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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Incendios en Galicia

Los vecinos de A Veiga de Cascallá, en Ourense: "Nos ardió la vida entera en 20 minutos"

La aldea de Rubiá fue desalojada y sus habitantes se encontraron una docena de casas destruidas y otras tantas afectadas tras presenciar cómo las llamas arrasaban al pueblo

Galicia no despierta de la pesadilla de los incendios. Brais Lorenzo

En A Veiga de Cascallá (Rubiá) gobernaba el silencio a las 8.00 horas. Solamente las palabras de la Guardia Civil y de los Bomberos de Carballiño o el GES de Mugardos interrumpían los estallidos de la madera de las casas por culpa de las llamas. Tras Alixo (O Barco) fue otro de los pueblos que llamas se comieron, literalmente.

El cartel que da nombre a la aldea está doblado del fuerte calor de la noche pasada y la carretera que divide el pueblo marca las viviendas afectadas. En la parte de arriba, ninguna casa habitada fue dañada, solo dos casas abandonadas fueron reducidas a cenizas y el carbón dibuja un halo alrededor de la iglesia del pueblo como si hubiera algo que la protegiera.

Ceferino tiene 88 años y pasea por la carretera sin rumbo. Se para a decir que “fue una desgracia” y explica señalando con el dedo índice que “el fuego estaba en lo alto de la sierra y con el viento bajó muy rápido. Después nos mandaron marcharnos y marchamos”. Y añade, llevándose la mano a la cabeza, que “pasó de los tejados a los tejados de las casas de la parte de abajo del pueblo”.

Una vecina de la localidad de A Veiga de Cascallá pasa entre las casas destruidas. BRAIS LORENZO

Al menos, una docena de casas estaban afectadas. Algunas deshabitadas, otras segundas residencias, otras rehabilitadas y otras habitadas. Una de estas últimas era la de una familia que de madrugada veía cómo las llamas quemaban sus recuerdos, tiraban sus paredes y derretían los muebles dejando solo cenizas. Pepe mira a su casa sin hablar. Pablo lo hace todavía en shock y se le escapa un “ni calzoncillos quedaron”. Su madre todavía tiene fuerzas para sacar menaje de casa que aguantó el envite de las llamas y alguna comida que estaba en una parte de la vivienda que resistió.

Pocos medios antiincendios

Ellos se apoyaban en un muro de otra casa con resignación mirando cómo los profesionales del servicio de extinción refrescaban la casa a primera hora de la mañana. Su madre no tenía más sentimientos que la sinceridad. “Nos ardió la vida en 20 minutos”, dijo con el corazón roto y sollozos que hacían brillar su ojos. En las calles del núcleo había tejados en las calles, paredes totalmente reducidas a piedras y solo alguna estructura se mantenía en pie. Otro de los vecinos se lamentaba de lo sucedido y criticaba el estado del monte, así como la falta de medios de extinción cuando las llamas cercaban las casas: “El fuego se apaga en invierno; no puede ser que lleguemos a esta altura del verano y el monte estuviera con maleza. Así fue, en cuestión de minutos bajó desde lo alto del monte hasta las casas”. Y arguyó que “no puede ser que el fuego empiece en Riodolas, llegue a O Barco, cruce el Sil y llegue hasta aquí. No puede ser, los servicios de emergencias tienen que actuar”.

Con la pena por delante y la impotencia por detrás, muchos alegan que “nos queda la duda de si hubiéramos podido salvar nuestras casas”. A lo que una mujer dice resignada “estamos todos y eso es lo verdaderamente importante. Porque no sabemos que hubiera pasado si nos quedamos a intentar apagar el fuego”.

Pasaba el tiempo sin que los vecinos se marcharon de la que era, hasta ayer, su vida. Muchos de ellos no eran capaces de preguntarse “¿y ahora qué?”, por la desolación que los invadía. Solo le salían palabras y comentarios esporádicos. Se quedaron con las ruinas de casas que pasaron de generación en generación. Una pérdida de un patrimonio inmaterial que no tiene compensación ninguna. Un destrozo que arranca el alma, como hicieron las llamas con todo lo que encontraron a su paso.

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