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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Volcán de La Palma

Lucha por sobrevivir en la zona de exclusión del volcán de La Palma

Los cuervos cambian su comportamiento y buscan recursos con los que alimentarse en los lugares más inhóspitos, como bajo las cortezas de los árboles caídos tras la erupción

Uno de los cuervos que lucha por sobrevivir en la zona de exclusión del volcán de La Palma.

Un cuervo negro tantea sin prisa uno de los troncos de los tantos árboles que han caído en la zona de exclusión los últimos meses. El paisaje es desolador. La muerte de la biodiversidad se percibe en cada esquina del pinar del sur de La Palma y sin embargo, ese cuervo, irónicamente pone un acento de esperanza. Minutos antes el pájaro había divisado a un grupo de humanos, de la especie científicos, que son los únicos que en estos días, han podido divisar esta ave y su pareja. En un intento por volver a su rutina anterior, donde podían engañar a los humanos para conseguir algo de alimento, el tiznado animal se aventura hacia el grupo de humanos. Sin embargo, y para su desgracia, nada cae al suelo. Algo malhumorado, y con su estómago aún vacío y rugiendo, el cuervo se sube en uno de los troncos que ha caído en la espesura de cenizas del volcán de La Palma y empieza a mover la cabeza, desesperado por encontrar algo que llevarse a la boca. Levanta partes de corteza que los piroclastos han vuelto totalmente negros hasta que encuentra el ansiado alimento. Son solo unos pocos insectos, pero a él le saben a gloria, y además, ha mostrado a esos humanos que ya no les necesita para sobrevivir.

Este mecanismo de supervivencia que están mostrando los cuervos de La Palma ha sorprendido a los científicos, dado que jamás habían visto a un ejemplar de cuervo hacer semejante esfuerzo para conseguir comida. «Se nota que están viviendo al límite», reseña Manuel Nogales, biólogo y director del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IPNA-CSIC). El color gris de la destrucción tiñe toda la zona oeste de La Palma.

El pinar de Cumbre Vieja, otrora repleto de vida, se ha convertido en un lugar inhóspito, donde la lucha por la supervivencia es cada día más feroz. Y el cuervo no es la única especie que está viviendo un auténtico calvario en la zona de exclusión. Los pocos animales que han optado por aferrarse a los últimos vestigios de lo que un día fue su hogar están enfrentándose diariamente a caídas de cenizas, una exposición alta a gases contaminantes y mortales –como el dióxido de azufre o el monóxido de carbono– y, lo peor de todo, la escasez de alimento.

Cuervos en La Palma

Esta situación extrema ha cambiado totalmente la conducta de los animales y, en el caso concreto de los cuervos, por primera vez en décadas, se han visto obligados a mostrar sus auténticas armas de supervivencia. Con una gran inteligencia –y mucha cara dura– los cuervos han sobrevivido durante años ligados a la actividad de los humanos, primero gracias a sus desperdicios ganaderos y más tarde a las frutas de hasta 13 árboles distintos de las islas así como de la comida que suelen pedir insistentemente –e incluso con cierto aura inquisitiva– a los senderistas. Su dieta también se basa en artrópodos y pequeños bichos, pero nunca se les había visto teniendo que buscarlos en circunstancias tan precarias. «Son seres muy inteligentes; son capaces de sacarle rendimiento a todo», reseña Nogales. De hecho, esa inteligencia innata es la que les ha permitido sobrevivir incluso cuando el mundo se puso en su contra.

Perseguidos y cazados

Su ingenio les ha permitido explotar recursos de la actividad humana durante siglos, lo que en algunas partes del mundo ha suscitado admiración hacia la especie, pero en otras, un verdadero odio y rechazo. No en vano, el animal está considerado como un ave de mal agüero debido a su plumaje negro, su grito ronco y su necrofagia. «Ya en el siglo XV, tras la conquista de las Islas, se producen cambios en la distribución de esta especie por las modificaciones en la ganadería y la agricultura», explica Nogales. Los cuervos siempre han estado muy pendientes de aprovechar todo lo que les pudiera ayudar a sobrevivir, de hecho, su dieta es omnívora en Canarias como consecuencia de la evolución. Entre las fechorías de estos animales se encontraba comer cadáveres cabras u ovejas, robar huevos de gallinas o destrozar las mazorcas de millo y comerse el trigo recién sembrado. Además, al hacerlo, generaban un problema de salubridad en la población, dado que también transmitían enfermedades, como la peste. Su proliferación entonces, se convirtió en un gran problema.

Cuervo en la zona de exclusión del volcán de La Palma.

«Hay muchos cuervos, que hacen mucho daño en las sementeras tanto cuando siembran como cuando comienzan a granar, y también en los animales menudos cuando nace, porque les sacan los ojos y los matan y comer», explicaba un escrito de 1590 del historiador Gaspar Fructoso. Los Gobiernos se pusieron manos a la obra y en 1501 el Cabildo de Tenerife mandó a todo el pueblo a matar –explícitamente– cuervos. La historia se repitió en 1773 en Fuerteventura, que pedía que cada vecino llevase «cuatro cabezas de cuervo en cada mano en todo el mes de agosto».

Estas políticas hicieron mucho daño a la especie, causando que, en las siguientes décadas, sus poblaciones disminuyeran progresivamente en el Archipiélago. Una reducción ecológica que se aceleró debido a los cambios en las costumbres de los humanos. La estabulación del ganado y la mejora de las condiciones sanitarias en los mataderos generó una disminución de la carroña, mientras que los monocultivos de plátano y tomate provocaron la destrucción de un gran número de hábitats abiertos –los favoritos de los cuervos–. Las aves no tenían dónde vivir y en algunas islas, como La Palma, las parejas quedaron reducidas hasta las 50 censadas en la actualidad.

Hoy en día, la Isla Bonita se había convertido en un paraje en el que estos animales se sienten bastante cómodos, pero la erupción ha interrumpido cualquier posibilidad de recuperación. «En el pinar se está viviendo una época de auténtica escasez», relata el biólogo del IPNA-CSIC, que está vigilando día a día el comportamiento animal y vegetal en las zonas colindantes al volcán. Pese a las penurias por las que está atravesando la vida de la fauna y la flora del sur de la cumbre palmera, el investigador es optimista, y confía en que, cuando el volcán deje de escupir lava y piroclastos, toda el ecosistema regrese a su estado normal, garantizando que estos cuervos, puedan volver a lo que un día conocieron como una vida normal.

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