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Volcán de La Palma | Un pueblo en el límite

La Laguna se parapeta contra el miedo por la nueva colada del volcán de La Palma

El barrio llanense, uno de los primeros en evacuarse pero también en regresar a sus casas, extrema sus precauciones ante la nueva colada de Cumbre Vieja

La lluvia de ceniza se hace más intensa en los barrios cercanos al volcán Video: Agencia Atlas | Foto: EFE

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La lluvia de ceniza se hace más intensa en los barrios cercanos al volcán Nora Navarro

El casco de Los Llanos de Aridane amaneció ayer como un reloj de arena reventado contra el suelo. La lluvia de picón propulsada por el volcán extendió un manto de piroclastos, cenizas y escoria volcánica desde Cumbre Vieja que pulverizó jardines, huertos y azoteas. La estampa cotidiana de la Plaza de España se transformó en un enjambre de paraguas sobre el deslizante arenístico en un nuevo pulso contra la normalidad en este pulmón urbano de la isla.

Pero su mayor perjuicio recayó, sobre todo, en los numerosos invernaderos de tela que, en muchos casos, no resistieron el peso de las rocas ígneas y basaltos y se desmoronaron sobre los cultivos. «Los invernaderos se te echan abajo si no estás arriba todo el rato sacudiéndoles la tierra», señaló Ismael, de Tacande Abajo, que se dedica al tratamiento y empaquetado de plátanos. «Yo lo tengo más fácil porque mi mujer está ahora en la casa, pero los que tengan que echar pa’ Fuencaliente pa’ regar no sé yo si les aguanta y menos si ahora empieza a serenar», añade.

Si el primer recurso de prevención que se agotó en la isla durante los primeros días de erupción fueron las gafas de protección para prevenir el contacto ocular con la ceniza, la demanda principal se dirige ahora a los sopladores de hojas para poder despejar tejas y azoteas, dado que la persistencia de la lluvia de arena favorece la acumulación y daña las estructuras de las casas.

Y así, entre continuos cepillazos y baldes de agua, el anuncio que cayó como uno de agua helada sobre el valle fue el nacimiento de esa nueva boca doble, con dos coladas que, a una interdistancia de 15 metros, discurren bajo dos barrancos paralelos en dirección oeste por el Callejón de La Gata.

Este nuevo rumbo lávico, con una afluencia más líquida y veloz que la de coladas anteriores, atraviesa la carretera LP-2 y apunta al corazón de La Laguna, barrio residencial de Los Llanos de Aridane con numerosas casas en la ruta hacia Puerto Naos, localidad que permanece aislada por completo desde que la lava seccionó la carretera en su desembocadura al mar. El caso singular de La Laguna, séptimo núcleo más poblado del municipio, es que se erigió en uno de los primeros barrios desalojados tras la erupción -primero, por seguridad; luego, como sistema de prevención contra los gases-, y, a continuación, fue uno de los primeros que pudo rehabitarse por encontrarse fuera de peligro.

El centro de Los Llanos amaneció con un manto de piroclastos, cenizas y escoria volcánica

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Ahora, este barrio llanense delimitado por Tajuya, al este, y por Tazacorte, al oeste, vuelve a parapetarse contra el miedo y a extremar sus precauciones ante los derroteros inciertos de la lava. Por el momento, no existe orden de evacuación, dado que las coladas no han alcanzado la zona de El Pedregal, antesala de La Laguna, aunque sí ha arrasado numerosas viviendas y plantaciones a su paso por este nuevo sendero.

Sin embargo, la erupción de Cumbre Vieja ya fracturó la rutina cotidiana de La Laguna desde el primer día, puesto que su acceso por la Carretera de Puerto Naos, pasando el restaurante Casa Kiko y la Arepera El Rinconcito, se encuentra cortado en la primera intersección del pueblo, junto a la Iglesia de San Isidro Labrador. El único lugar abierto al otro lado de la barrera es la farmacia en medio del desierto de arena, pero las autoridades exigen presentar la tarjeta sanitaria para poder cruzar. Incluso, el súpermercado permanece cerrado desde hace más de una semana.

Ante este escenario de parálisis, explosiones y rugidos, muchas familias de La Laguna han optado por alojarse en casas de parientes en el centro de Los Llanos o en El Paso, mientras que otras han preferido marcharse de la isla para alejarse del estrés que provoca el aullido constante de la tierra.

El mayor perjuicio de la lluvia de picón recae sobre los cultivos, que se vienen abajo

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Este es el caso de Jacobo, que vive en un piso de alquiler al final de la Calle Real, en el centro de Los Llanos. El tercer día de emisiones se instaló en su casa familiar en La Laguna y reservó dos pasajes de barco para sus padres, de 73 y 76 años, con destino a Tenerife. «Esto no era saludable para ellos», cavila. «A la vuelta ya tendrán que enfrentarse al hecho de que la isla ya no es la misma, que muchos de sus vecinos y compañeros lo han perdido todo, y que esto puede durar meses», explica. «Pero ahora, que descansen y que se ahorren esta desgracia en directo».

Por el contrario, una estirpe de raigambre clásica en La Palma se corresponde con las «mujeres de su casa», como Ana Laura, viuda y madre de tres hijas, quien, a sus 87 años, vive sola en su hogar de siempre en la parte alta de La Laguna, casi limítrofe con El Paso. «Ni con aguardiente me sacan de mi casa», afirma de camino a la iglesia, aunque, por petición de sus hijas, no ha deshecho la pequeña maleta que armó el primer día del estallido, con algunos enseres de primera necesidad.

Con todo, dicen a este lado de Los Llanos que «lo que no se conoce en el bar de La Laguna no se conoce en ningún lado» y es que el Bar Central, viejo antro de carretera emplazado junto a la parada de guaguas, frente a la iglesia, concentra todos los bisbiseos y últimas noticias del barrio, de este y del otro, porque aquí todos se conocen. «¿Sabes José Manuel, el que vive pa’ allí arriba, que se terminó de construir la casa nueva la otra semana? Pues esa se la llevó la lava». «Y espérate que la colada nueva no coja la de Fridolino, que está por encima de La Lechera. Ojalá que no».

La nueva ronda invita a un brindis nuevo por los que lo perdieron todo y muchos no soportan las imágenes reiteradas de la isla rota. A la salida, Ana Laura mira de frente a la columna de humo que emerge ingrávida sobre las tejas desordenadas del Central y suspira: «¿Tú crees que llegue la lava aquí? Ya se llevó a San Pío de Todoque. Digo yo que no se va a atrever con dos santos».

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