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La pandemia emocional infantil que está por venir

La escuela ha jugado un gran papel al dar a los niños de «cierta estabilidad» ante una realidad que una semana te tenía en casa y a la siguiente te permitía ir a la playa

Niños y niñas a la espera para entrar en su aula. Europa Press

Los expertos elogian que la escuela dote de cierta estabilidad a los chicos pero reclaman más medios para abordar la salud mental en el entorno educativo. Reclaman reducir las ratios de alumnos para reducir el estrés entre los docentes durante el curso que acaba de comenzar.

Dice Marta Padrós, psicóloga y profesora asociada universitaria, que tardaremos algún tiempo en conocer qué efectos ha tenido la pandemia en los niños y adolescentes. Porque si los mayores hemos sufrido, ellos, aunque no siempre lo exterioricen, también. En todo este proceso, prosigue, la escuela ha jugado un papel fundamental al dotarles de «cierta estabilidad» ante una realidad cambiante que una semana te tenía en casa y a la siguiente te permitía ir a la playa.

Y todo, prosigue, gracias al esfuerzo, muchas veces sin los recursos suficientes, del profesorado, que ha tirado de «vocación y entrega a sus alumnos» para tratar de amortiguar las embestidas emocionales del Covid. Empieza el curso, con mucho estrés y muchos cambios acumulados.

Las escuelas, sostiene esta experta, han intentado priorizar la salud mental de los alumnos, generando un ambiente de rutina y estabilidad. «Una de las cosas que se han encontrado es que a medida que iba pasando el tiempo, aparecían preocupaciones y malestares vinculados a la incertidumbre». Los adultos, prosigue Padrós, «generalmente gestionamos mal el no saber, y eso es algo que también ha afectado a niños y jóvenes». De ahí su elogio al rol que ha desempañado la enseñanza durante este año: «La escuela fue capaz de dar continuidad cuando todo cambiaba constantemente». Eso permitía mantener la sensación de control, imprescindible para el buen desarrollo de las criaturas.

Secuelas para los docentes

Todo esto se ha conseguido «en muchos casos, con un coste emocional muy importante, porque los maestros tenían que soportar su propia experiencia personal y familiar y la de todos sus alumnos». Basta con hablar con docentes de centros complejos para comprobar que las aulas concentraban una enorme cantidad de historias vitales dramáticas, ya fuera por la situación laboral de los padres, la estrechez de las viviendas o la pérdida de seres queridos. Por todo ello, Padrós exige que las autoridades eductivas blinden más y mejor a los profesionales.

El psicólogo Ferran Barri comparte el elogio hacia el profesorado y también reclama más medios a la adminoistración. «Ya se hizo un gran esfuerzo con los miles de docentes que se añadieron el año pasado, pero hacen falta muchos más para bajar ratios y atender de manera más adecuada la diversidad de alumnado». A pesar de que la presión sea inferior, sobre todo por el proceso de vacunación, Barri cree que se seguirá vigilando muy de cerca la evolución de los colegios, lo que puede generar un «innecesario estrés» en los docentes, puesto que el curso anterior, que cerró con pocos grupos confinados, en relación al total, «demostró que la transmisibilidad entre alumnos es muy baja».

Este año y medio de tanto bandazo social y sanitario, y a pesar de que la escuela ha ayudado a mantener cierta estabilidad vital, ha derivado en problemas psicológicos que no siempre se manifiestan o que no se vinculan con la pandemia. Padrós advierte de «somatizaciones (síntomas físicos de un malestar emocional) que han aparecido al cabo de un tiempo, como dormir mal, nerviosismo, miedos que antes no existían, frustración, rabia contenida…, a los que hay que añadir la dificultad de los niños y de los jóvenes de expresarlo con palabras».

«Se han dado cuenta -prosigue la psicóloga- de que la vida es mucho menos estable de lo que imaginaban, y que hay muchas cosas que escapan a su control». Hasta dentro de unos años, detalla esta experta, «no veremos el impacto real que la pandemia habrá tenido en su desarrollo». Por lo pronto, tanto Padrós como Barri confirman que su gremio ha tenido y está teniendo mucho más trabajo que antes.

Montaña rusa de emociones

La psicóloga pone como ejemplo de malestar las vacaciones de Navidad. La pandemia daba bandazos y no estaba nada claro en qué condiciones se retomarían las clases después de las fiestas. Viene a la memoria la carta firmada por una veintena de científicos que reclamaban retrasar la apertura de coles para evitar que aumentaran los contagios. La administración no les hizo caso, pero muchos chicos, en diciembre, se fueron a casa con todo el material, preparando el terreno por si era necesario volver a las clases telemáticas. «Muchos niños tuvieron ansiedad, pero no una ansiedad clínica, sino un agobio que no podían describir y que tenía que ver con la incertidumbre de si podrían o no regresar a las aulas», lamenta Padrós.

No contribuyó, se queja esta experta, «el mensaje de que todo iría bien». Todos eso chavales dibujando el arco iris, imaginando una pandemia de cartón piedra que en realidad entró como un elefante en un tienda de cerámica. Padres sin empleo, familias que se ganaban la vida fuera del sistema y que no podían solicitar ayudas, profesores con miedo de contagiarse…, todo eso llegó a los niños. Y no, no todo iba a ir bien. Podría apelarse a su capacidad de adaptarse a todo, algo que suele decirse cuando se les pone ante una situación de estrés emocional. Padrós le pone un ‘pero’ a la cosa: «Se adaptan, es cierto, ¿pero a qué precio? Habrá consecuencias…».

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