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Crisis volcánica

Volcanes que dejaron huella: El Krakatoa, en Indonesia

El penacho de humo alcanzó los 80 kilómetros de altitud y las cenizas cubrieron unos 700.000 kilómetros cuadrados, una superficie superior a la Península Ibérica | Cinco explosiones cataclísmicas se escucharon a más de 4.000 kilómetros, y violentos tsunamis azotaron después la costa cobrándose unos 38.000 muertos

El Krakatoa en erupción. Imagen de la época.

Nuestra última comida en Medan capital de Sumatra, una ciudad que no me ha gustado, pero donde he estado solo tres días con excursiones diarias y de la que no me atrevo a dar un juicio definitivo, la hacemos en un restaurante que nos han recomendado en el hotel como de comida ‘típica’. No nos entendimos bien con el camarero que nos ha servido una sopa de ¡ojos de carnero! Creí que aquellas dos bolas blancas que flotaban en el plato sobre un caldo amarillento eran huevos de codorniz escalfados, pero al intentar comerlos no tenían la textura adecuada y vimos, al cortarlos, que eran lo que dije: ojos de carnero o de algún animal parecido en tamaño. Ninguno de mis acompañantes se los ha comido y el segundo plato también lo hemos visto con cierta repugnancia. Era la carne del carnero al que aplicaron el mismo tormento con que los reyes godos castigaron al padre de don Pelayo: sacarle los ojos. Espero que en este caso haya sido post mortem.

De allí nos vamos al aeropuerto, a tomar un vuelo hacia Yakarta, capital de Java y de toda Indonesia, a unos mil quinientos kilómetros, quizá unas tres horas de avión.

Me «cojo» una ventanilla porque sé que vamos a pasar sobre el estrecho de Sonda que separa las dos islas y no quiero desperdiciar la ocasión para ver aunque sea desde el aire y a gran altura, los restos del volcán Krakatoa, del que he leído un libro ruso que cuenta la explosión, pero también la recuperación de la isla llamada El hijo del Krakatoa, que surgió tras explotar su ‘padre’.

Mi operación me mantiene alerta en el último tramo del vuelo, pero un manto de espesas nubes hace fracasar mis expectativas. Todavía no voy a tirar la toalla, intentaré desde Yakarta ver si hay alguna excursión que me acerque a mi objetivo. La activación, erupción y posterior explosión del Krakatoa fue un acontecimiento mundial. Su anamnesis está bien documentada y completada por científicos de todo el mundo. Se considera la mayor explosión volcánica en tiempos históricos y es del mismo tipo que el de Santorini.

Más o menos fue así: Desde la década de 1870 comenzó a haber terremotos frecuentes en la zona del estrecho de Sonda. En septiembre de 1880 se desató una erupción importante en la isla de Krakatoa, donde había tres conos volcánicos: el Rakata, de unos ochocientos metros de altitud; el Danan, de unos quinientos metros; y el Perboewetan de unos doscientos. El asunto tuvo altibajos pero se mantuvo siempre una cierta actividad acompañadas de terremotos y alguna explosión.

El 20 de mayo de 1883 el Rakata erupcionó violentamente oyéndose sus explosiones a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia mientas que sus cenizas llegaban a más de quinientos kilómetros. Sin embargo, nada de esto alertó lo suficiente a la población de las costas próximas que no tomó ninguna medida importante para protegerse. El 23 de agosto es cuando la actividad de los tres volcanes alcanza unos niveles altísimos con una columna de piroclastos que alcanza los treinta kilómetros. Las explosiones eran ya audibles a más de cien kilómetros y Yakarta, que entonces se llamaba Batavia, estaba cubierta de cenizas.

Nos ha llegado el relato de los Diarios de a Bordo de varios barcos que navegaban por la zona (el estrecho de Sonda era muy frecuentado para llegar desde el Índico al sureste asiático), y durante esos días, del 23 al 28 de agosto, las explosiones, la lluvia de cenizas, la caída de piedra pómez, la oscuridad que reinaba y las tormentas eléctricas, impidieron la navegación en un radio de veinte kilómetros al menos.

Y llegamos al día 27 cuando el volcán, o volcanes que no se sabe bien como fue el asunto, comenzaron con unas enormes explosiones probablemente porque el agua del mar había podido penetrar en la cámara magmática y elevó enormemente la presión de los gases.

El penacho de humo llegó a los ochenta kilómetros de altura y las cenizas cubrieron unos setecientos mil kilómetros cuadrados, más que la extensión de la península Ibérica. Hubo hasta cinco explosiones cataclísmicas, la última y mayor en la madrugada del 28, que se oyeron a más de cuatro mil kilómetros de distancia. Después, violentos tsunamis azotaron la costa cobrándose unos treinta y ocho mil muertos, (tras la explosión del Tambora también en esa zona, el mayor número de víctimas humanas por un volcán histórico).

La isla de Krakatoa se convirtió en una caldera de seis kilómetros de diámetro y más de doscientos metros de profundidad, con toda seguridad el resultado del colapso de la cámara magmática. Sin embargo, todas las rocas de la isla que se volatilizaron en las explosiones no son más, según cálculos modernos, que el cinco por ciento de la materia que se inyectó en la atmósfera. La nube de polvo dio la vuelta al mundo. Llegó a Islandia el 30 de noviembre, y la radiación solar se vio reducida en un 10% durante meses. Fue una explosión que hoy llamaríamos ultra-pliniana aunque desde luego no es la mayor que ha registrado la Tierra, ya que quedan huellas geológicas que delatan algunas aún mayores.

A pesar de Vulcano, al que los romanos hacían residir en los volcanes, y su violento comportamiento, se formó un nuevo volcán unas décadas después que se llamó, como dije, el Hijo de Krakatoa (Anak Krakatoa) y se fue poblando de plantas, animales y demás signos de vida a lo largo de las décadas siguientes. En 2018, volvió a explotar causando un tsunami que mató a 439 personas. En 2020 ha vuelto a entrar en erupción. De tal palo tal astilla.

Por mi parte, he llegado al aeropuerto de Yakarta, moderno y bonito, y no podré hacer la deseada excursión desde aquí hasta el estrecho de Sonda. Está lejos, a unos ciento sesenta kilómetros y para llegar a la isla hay otras treinta millas de navegación.

El estrecho de Sonda tiene reminiscencias de aventuras, piratas malayos, explosiones volcánicas y mil cosas más. No volveré a sobrevolarlo y pienso que la lectura del libro ruso me ha hecho vivir más de cerca la explosión del volcán que mi vuelo entre Sumatra y Java. Probablemente leer es lo que nos permite vivir mil vidas diferentes y conocer mejor que de ninguna otra manera el mundo entero y su historia.

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