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Volcán de La Palma | Los afectados

La lava del volcán de La Palma rebosa como la pena

La desgarradora historia de dos vecinos de Todoque, Juan y Nieves, que han perdido su vivienda y todas sus plataneras: «será cuestión de echarle ganas»

Los vecinos retiran la ceniza que ha cubierto toda La Palma Video: Agencia Atlas | Foto: EP

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Los vecinos retiran la ceniza que ha cubierto toda La Palma Nora Navarro

Una noche antes del infierno, cuando la lava corría bajo el suelo vertical de Cabeza de Vaca y la espina dorsal de Cumbre Vieja tembló como si anticipara el hambre de la tierra, Juan y Nieves, sentados en la salita de su casa en el Camino del Pampillo, decidieron dividirse: «Tú tira ya, que yo me paso aquí la noche», le propuso Juan a su mujer.

Nieves abandonó Todoque con dos bolsos y se instaló en la casa de su infancia en el Malpaís de Triana. Al día siguiente, el volcán reventó a la hora del almuerzo y Juan llamó a la puerta. Ambos recuerdan esos primeros días como una algarada de preguntas y temores hasta que, una semana después, cuando la segunda colada de lava entró en Todoque, la desazón se les anudó en la garganta.

Unas horas después, los padres de Juan llamaron por teléfono a Triana desde la casa rural de Nuria, la hermana de Juan, en Tijarafe, donde se atrincheraron desde el primer rugido: su casa, el hogar donde nacieron y se criaron sus dos hijos, así como la vivienda principal de Nuria y su familia, quedaron sepultadas bajo la lava, pared con paredes de recuerdos soterrados para siempre.

En cambio, ningún par de prismáticos permite divisar la casa de Nieves y Juan, o su vacío, al otro lado de la montaña de Todoque. «No vienen con rayos X», sonríe Juan, pese a sus últimas noticias. La última imagen que inmortalizaron los drones les mostró su vivienda incólume bajo el manto de arena negra, pero eso sucedió el pasado miércoles. Las nuevas lenguas lávicas que emanaron del cono principal en los días sucesivos reavivaron la amenaza sobre su tejado y también sobre sus plataneras, situadas en unas plantaciones a unos 700 metros, que constituyen una parte central del sustento familiar.

La noche del sábado, Juan recibió la llamada de un amigo, que le confirmaba que la última colada había devastado todas sus plataneras. La última riada que discurría desde la tercera boca del volcán, más líquida y veloz, y que se une en algunos puntos a la colada principal, ha incrementado tanto el muro de altura que ha comenzado a desbordarse por los costados, con nuevos afluentes que han arrasado más casas y plataneras de la zona. Como la suya.

«Yo no pensé que viviría para tanta pena, y vamos de domingo en domingo: el primero, explota el volcán y se nos rompe la isla; el segundo, se traga la casa de nuestra infancia, el sudor de la frente de nuestros padres; y ahora, se nos lleva los plátanos», lamenta Juan. «Yo lo que no quiero es que hagamos pleno», añade, en relación a la incertidumbre que pesa sobre su vivienda.

Sin noticias

Y es que, dos semanas después, ni Juan ni Nieves han podido asomarse a su casa, porque ni siquiera disponen de medios para comprobar si sigue en pie. Precisamente, las autoridades y los servicios de emergencias suspendieron ayer por la mañana el acceso de los vecinos a sus casas aisladas en Todoque, entre otros barrios aledaños, para comprobar su estado, descargar arenas y cenizas, atender animales, regar plantaciones y recoger pertenencias. Este acceso solo podía realizarse bordeando la isla por el sur a través del municipio de Fuencaliente, que ayer fue un viaje de casi tres horas debido al tráfico de coches atorados en las finísimas carreteras de la Villa de Mazo.

Sin embargo, media hora después de la apertura del acceso, el comité director del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias (Pevolca) ordenó el cierre y la evacuación inmediata de todos los vecinos, así como del personal científico y de emergencias, debido al empeoramiento de la calidad del aire en las proximidades de la colada. Juan y Nieves, que ya se hallaban en la cola de acceso, dieron media vuelta por el mismo camino, sin noticias de su casa.

A medida que aumentan las emisiones y explosiones, la pareja ve mucho más lejana la posibilidad de que vuelva a abrirse el paso hacia el otro lado del muro. «Se le dará prioridad a regar», suspira Nieves. «Y qué le vamos a hacer». Lo cierto es que el proceso de desplazamiento desde el punto de acceso hasta las fincas y viviendas está sujeto a múltiples normas: solo se dispone de 20 minutos, como máximo, en cada lugar y, además, debe realizarse por grupos acompañados en todo momento por una autoridad, después de someterse a varias comprobaciones de identidad, ya que, en los últimos días, han comenzado los robos y vandalismos en algunas fincas y casas.

Por su parte, a los varapalos del tercer fin de semana de erupción, se suma ahora el temor a que el reboso continuo de la lava por los bordes se encamine hacia el norte de la isla, en dirección al centro de Los Llanos de Aridane a través de Las Manchas, La Laguna y el Malpaís de Triana, donde se erigen numerosas líneas de viviendas.

En la noche de anoche, una parte del cono volcánico se desgajó y abrió aún más la base central de emisión, que propulsó una mayor afluencia de lava y que se encaminó hacia el barrio llanense de El Paraíso, ya herido en sus laderas por coladas anteriores.

Entre tanto, Juan no levanta la mirada de la pantalla del móvil y salta de vídeo en vídeo para tratar de distinguir su casa entre las imágenes de la devastación. «Yo le digo que mejor lo dé ya todo por perdido. Y si escapamos, pues escapamos», apunta Nieves. «Lo peor de esta nada en la que estamos es que ni podemos hacer duelo, porque todo es espera».

Su madre atesora unas bodegas en la Montaña de Tamanca, escenario de cumpleaños, bodas y celebraciones familiares entre tintos y quesos de Tajogaite, que hoy se encuentran delimitadas por la lava. «Pero yo creo que no va a perderlas porque están más lejos», apunta Nieves. «Mi madre luce aquellada estos días y nos dice que ella se cambiaba por nosotros. Y yo le digo: tú espérate, ma, que la misma le echamos un pintado al garaje y aquí nos quedamos».

«Pero lo dice porque es madre, igual que yo, que tengo todo el tiempo en mis rezados a mis hijas, que están estudiando en la universidad, y no quiero dejarlas sin nada. Nosotros, bueno; pero el volcán no se va a llevar el futuro de nuestros hijos».

Como la expresión cantarina de camino pa’rriba, camino pa’bajo, que reproducen en la isla para referirse al entramado de cuestas, curvas y ascensos que cincelan su paisaje; Nieves no vislumbra, en ningún horizonte futuro, la opción de claudicar. «Si esto no es lo peor que hemos vivido, se le acerca bastante», afirma. «Pero nos tocará ir pa’rriba, como se dice, y será cuestión de echarle ganas».

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