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Imagen romantizada

La naturaleza no habla

Vista del volcán en la madrugada cuando se cumple 25 desde que comenzó la erupción. | | ELVIRA URQUIJO /EFE

Con la terrible erupción volcánica en La Palma, vuelve a repetirse la frase tópica con que se comenta cada catástrofe natural: «La naturaleza nos habla». Se dice en un tono admonitorio, con una solemnidad de oráculo que viene a decir algo así como «la naturaleza nos habla y menos mal que yo estoy aquí para darme cuenta y pasaros el mensaje».

Pero la naturaleza no nos habla, por el simple hecho de que no habla. Lo paradójico es que nos empeñamos en buscar mensajes porque no sabemos entender lo evidente.

A pesar de que su autor dejó de dibujarlas en 1995, The Far Side de Gary Larson siguen siéndolo unas de mis tiras cómicas favoritas. Los protagonistas son señoras con gafas de mariposa, señores con pantalones de tirantes, niños gordos, científicos con batas blancas y, sobre todo, animales, plantas, incluso amebas en situaciones de comicidad cotidiana, que lo son más cuando las protagonizan vacas con rulos en la cabeza, ardillas que leen el periódico en el sillón orejero o pulgas que se han perdido sobre el lomo de un perro. Después de retirarse, este dibujante con vocación de biólogo publicó un libro infantil titulado ¡Hay un pelo en mi roña! protagonizado por una familia de lombrices. En este libro el autor va mostrando la absurda idealización de la naturaleza por parte de la protagonista humana, una tal Harriet, empeñada en poetizar la naturaleza, lo que el gusano narrador va desmintiendo página a página. Donde Harriet (es decir, nosotros) oye bellas melodías de los pájaros, la lombriz (el biólogo) escucha cómo cada pájaro marca su territorio; Harriet ve en las flores «un cuadro pintado por la madre naturaleza», la lombriz, un campo de batalla de la reproducción. Harriet se mueve por el bosque y no entiende nada de lo que ve porque superpone una imagen romantizada de la naturaleza. Larson castiga esa ignorancia con la muerte de la protagonista: cuando salva al ratoncito de la «malvada» serpiente que estaba a punto de comérselo, Harriet se deja llevar por el prejuicio contra las serpientes y no sabe que, al comérselo, contribuye al control poblacional de un animal que puede ser una plaga y que, en el caso del ratón que salva, le contagia una enfermedad mortal. Así nos muestra Larson que Harriet ve y admira la naturaleza, pero no la entiende en absoluto.

Caemos con mucha frecuencia en una visión idealizada de la naturaleza, que la personifica, le otorga voluntad, objetivos y lenguaje. Tal vez porque la realidad es demasiado cruel, porque nos cuesta asumir que ese conjunto de organismos interdependientes tiene una mecánica inapelable: unos tienen que comerse a otros para poder vivir.

Un ejemplo perfecto son muchos documentales que aspiran a mostrar, pero, en realidad, nos relatan la naturaleza. Con ellos actuamos como con cualquier relato: lo primero que hacemos es identificar quién es el protagonista. Por lo general el título, las primeras imágenes o la voz en off nos lo dejan claro: hoy vamos con el pingüino, el león, el águila, el topillo... En ocasiones los guionistas demuestran cierto sadismo y llegan a darles nombres propios. En estos casos nos tienen bien pillados, porque, aunque no lo distinguimos del resto de la colonia, es más emocionante seguir los pasos de un pingüino si se llama Diego. Lo mismo pasa si la leona se llama Samba, o al cervatillo lo llaman Robertito. El problema es que, como coincidan en el mismo documental, Samoa se comerá a Robertito, si ella es la protagonista. Si lo es Robertito, Samoa y sus cachorros pasarán hambre hasta que, fuera de cámara, se coman a otro cervatillo sin nombre. O a Robertito, que al día siguiente vuelve a pasar por el lugar en el que la leona lo espera aún más hambrienta.

Una erupción de lava no es un «espectáculo maravilloso de la naturaleza» porque no está hecho para nuestro deleite y contemplación. A la leona le da absolutamente igual si la vemos como la bestia despiadada que se come a Robertito o la abnegada madre que alimenta a unos tiernos cachorros de grandes ojos negros. A la naturaleza le da lo mismo nuestra opinión. Tampoco nos envía mensajes. Somos nosotros los que inventamos metáforas líricas o grandilocuentes mientras seguimos sin entender de qué va todo eso.

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