Día Internacional de las Matemáticas

Tres grandes matemáticos en la Revolución francesa

El mundo construido es deudor de figuras como Marie Jean de Caritat, Gaspar Monge y Pierre Simon Laplace, entre otras, por iluminar el camino de una sociedad en libertad, igualdad y solidaridad

Laplace; Marie Jean de Caritat y Monge.

Laplace; Marie Jean de Caritat y Monge. / La Provincia

«Hoy tenemos unas ciencias diversificadas, pero a finales del XVIII eran la Astronomía, la Física y sobre todo la Matemática las que se imponían claramente… Y como digo, la Matemática sobresalía como lenguaje para entender el Mundo y como instrumento para modificarlo», (K. Popper)

Entre 1789 y 1814 Francia vivió una potentísima eclosión intelectual propiciada por la Ilustración, la Revolución y el mandato de Napoleón y en aquella etapa la Matemática se imponía entre todas las ciencias con su doble capacidad para entender la naturaleza y modificar el mundo

A ningún historiador le queda duda de que la Ilustración fue el caldo de cultivo de la Revolución Francesa y casi una causa directa de ella. Así, el final del siglo XVIII y los primeros años del XIX fueron para Francia el momento de una eclosión intelectual potentísima propiciada por la Ilustración, pero también por la Revolución y el mandato de Napoleón (diga lo que diga Ridley Scott). Y en aquel entonces, como nos recuerda Karl Popper, la Matemática se imponía entre todas las ciencias con un doble efecto: entender la naturaleza, ya que era el lenguaje en que esta se encontraba escrita; y modificar el mundo, dado que a través de modelos matemáticos se podían hacer predicciones, diseñar experimentos y desarrollar tecnologías que tenían un impacto práctico en la realidad.

Entre los hombres que brillaron en aquellos momentos encontramos a varios matemáticos de primer orden, tantos que es difícil buscar otro periodo de la Historia que pueda competir con este en talento matemático: Monge, Laplace, Legrendre, Lagrange, Fourier, Carnot, Condorcet, …

Cada uno destacó en uno o más campos de la Ciencia y conjuntamente diseñaron el Sistema Métrico Decimal que mejoró las medidas en ciencias, crearon las Escuelas Politécnica y Normal, un modelo de educación superior que aún perdura, e impusieron la Razón como sistema de pensamiento adecuado para una sociedad moderna.

De entre ellos, si no el matemático más brillante sí el hombre de personalidad más atractiva, fue Marie Jean de Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794), seguidor de Rousseau en la idea en la que creen todos los demócratas de que el Estado se puede reformar sin violencia, y que fue un importante político en la primera fase de la Revolución adscrito al grupo de los girondinos (hoy diríamos centristas), trabajando por la generalización de la educación pública, por la defensa de los derechos de las mujeres —incluido el derecho al voto femenino— y de las minorías, de los judíos y de los protestantes (en una Francia mayormente católica), del laicismo en la enseñanza y en la vida pública, de la abolición de la pena de muerte, de la promoción de la instrucción para todos y de la supresión de la esclavitud en las colonias y en todas partes. Copio ahora de G.J. Whitrow: «Condorcet estaba convencido de su buena suerte al vivir la época de una de las más grandes revoluciones de la historia y ser capaz de reconocer su verdadera significación. Como ironía, se convirtió en sospechoso en junio de 1793, tras ser expulsado de la Convención de los girondinos, de quienes era simpatizante. Consiguió esconderse en una casa en París donde compuso sus Apuntes, pero el 25 de marzo de 1794 dejó la casa y dos días más tarde fue arrestado. A la mañana siguiente fue encontrado muerto en su celda».

D’Alembert que lo había tenido por su discípulo predilecto, lo impulsó hacia la Academia de Ciencias y le encargó más de 20 trabajos sobre asuntos matemáticos para la L’Encyclopédie. En su obra matemática publicó libros sobre teoría de probabilidades y cálculo integral, participó en el Comité de Pesas y Medidas y se le recuerda por sus trabajos en Matemáticas aplicadas a las Ciencias Sociales (por ejemplo, el método Condorcet de votación).

Otro hombre, también valioso en la creación matemática y en la construcción de un mundo nuevo, fue Gaspar Monge (1746-1818), jacobino, nombrado por Napoleón conde de Peluse; presidente del Instituto de Egipto. Cuando en la primera reunión del Instituto de El Cairo, el 23 de agosto de 1798, se convocó el nombramiento del presidente, Napoleón rechazó estas funciones: «Debemos colocar a Monge y no a mí al frente de Instituto, parecerá en Europa mucho más razonable», dijo. Participó en la creación de la Escuela Politécnica, entonces con el nombre de Escuela central de trabajos públicos y consigue imponer sus criterios sobre educación científica: la nueva escuela sería enciclopédica y en ella impartirían docencia los mejores científicos e ingenieros de la época. Formó parte de las Comisiones del Calendario y del Comité de Pesas y Medidas. Ministro de la Marina, firmó la ejecución de Luis XVI lo que le costaría el exilio cuando se repuso a los Borbones. Como matemático fue el fundador de la geometría descriptiva, y creador, junto con Euler, de la geometría diferencial. La obra más importante de Monge, Géométrie descriptive, no se publicó hasta 1794 porque sus superiores consideraron que era necesario mantenerla reservada confidencialmente en interés de la defensa nacional.

Pierre Simon Laplace (1749-1827), nombrado por Napoleón conde y por el rey Luis XVII marqués de Laplace, es un imprescindible en esta apresurada relación. Comenzó como astrónomo mejorando los cálculos de Newton sobre las interferencias gravitacionales que se observaban entre los planetas. Newton creía que era necesario que Dios interviniera de tanto en tanto para arreglar estos desajustes. Laplace demostró que no era preciso y cuando Napoleón le preguntó por qué había prescindido de Dios contestó: «Sire, no me hace falta esa hipótesis». Autor de la fundamentación de la teoría de las probabilidades fue un convencido determinista: «Deberíamos […] considerar el presente estado del Universo como el efecto de su estado anterior, y la causa del que le seguirá. Supongamos […] una inteligencia que pudiera conocer todas las fuerzas que animan la naturaleza, y los estados, en un instante, de todos los objetos que la componen; […] para [esa inteligencia] nada podría ser incierto; y el futuro, como el pasado, sería presente a sus ojos» (en Essai Philosophique sur les Probabilites, 1819). Como político ocupó en el Imperio el cargo de ministro del Interior, pero fue rápidamente cesado por lo mal que lo hizo. Se acomodó al nuevo régimen de los repuestos borbones y siguió con sus actividades científicas.

El mundo que hemos construido es deudor de muchos hombres y mujeres que han iluminado el camino para modelar una sociedad de libertad, igualdad y solidaridad, de democracia y de razón. Entre ellos se encuentran estos tres matemáticos y, como reconozco, hay otros que podrían figurar en esta pequeña relación. La Matemática nos aporta y nos forma en bastante más que en números y en figuras, aunque esta formación es imprescindible para entender la realidad en la que estamos sumergidos. Y si a esto le sumamos un clima de libertad, que siempre ha favorecido la creación científica (y no solo esa), podemos vivir una época de desarrollo y bienestar. En Francia ese tiempo iba a durar poco y se vio enturbiado por un régimen de terror y por el imperialismo del bonapartismo. Ahora tenemos otra oportunidad para volver a intentarlo: las Matemáticas nos volverán a ayudar. Merece no olvidarlas, menos aún en el Día Internacional de las Matemáticas, hoy jueves 14 de marzo.

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