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Volcán de La Palma | La evolución del volcán

El incierto volumen de magma bajo el volcán de La Palma impide prever el final eruptivo

Aunque el tremor, la deformación y los gases emitidos desciendan, habrá que esperar un tiempo para confirmar que el volcán se ha apagado del todo

Vuelo sobre el volcán de La Palma de la Guardia Civil con personal de Involcan La Provincia

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Vuelo sobre el volcán de La Palma de la Guardia Civil con personal de Involcan Verónica Pavés

La cantidad de magma que alimenta al volcán es la pieza clave para saber cuándo acabará la erupción, y en La Palma es un misterio. El volcán de Cumbre Vieja se está alimentando de dos reservorios magmáticos interconectados a dos profundidades distintas. Uno de ellos se encuentra al lado del manto, y por debajo del edificio insular, por lo que es imposible calcular cuánto magma más tendrá la fuerza suficiente como para subir la superficie. Este es el principal obstáculo que impide a los científicos proporcionar una fecha sobre el final de la erupción, y la razón por la cual, aunque parezca que todo está acabando, permanecerán ojo avizor.

Los vulcanólogos creen que tan solo el 10% del magma acumulado saldrá a la superficie

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«Si la lava proviniera de una sola cámara magmática sería más fácil», explica el vulcanólogo del Instituto Geográfico Nacional (IGN), Stavros Meletlidis. Como reseña, en este caso se podría calcular la cantidad de magma que está acumulada y la que queda por salir. Así ocurre en otros volcanes del mundo, que lo ponen más fácil para tomar estas medidas porque se alimentan de un único reservorio. Es el caso del súper volcán Toba (Sumatra), que se alimenta de un solo reservorio que va almacenando magma durante miles de años.

En este caso, sin embargo, «no tenemos definido el reservorio y, por tanto, no sabemos de dónde procede». Los científicos saben, por cómo se distribuyen los seísmos, que existen dos lugares –ubicados a profundidades diferentes– desde los que el volcán puede estar alimentándose. Uno de ellos se encuentra a unos 15 kilómetros de profundidad, justo donde comenzó la crisis sísmica preeruptiva. El otro se encuentra a entre 20 y 30 kilómetros de profundidad, muy cerca del manto, con lo que puede haber estado acumulando magma desde hace miles de años y se desconoce cuánto es el total. De hecho, antes de que el volcán emergiera se calculó que habían unos 20 millones de metros cúbicos de magma en el interior de uno de los reservorios magmáticos –el más cercano a la superficie– y lo cierto es que la realidad superó todos los posibles escenarios. Después de 51 días de rugidos y explosiones, el volcán ha emitido 120 millones de metros cúbicos de magma. «La erupción en La Palma es monogenética, con lo cual sabemos que el mismo magma no puede dar lugar a una nueva erupción», explica el vulcanólogo. Cuando se desconoce «el volumen de magma» que está burbujeando en las entrañas de la isla, es difícil saber «si puede haber una reanimación del cono».

El incierto volumen de magma bajo el volcán impide prever el final eruptivo

El incierto volumen de magma bajo el volcán impide prever el final eruptivo Verónica Pavés

Pese a esta gran incógnita, los científicos siguen tratando de evaluar el estado vital del volcán con la ayuda de tres indicadores: la sismicidad y el tremor, la deformación del terreno y la emisión de gases. En los últimos días ha habido una rebaja considerable de la sismicidad y el tremor volcánico. Los datos muestran que la sismicidad diaria es la más baja desde los días posteriores a la erupción –apenas alcanza el medio centenar de terremotos diarios–, mientras que el tremor, después de 51 días de erupción, oscila entre las 30 y 20 unidades arbitrarias (u.a), lo que supone la cifra más baja desde el 28 de septiembre, el día en el que durante unas horas, el volcán estuvo totalmente en silencio. Los datos del tremor, que no deja de ser el ruido que hace la lava al subir por el dique hasta el centro emisor, sigue una tendencia descendente desde principios de noviembre pero cada día oscila con ciertos picos de actividad relacionados con fases explosivas.

La emisión de SO2 debe situarse bajo las 1.000 toneladas para considerar un cese de la actividad

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«Cuando cese la erupción se reflejará en el tremor», indica Meletlidis. Sin embargo, no hay que confiarse ante una bajada de este indicador porque «el cese del tremor no significa que la erupción haya parado». Y es que son varias las razones que pueden provocar que este indicador decaiga, pues la señal depende, «de la velocidad de ascenso» del magma. De hecho, puede bastar con un cambio en la geometría de la cañería por la que asciende hasta la superficie, de la cantidad de cristales que contiene el material o de un descenso en la succión de alimento, como para modificar esta señal.

El tremor está causado por los golpes que produce el magma cuando choca contra las paredes de la cámara magmática o en el conducto de salida o debido a las explosiones de las bolsas de gas. Si el conducto de salida se ensancha, el magma no tiene que realizar tanta presión para auparse hacia la superficie, con lo que lo hace más callado. No obstante, y pese que este silencio quede reflejado en los datos de vigilancia, nunca se podrá decir a raíz de este solo este indicador «si al volcán le queda un día o 20 de erupción».

Hay volcanes que acaban de forma abrupta y otros que decaen emitiendo pulsos de actividad

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La deformación es otro aspecto que puede ayudar a predecir cuándo no hay más magma que sacar. En La Palma, las estaciones de GPS del IGN muestran que las más lejanas se están desinflando –lo que se denomina deflación– mientras que en la estación que se encuentra más cercana al cono volcánico, la LP03 en Jedey, hay una ligera deformación que aumenta dependiendo del aporte magmático que recibe el volcán. Lo hace como si se tratara de una manguera que, al aumentar la presión en su interior, se abomba. Sin embargo, la deformación por sí sola tampoco define un escenario concreto ni permiten prever el final eruptivo.

El incierto volumen de magma bajo el volcán impide prever el final eruptivo

El incierto volumen de magma bajo el volcán impide prever el final eruptivo Verónica Pavés

«Las islas crecen de abajo a arriba, en este contexto, sufren muchas intrusiones magmáticas que no llegan a emerger, formando un colchón bajo la isla», explica el vulcanólogo. Esta es la razón por la que en cada una de las islas siempre exista una ligera deformación. «Creemos que la deflación que augure el final de la erupción puede ser de una manera, pero no estamos seguros», admite el investigador. De nuevo, este indicador se topa con la incógnita que suscita la cantidad de magma que está alimentando al volcán y cuyo volumen se desconoce.

Después de 51 días, el volcán ha emitido 120 millones de metros cúbicos de magma

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La emisión de gases (fundamentalmente de dióxido de carbono y dióxido de azufre) ha sido considerada en varias ocasiones como el «chivato» del final de la erupción. Hasta ahora las tasas se han mantenido altas, aunque en los últimos días ha habido una tendencia descendente. En los últimos días los niveles de dióxido de azufre (SO2) han estado por encima de las 26.000 toneladas, a excepción del domingo. La última medición arroja una tasa de SO2 de entre 16.600 y 23.100 toneladas diarias, lo que sigue siendo alto, aunque esté por debajo de lo emitido en otras ocasiones. De hecho, los científicos creen que para considerar que este indicador muestra una fase no eruptiva, los valores deben estar por debajo de las 1.000 toneladas, es decir, tendría que descender un 94% menos que la media actual.

La sismicidad está en los niveles más bajos desde la semana en la que arrancó el proceso

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Aún cuando cese la emisión más visible de gases tóxicos, es posible que haya lugares donde siga estando presente, especialmente en los acuíferos y en algunos puntos de la superficie. Es lo que ha ocurrido en la costa de Fuencaliente desde el final de la erupción del Teneguía. Allí, los científicos llevan años estudiando una salida continua de dióxido de carbono que ha hecho que el agua del mar más cercana a la playa sea más ácida. «No todo el magma saldrá a la superficie –de hecho los vulcanólogos opinan que solo lo hará el 10% del total– , y se quedará un cuerpo remanente que dejará huella en las aguas y la superficie», indica el científico del IGN. Por esta razón, «siempre tendremos la incertidumbre», advierte Meletlidis. Y es que, de nuevo, sin saber el volumen del reservorio magmático, es imposible saber si la desgasificación que sufre el volcán es ya la última que conllevará una emisión de lava o no.

Las islas cuentan con un «colchón» magmático bajo el edificio insular que las deforma

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Los volcanes en Canarias han acabado de formas muy distintas. Algunos lo hacen abruptamente, «con una última explosión» y nunca más se vuelve a saber de ellos, como explica el sismólogo del IGN, Itahiza Domínguez. Otros, se lo piensan un poco más. Ocurrió con el volcán Tagoro, en El Hierro, que permaneció varias semanas «emitiendo pulsos» con una actividad intermitente. En los registros de vulcanismo histórico de La Palma se puede ver que en ella ha sido de «varias maneras», con lo que tampoco se puede acudir al pasado en busca de pistas para saber cómo será el último coletazo del volcán. Lo que los científicos tienen claro es que el final de la erupción no se dictara en el momento en el que todo parezca haber acabado. Como concluye Meletlidis, el final de la erupción «se decretará a posteriori, cuando estemos seguros de que la actividad ha cesado».

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