio de Emergencias del Cabildo de Gran Canaria se habían esmerado en realizar zanjas con la ayuda de una retroexcavadora con el objetivo de redirigir la colada magmática lo más lejos posible de los edificios, aunque todo esfuerzo resultaba en vano.

Sobre las ocho de la mañana, con los primeros rayos del sol, Pedro ya pudo ver la situación en la que se encontraba el barrio. La lava apenas había avanzado unos pocos metros durante la noche por un barranquillo que hay después de la iglesia en dirección a Fuencaliente. El alba permite ver cómo la lengua de tierra incandescente se traga poco a poco una casa terrera amarilla, con tejado a dos aguas, que hay por encima del barrio.

Sobre esa hora comienza a llegar el resto de vecinos. El primero, Fran Martín, quien reconoce a Pedro al instante pese a que ambos llevan mascarilla no sólo por el coronavirus, sino también para protegerse de la ceniza que, invisible, cae continuamente a kilómetros a la redonda dejando tras de sí un paisaje oscuro, desolador. La primera pregunta tiene que ver, evidentemente, sobre lo que más preocupa: el estado de las casas de ambos. Creen que ninguna de las dos, a esas horas de la mañana, han resultado afectadas. Luego se quejan de que no les dejaran pasar antes y de que no se abra el Hotel Doña Paquita de Los Llanos, cerrado hace años, que puede servir para que las personas que están pasando la noche en los coches tengan un techo bajo el que dormir. Luego llega Rosendo Javier Lean, quien se une a la conversación. Todos coinciden en que la lava apenas avanza, que no se ve por dónde está, aunque intuyen que aún no ha pasado la carretera general cuando la noche anterior estaba a poco más de diez metros.

La conexión entre Los Llanos y Los Canarios se reduce al vial de la costa tras sepultar la LP-213

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La incertidumbre con la que viven hace mella en ellos. Quieren tener algún tipo de información. Fran lo compara con la muerte de un ser querido en el océano. «Es como quien pierde a un familiar en el mar, quieres encontrarlo. Aquí queremos saber si nuestras casas están sepultadas o no», asevera. Hace estas declaraciones ajeno a un joven de 27 años que desde hace apenas unos minutos dirige un dron hacia Todoque. En ese momento, se va a convertir en el protagonista de la mañana. Se llama Carlo Padrón, es ingeniero informático y la pandemia le ha permitido teletrabajar desde la isla de La Palma.

A su alrededor, poco después, se concentra cerca de una decena de vecinos pidiéndole, por favor, que si puede acerca la aeronave provista de cámara a sus viviendas. La sensación pasados unos momentos es de un tímido alivio generalizado. Ninguna de las casas de los allí presentes ha resultado todavía afectada. «Esta información no tiene precio», dice Rosendo Javier Lean, quien añade que su morada está «un poco retirada» del punto en el que corre la lava, pero que aún está «en riesgo». El joven sudafricano Louis Slabbert despliega una sonrisa: la vivienda vacacional de uno de sus amigos aún está intacta y parece estar bastante lejos de la lengua que avanza hacia el mar. Este enamorado de La Palma, a la que se mudó después del Brexit tras 15 años residiendo en Londres, muestra su cariño hacia Carlo: «Estoy muy agradecido», le dice con una sonrisa en la boca.

Las imágenes que el dron emite en tiempo real en el móvil son estremecedoras. La colada se ha tragado gran parte del Camino Pastelero, donde el panorama es dantesco. Apenas unas pocas viviendas se han salvado del volcán, prácticamente la mayoría o están derruidas o están dañadas o siguen aún a expensas del avance de la pared tiznada de más de ocho metros de altura.

En Todoque, la lava rodea el restaurante Altamira. Otra vivienda pintada de color verde que está al pie de la carretera general, la LP-213, se encuentra en la misma situación. En el interior de ambas se han originado incendios que, en cuestión de minutos, quedarán reducidos a la nada. Horas después, vídeos de los servicios de emergencia recogen cómo la colada derriba ambos edificios y continúa su lento camino hacia el mar, a una velocidad de un metro por hora, cruzando la carretera principal. Esto hace que los servicios de emergencia sólo puedan usar la vía de la costa para ir del noroeste al suroeste de la Isla.

«Mi hijo no me pidió que le salvara la Playstation, quería su peluche», apunta Pedro Castro

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Entre las cientos de viviendas afectadas también preocupa la iglesia San Pío X del barrio de Los Llanos de Aridane. El campanario es testigo de todo lo que está ocurriendo alrededor. A última hora de la tarde de ayer, director técnico del Plan Especial de Protección Civil y Atención de Emergencias por riesgo volcánico, Miguel Ángel Morcuende, informa de que el templo religioso se mantiene erguido, esquivando la fuerza de la naturaleza que ha decidido caminar por un barranquillo situado a unos escasos veinte metros de la parroquia. Morcuende agrega que desconoce «si aguantará». «No sabemos si va a coger por el lado derecho de la colada», por el lado norte.

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Todoque, el día después de su desalojo por el volcán de La Palma A.C.

Al anochecer, Pedro atiende al teléfono. Está en la casa alquilada por su familia, donde durante la tarde recibió a unos amigos. La conversación siempre versa en torno al volcán, el dichoso volcán. «Ya ni quiero hablar más de lo que está pasando porque sólo me da por llorar». Pretendía volver por la tarde a la montaña de La Laguna para conocer la evolución de la erupción, pero los suyos le recomendaron que se quedara en casa, que descansara. «Ya la cabeza no me va bien», comenta. Sólo ha dormido unas horas en las tres últimas noches. Las noticias no han cambiado desde por la mañana, su casa y la de sus familiares continúan a salvo. Pero eso no les consuela. Cuando ve la tele reconoce a muchos de sus vecinos que lo han perdido prácticamente todo. Son golpes que psicológicamente hacen mella no sólo en los afectados, sino en toda la población palmera que vive inmersa en una pesadilla originada por el infierno de fuego y lava que desprende el nuevo volcán. Pedro se despide, quiere dormir y desconectar por una vez de todo lo que está sucediendo. «Sólo le pido a Dios que sea el último, no quiero volver a vivir un volcán», sentencia.

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