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Ciencia

La ciencia está en las nubes

El profesor de la ULPGC, Francisco Machín, difunde la existencia de 10 géneros y 15 especies diferentes de nubes y la importancia de su estudio en la predicción del tiempo

El profesor de la ULPGC, Francisco Machín durante un viaje al Pirineo.

El profesor de la ULPGC, Francisco Machín durante un viaje al Pirineo. / LP/DLP

María Jesús Hernández

María Jesús Hernández

Las Palmas de Gran Canaria

Aunque estar en las nubes es una expresión metafórica que se atribuye a alguien que está distraído, el artículo publicado en ‘The Conversation’ del profesor de la ULPGC Francisco José Machín, no puede estar más lejos de esa realidad. El investigador del IU-Ecoaqua pone el foco en la cantidad de conocimiento y ciencia que existe en torno a las nubes y la importancia de su estudio en el ámbito de la meteorología.

La curiosidad es el motor principal del conocimiento y de ahí nacen muchas áreas científicas que, a priori, al ciudadano de a pie le resultan singulares. Es el caso de las nubes, algo cotidiano en nuestro paisaje, protagonista de los primeros dibujos de nuestra infancia e inspiración para muchos artistas, pero de las que desconocemos toda la ciencia que concentra, desde sus familias, géneros y especies, hasta su labor en la predicción meteorológica. Una laguna que pretende subsanar el profesor Francisco José Machín Jiménez, oceanógrafo físico de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), dando a conocer la importancia del estudio de las nubes en el artículo De cumulonimbos a estratocúmulos: ¿cuántos tipos de nubes existen?, publicado en la plataforma de divulgación científica The Conversation.

Clasificar

«Las nubes siempre están ahí, las vemos, pero la mayoría de las personas no se dan cuenta o no son conscientes de que hay una profundidad en su conocimiento que surge de la propia curiosidad del ser humano. Al igual que ha pasado con la biología o la geología, por ejemplo, disciplinas que nacen de la necesidad de clasificar y crear sistemas de nomenclatura, a finales del siglo XIX ya habían diferentes investigadores que miraban las nubes, sus características, dimensiones, color, formas, y confluyeron en la necesidad de dar el mismo nombre a las mismas cosas», indicó el investigador del grupo de Oceanografía Física y Geofísica Aplicada (OFyGA) del Instituto EcoAqua-ULPGC.

Así fue como a principios del siglo XIX, de forma paralela e independiente, los investigadores Luke Howard y Jean-Baptiste Lamarck realizaron sus propuestas para clasificar las nubes, alentando un conocimiento que desemboco, ya en el siglo XX, en la primera edición del Atlas Internacional de Nubes (1939), de las que han habido ediciones posteriores hasta alcanzar la actual, vigente desde 2017, en la que todavía se siguen incorporado nuevas variedades. «Realmente sobre la versión de principio del siglo XIX no han habido cambios muy profundos, digamos que esa era realmente muy buena, pero siempre hay pequeñas características que se pueden ir incorporando al Atlas».

En 1939 se editó el Atlas Internacional de Nubes, al que se siguen incorporado nuevas variedades

Aeronáutica

Francisco José Machín estudia las nubes desde 2010, año en el que trabajó de interino en la Aemet, como observador meteorológico del servicio aeronáutico, siendo «notario del tiempo» en el entorno del aeropuerto. «Mi labor entonces era certificar el estado del tiempo en cada momento, y uno de los elementos en los que nos tenemos que fijar son las nubes, cuáles son las que pueden afectar al servicio aeronáutico, como las de tormenta que pueden generar un cierto riesgo en la navegación aérea.

A partir de ese momento empezó a tener contacto con el estudio y la observación de las nubes, convirtiéndose en un experto en la materia. Para empezar, descarta su definición más común: están compuestas por vapor de agua; y define como las correctas que están formadas por agua en estado líquido o en forma de hielo. «La nube se forma cuando el vapor de agua se condensa, cuando pasa de vapor a estado líquido. Si este cambio de fase se produjese más allá de unos 4.500 metros de altitud, el vapor de agua se sublimaría y pasaría directamente a ser hielo», subrayó.

La OMM ofrece una guía para dar los primeros pasos en su observación e identificación

Registros

Actualmente hay registrados diez géneros, quince especies, nueve variedades, once rasgos suplementarios y cuatro nubes accesorias. «Es más complejo de lo que se piensa porque no todas las combinaciones son posibles en la naturaleza, es decir, no es que tengamos 150 tipos de nubes porque hayan 10 géneros y 15 especies, no se dan todas las combinaciones, pero si muchas de ellas. Para entendernos, hay cuatro familias: nubes bajas, nubes medias, nubes altas y nubes de desarrollo vertical, que son las que cubrirían todas las altitudes. Y ya luego los géneros se van situando dentro de cada familia».

La utilidad práctica de la observación de las nubes está en la capacidad predictiva del tiempo. En este sentido, el especialista en Oceanografía Física pone como ejemplo las nubes lenticulares, muy conocidas por su forma de ovni o platillo volante, muy característica, que ayudan a predecir el viento.

«La propia Organización Meteorológica Mundial (OMM) nos ofrece una guía para dar los primeros pasos en la observación e identificación de nubes. Esta nos permite conocerlas, como mínimo, a nivel de género: cúmulos, estratos, estratocúmulos, altocúmulos, altostratos, cirros, cirrocúmulos, cirrostratos, nimbostratos y las mencionadas cumulonimbos. A partir de ahí, poco a poco se puede desarrollar la destreza y el ansia de saber más. Todo es cuestión de curiosidad», concluye el investigador.

En busca de la precisión

El Atlas Internacional de Nubes de la Organización Meteorológica Mundial describe el sistema de clasificación de las nubes y los fenómenos meteorológicos que utiliza los miembros de la OMM. Ofrece un lenguaje común para comunicar las observaciones de las nubes y garantiza la coherencia en los informes de los observadores de todo el mundo y sirve como herramienta de formación para los meteorólogos, así como para los que trabajan en entornos aeronáuticos y marinos. «Es sumamente importante para el tiempo, el clima y la hidrología que las observaciones de las nubes sean precisas y coherentes, por lo que velar por la normalización de las observaciones a escala mundial es una necesidad». | M. J. H.

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