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Crisis volcánica | Los afectados

El volcán de La Palma empeora las precarias condiciones de los trabajadores agrícolas del Valle de Aridane

«Ahora, por muchas gafas y mascarillas que te pongas, no se aguantan jornadas de 10 u 11 horas respirando y tragando cenizas todo el tiempo», explica un trabajador

Mar de bruma en el cono del volcán provocada por la lluvia

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Mar de bruma en el cono del volcán provocada por la lluvia Nora Navarro

La célebre Polka frutera de Los Sabandeños ya alertaba en la década de los 80 sobre el eterno conflicto silenciado en el sector primario en Canarias: el enriquecimiento del intermediario en el negocio frutero a costa de los trabajadores del campo. «¿Quién es ese elegantísimo, orondo y gran caballero? Eso es de un intermediario, en el negocio frutero», empieza la canción.

Un trabajador en las plataneras de Tazacorte. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

Este panorama desigual se recrudece, como sucede siempre en los contextos de crisis, en el terreno de la devastación perpetrada por el volcán de Cumbre Vieja, donde las pérdidas de la producción del plátano en el Valle de Aridane ascienden ya al 80%, lo que se traduce en más de 100 millones de euros entre explotaciones sepultadas y cultivos dañados por la incidencia de las cenizas.

Sin embargo, detrás de estas cifras bregan miles de trabajadores que rescatan las piñas del infierno para sacar adelante el sector en condiciones cada vez más extremas e insalubres, respirando azufre bajo tormentas de cenizas, jornadas interminables y, en el peor de los casos, abortadas sin remuneración alguna debido al cierre de las carreteras por las malas condiciones del aire.

Los transportistas cargan un camión con piñas de plátanos. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

«Trabajamos de manera indigna. Siempre ha sido muy duro, pero ahora, con la situación del volcán, es inhumano». Así lo manifiesta Joel García, de 33 años, que trabaja para la empresa Agrícola El Remo, dedicada a la comercialización de frutas y explotación de fincas, donde trabaja como cortador, cargador y transportista de plátanos desde las fincas hasta los almacenes.

Su jornada de trabajo habitual se extiende entre una noche y la siguiente, desde las 7.30 a las 18.30, pero, en los dos últimos meses, se prolongan varias horas más debido a los desplazamientos por carretera, que cuadruplican el tiempo de trayecto a las fincas situadas en los barrios aislados por la lava, como Puerto Naos, La Bombilla o El Remo. Pero lo peor sucede en terreno vedado.

«Ahora, por muchas gafas y mascarillas que te pongas, no se aguantan jornadas de 10 u 11 horas respirando y tragando cenizas todo el tiempo», explica Joel. «Cada día volvemos a casa negros de arriba abajo, porque es como meterse en un tornado de polvo que se levanta en todas partes».

En las últimas semanas, Joel se ha sumado a esa extensa nómina de trabajadores del Valle que debe dar la vuelta completa a la isla por el municipio de Fuencaliente para poder trabajar al otro lado de la lava. Pero muchas veces, en el transcurso de las dos horas de trayecto hasta El Remo (antes de que la colada seccionase la carretera de la costa, se tardaba 20 minutos desde el Puerto de Tazacorte), los accesos se cierran al paso antes de su llegada debido al aumento de las emisiones del volcán.

«Cuando no nos dejan entrar, ese día no lo cobramos», explica Joel. «Ese tiempo, junto con el coste de la gasolina, es dinero que perdemos nosotros». El pasado mes, Joel acumuló un total de 243 horas de trabajo en las plataneras, de las que 80 horas fueron solo trayectos. «Al final, cobré por 163 horas de trabajo», denuncia. «Y trabajando hasta los sábados». «Lo peor de esto es que sales de noche y vuelves de noche a casa, pero al final no llegas ni a 1.000 euros a final de mes. Y hay que mantener a la familia».

El lavado de la fruta que se llena de ceniza. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

Peligrosidad

La merma de las producciones y de la calidad de los cultivos como consecuencia del volcán también ha comportado reducciones salariales para estos trabajadores que, por otra parte, trabajan en condiciones cada vez más inseguras.

Entre ellos, comparten algunas claves para reducir los riesgos, como no llevar gafas, salvo las protecciones oculares, «porque si te resbalas, que es algo que pasa todo el tiempo, te las puedes clavar», o no subirse nunca a un invernadero sin vigilancia. «El otro día, uno de nuestros compañeros se cayó y se dobló el tobillo, pero sabe que no puede permitirse no venir a trabajar», explica el trabajador. «Supongo que no hace falta decir que ninguno de nosotros ha tenido nunca un seguro, cuando lo lógico sería que ahora cobráramos un doble de peligrosidad».

En los últimos dos meses desde la erupción en la ladera de Cabeza de Vaca, muchos invernaderos se encuentran en un estado avanzado de abandono y deterioro, «con las mallas rajadas y los alambres rumbrientos», señala el agricultor, «ya todos nos hemos caído varias veces al subirnos».

Asimismo, la llegada de la Armada Española a la isla de La Palma, la pasada semana, para el desplazamiento de los agricultores a la zona de exclusión vía marítima en sus lanchas de desembarco, ha supuesto un alivio para estos en cuanto al ahorro de los costes y frustraciones del transporte.

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Traslado de agricultores de La Palma en una embarcación de la Armada Española durante la erupción del volcán Andrés Gutiérrez

Junto con sus compañeros, que conforman una plantilla de entre 15 y 20 trabajadores, Joel se ha embarcado con la Armada desde el primer trayecto desde el Puerto de Tazacorte hasta la playa de Puerto Naos, desde la que se mueve a pie hasta El Remo, lo cual ha comportado «un avance importante» a escala organizativa. Pero el apoyo en los trayectos no subsana las duras condiciones de trabajo en las plataneras de La Palma.

Por otra parte, Juan Martín Ramos, de 69 años, es propietario de una finca de plátanos en La Bombilla, heredada de sus padres, que sustenta a toda la familia y que también legará a sus dos hijos, «si me sobrevive a esta desgracia, claro». «Me he pasado todo el año esperando a que lleguen las navidades, por las lluvias, porque el agua está muy cara», explica. «Es que la lluvia ahorra mucho dinero, porque el agua aquí está en manos privadas. Pero ahora lo que espero es que el volcán se pare y que se me salve algo para poder vender, más que sea, para cubrir los costes de producción».

Abandono

Sin embargo, el paso del tiempo y de cenizas sobre los cultivos sigue trenzando una cuerda que asfixia poco a poco a los cosechadores, que regresan con las manos vacías a sus casas desde Cumbre Vieja. Al igual que tantos, Juan Martín ha batallado contra viento y tremores para poder acceder a La Bombilla, donde «el trabajo que antes hacía en unas horas, ahora me lleva varios intentos a la semana y siempre ando contando monedas por si nos quedamos en la ruina».

A estas alturas de la pesadumbre, solo pide «que al menos vuelva a llover para que se limpien las plantas y que las piñas sigan pariendo». «En las primeras semanas de la erupción, me devolvían la fruta porque decían que se veía fea y nadie la iba a querer comprar», explica. «Ahora, esa fruta está peor que ayer, mucha más arañada y mellada».

Una piña de plátanos, llena de cenizas. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

«Y eso que, antes del volcán, se botaban entre 10 y 15 kilos al día si tenían un rasguñito chico. Toda esa fruta botada estaba buenísima, y no se veía tan fea como esta. Esto son cosas que dan que pensar, ahora que se le pide a toda España que compre los plátanos arañados de La Palma. Pero no queda otra, ojalá compren kilos y kilos».

Cuenta que, si al final de la erupción, la venta no remonta, solo le queda encomendarse a unas ayudas, «que no me fío yo de que lleguen, y eso que la finca tampoco nos hace ricos». «Lo caros que se venden los plátanos, que tenemos que competir con la banana, y la porquería que recibimos a cambio de producirlos», lamenta.

En cambio, Joel, que espera «meter más dinero en casa» gracias a las facilidades de acceso en las lanchas de la Armada, recuerda que «nosotros, de ninguna de las maneras, recibiremos un solo céntimo de las ayudas a la agricultura que anunció el Gobierno».

«Nosotros somos los invisibles que nos dejamos la piel», sigue. «Ahora mismo, el sector está saliendo adelante gracias a nosotros». «Pero, encima que arrimamos el hombro y nos esforzamos en estas circunstancias, nos tratan peor, nos reducen el sueldo, se pone en juego nuestra salud cada día, sin que nadie haga nada. Claro, saben que no hay más trabajo en la isla», concluye. «Y que nosotros tenemos que comer».

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