Arqueología | Crónica de un descubrimiento histórico en La Palma

El tesoro de Tigalate: crónica del mayor hallazgo aborigen descubierto en Canarias en los últimos tiempos

Yeray Rodríguez descubrió en agosto de 2023 el yacimiento en el que aparecieron 225 conchas marinas y un hueso benahoarita

Hallados más de doscientos colgantes de conchas con casi un milenio de antigüedad en Villa de Mazo

No era la primera vez que gateaba por el tubo volcánico del Salto de Tigalate, una cavidad muy próxima a la casa de Mazo donde creció Yeray Rodríguez, un aficionado a la espeleología que hace un año descubrió el yacimiento arqueológico que escondía el último tesoro benahoarita descubierto.

Los grandes descubrimientos suelen estar tocados por un ingrediente azaroso que los humaniza, algo que se escapa de la lógica o incluso de cualquier regla científica. La primera vez que Colón puso un pie en la isla de Guanahabi, el 12 de octubre de 1492, nadie fue capaz de medir la dimensión real aquella proeza, nadie vio venir lo que se les venía encima. El navegante genovés rastreaba una nueva ruta a la India –para contrarrestar lo que habían conseguido los portugueses– cuando quedó expuesto al Nuevo Mundo. Eso ocurrió en el tramo final del siglo XV, dos o tres más tarde de la fecha de datación que los expertos atribuyen al tesoro de Tigalate, una colección de restos de la cultura benahoarita que Yeray Rodríguez encontró entre las diez y las once de la mañana del 13 de agosto de 2023 en el interior de un tubo volcánico en una zona conocida como Salto de Tigalate, un enclave que se localiza muy cerca de su residencia familiar en Villa de Mazo (La Palma).

Yeray Rodríguez Rodríguez nació hace 36 años en Santa Cruz de Tenerife, pero no tenía más de uno cuando su familia decidió trasladar su residencia a la Isla Bonita. Hijo de Araceli y Ramón es mitad palmero, mitad tinerfeño. «Mi madre es de allí y mi padre de aquí», aclara un técnico de laboratorio de la Universidad Europea que en la actualidad reside en el núcleo santacrucero de Almáciga. Su hermano pequeño, Yael, trabaja en los grupos de extinción de incendios que operan en suelo palmero.

Criado en el barrio de Monte de Luna de la Villa de Mazo, un punto próximo a la cavidad en la que encontró hace casi un año el material arqueológico, estudió Primaria en el CEIP Montes de Luna y, más tarde, completó su formación obligatoria en el CEIP Princesa Arecida de Mazo. Ni está casado, ni tiene hijos y su conexión con la naturaleza se remonta a los años en los que de niño se pateaba los caminos y senderos que encontraba en los alrededores de su hogar... Yeray era más de jugar a indios y vaqueros que de darle unas cuantas patadas a un balón, más de Indiana Jones que de Diego Armando Maradona. Así fue cómo se despertó su curiosidad por fotografiar la naturaleza, la montaña o el barranquismo: aire libre y deporte.

Un experto introduce su brazo derecho por una cavidad del tubo volcánico del Salto de Tigalate, en el municipio palmero de Villa de Mazo, para recuperar una de las conchas.

Un experto introduce su brazo derecho por una cavidad del tubo volcánico del Salto de Tigalate, en el municipio palmero de Villa de Mazo, para recuperar una de las conchas. / Arturo Rodríguez

«Soy como los gatos, si entra la cabeza el resto del cuerpo pasa». La frase, acuñada por Yeray, no es insustancial. En ella se resume, además de su delgadez [pesa 60 kilos y mide 171 centímetros], el generoso magnetismo que la aventura ejerce sobre él. Esta atracción hizo que se formara como guía de senderos y, a su vez, quisiera continuar ampliando sus conocimientos para llegar a hacerse con la titulación de técnico medioambiental. También acumula cursos de formación en espeleología, tanto en vertical como horizontal, que fue lo que le guió hasta el tesoro de Tigalate.

De carácter tímido y reservado, la lectura de temas asociados con la Historia de Canarias es una de sus aficiones preferidas. De hecho, fue un artículo que contenía unas declaraciones de Jorge Pais, inspector de Patrimonio Histórico del Cabildo de La Palma, sobre unas estructuras funerarias relacionadas con la civilización Benahoarita que se encuentran en el entorno del Salto de Tigalate el que terminó activando su primera visita al tubo volcánico. «En casa mis abuelos hablaban de lo que había en esas cuevas y las leyendas transmitidas de generación en generación fueron calando».

El día que descubrió los restos aborígenes en la cavidad Yeray iba acompañado por su amigo Eduardo

Yeray entró en la cueva al menos dos veces antes de encontrar unos restos que se pueden ver en unos expositores del Museo Arqueológico Benahorita (MAB) de Los Llanos de Aridane. Conocía las dificultades que hay en su acceso [es una zona en la que los desprendimientos son habituales], la estrechez de algunos tramos, en los que hay que moverse como un gato, y la existencia de unas cámaras funerarias. «Yo no he llegado hasta el final, pero es un espacio que cuenta con zonas en las que tienes que ir de gatera, otras en las que ya se puede caminar y unas donde hay grietas son tan estrechas que es imposible colarte», describe justo antes de dar un consejo que puede evitar algún que otro disgusto. «Es importante ir acompañado; entrar en una cavidad solo conlleva asumir riesgos», recalca un aficionado a la espeleología que ha completado un sinfín de viajes al «centro de la tierra» en Tenerife, La Palma y puntos específicos de la Península.

Un experto introduce su brazo derecho por una cavidad del tubo volcánico del Salto de Tigalate, en            el  municipio palmero de Villa de Mazo, para recuperar una de las conchas. | | ARTURO RODRÍGUEZ

Yeray Rodríguez / Espeleólogo aficionado

La tercera entrada

Yeray quedó con su amigo Eduardo en mostrarle el tubo volcánico del Salto de Tigalate un domingo [13 de agosto de 2023]. Llegaron temprano a la boca, revisaron sus equipos y caminaron hacia el interior después de superar uno de los puntos más delicados. «La entrada es complicada por los sedimentos que te pueden caer desde arriba [no es recomendable adentrase en esta cavidad los días de lluvias y viento], pero enseguida vienen tramos algo más sencillos; unos más altos que otro pero todos superables», avisa sobre los instantes previos a un hallazgo que se encontraba a unos cien metros del acceso principal.

Yeray avanzaba justo por delante de Eduardo cuando algo captó su atención: era una grieta que se abría entre dos placas de magma. Estaba dos metros por encima del piso y Rodríguez no se lo pensó y escaló. Se colocó delante la fisura e iluminó su interior. ¡Eureka! Algo brillaba en el interior, pero su cabeza no entraba por el hueco. Entonces se quitó el caso y volvió a intentarlo. Esta vez sí. En el segundo intento sí consiguió identificar un juego de conchas [una especie de colgante] y un objeto algo chamuscado.. «No estaba en un punto de difícil acceso, aunque sí bien escondido», recuerda sobre una aparición que capturó en varias fotografías y vídeos antes de regresar con Eduardo a la entrada de la cueva.

Parte del material que estaba en el interior de la cavidad.

Parte del material que estaba en el interior de la cavidad. / Arturo Rodríguez

Yeray lo tuvo claro desde el minuto cero. Ni tocó los objetos que estaban en el interior de la grieta, ni se le pasó por la cabeza quedárselos. «No tiene sentido tener algo tan valioso en la repisa de casa cogiendo polvo», añadiendo que son los profesionales los que se tienen que hacer cargo de estos descubrimientos... Esta fue la razón por la que salió de la cueva, buscó un lugar con cobertura y llamó a un conocido [amigo de Jorge Pais] para contarle lo que acababa de ocurrir y, de paso, lo pusiera en contacto con Patrimonio. «Sabía que no era situación normal, pero no fui consciente de la envergadura del descubrimiento... Lo que sí tenía claro es que había que actuar lo más rápido posible para proteger la zona de posibles expolios», puntualiza en un momento de la conversación telefónica en la que advierte que «se trabajó con la celeridad para obtener todos los permisos y volver a la zona una semana después», desvela sobre su regreso al yacimiento.

Los especialistas trabajaron durante dos semanas en la zona para extraer 225 conchas y un hueso

Yeray, un espeleólogo profesional, Jorge Pais y un periodista volvieron una semana más tarde a la cavidad para calibrar la profundidad que tenía el descubrimiento. Nada más certificar que la información era buena se activó una campaña de recogida de material arqueológico que duró dos semanas y que se saldó con este inventario: 225 conchas marinas y un hueso envuelto en un resto vegetal que fueron datados, a través de las posteriores mediciones de Carbono 14, en los siglos XII y XIII. De momento, los especialistas no han podido fijar una conexión cronológica entre el asentamiento y los elementos extraídos de su interior, pero sí valoran como «crucial» los datos obtenidos para conocer un poco mejor a la sociedad benahoarita.

El tesoro de Tigalate no es el más importante que se ha descubierto hasta la fecha ligado con los aborígenes de Isla Bonita [en la Cueva de La Higuera de Barlovento aparecieron 68 conchas], pero sí uno de los más extensos. «Sé que algo así no pasa todos los días y que probable mente no me vuelva a encontrar en otra situación igual, pero vivir una experiencia de este nivel es gratificante... Guardar un secreto de este tamaño durante tanto tiempo no es una tarea sencilla, ya tenía ganas de que la gente conociera lo que pasó aquel día en el Salto de Tigalate», concluye Yeray Rodríguez.