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Vivienda

Casas-cueva, un refugio de volcán como alternativa habitacional

Las principales ventajas de estas construcciones residen en la magia de los parajes en los que se encuentran y en su temperatura

Las casas-cueva de Artenara.

Las casas-cueva de Artenara. / LP/DLP

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Martina Andrés

Martina Andrés

Las Palmas de Gran Canaria

Escondidas entre los barrancos y excavadas en la piel volcánica de Gran Canaria, las casas-cueva son mucho más que un vestigio arqueológico o una rareza arquitectónica llena de historia: son una forma de vida que ha resistido al paso del tiempo, adaptándose con discreción a los cambios sin perder la conexión con la tierra que las vio nacer. Una alternativa habitacional que muchos isleños -también foráneos- abrazan por la magia que esconden los entornos en los que se encuentran y por su ventaja más indiscutible: la temperatura.

Esta forma de vivir se remonta a los siglos III y IV d.C., cuando los primeros canarios que poblaron el Archipiélago las utilizaban como dormitorios y despensa. «Como la vida antes solía ser fuera, se cocinaba, se lavaba y se tendía en el campo, etcétera, las cuevas se utilizaban a partir del anochecer, solo para dormir». Así lo cuenta Desirée Reyes, informadora turística del municipio grancanario de Artenara, lugar en el que se encuentra el Museo Etnográfico Casas Cueva, una joya imperdible con vistas a la Caldera de Tejeda que permite conocer de primera mano cómo se utilizaban estas viviendas a principios del siglo XX.

Con paredes llenas de fotos antiguas, estanterías con libros, una alfombra o una cómoda de madera, estas casas escarbadas en la piedra han ido modificándose con el paso de los años. «Una casa cueva no tiene que significar que tenga en su interior simplemente una piedra y dos asientos, están perfectamente habituadas, adaptadas como una casa normal», explica Reyes, que también hace alusión a cómo se mantienen aisladas de la temperatura exterior -siendo frescas en verano y acogedoras y cálidas en invierno- y a lo sencillo que resulta hacer estas construcciones.

La humedad

«Es fácil de escarbar porque la toba volcánica es ceniza y es blanda. Se puede hacer una estancia y excavarla, pero siempre pequeña», resalta. Además de lo limitado de los espacios, las casas cueva tienen otro inconveniente: el de la humedad. «No hay ventilación y la humedad aparece porque la piedra de la cueva es blanda y porosa. La gente que vivía dentro tenía problemas de salud. Esto hacía que la vida fuera nómada, el hombre era el que estaba danzando de una cueva a otra y la mujer se quedaba cerca del hogar, cuidando a los niños y dedicándose al barro, que era una artesanía que solo hacían ellas», apunta refiriéndose de nuevo al tiempo de los primeros canarios.

Para habitantes de Artenara como Miqueas Sánchez Romero, vivir aquí «es un orgullo»

Aunque muchas cosas hayan cambiado, este sigue siendo un problema al que también hay que hacer frente al día de hoy: «Ahora hay medios artificiales para mejorar ese aspecto, como ventiladores que se colocan en el interior, canalizaciones dentro de la propia cueva para que la humedad se redirija o pintura artificial», indica la informadora turística.

Sus habitantes

En Artenara se estima que hay unas 600 casas cueva, de las cuales 200 son habitadas por huéspedes que las han elegido como su hogar de forma permanente. Entre ellos se encuentra la familia de Miqueas Sánchez Romero, cuya vivienda se ubica en la zona de Montaña de la Silla. «Eran varias que se repartieron en dos viviendas, la de mis padres y la de mis tíos. En el caso de la de mis padres, la parte de cueva está destinada principalmente a los dormitorios, en la parte más interior. Delante se hizo obra para aumentar la superficie útil y que fuera más cómoda, donde está la sala de estar, una entrada y una amplia cocina con claraboya. Además, en el nivel inferior, cuenta con un pequeño garaje que también está excavado en la roca», describe.

«La gran ventaja de estas casas en concreto es que sus cuevas son secas, es decir, que no se humedecen. Creo que es el elemento clave que da valor a una casa cueva, que no se filtre agua desde dentro de la montaña», añade en referencia al problema de la humedad.

Las primeras datan de los siglos III y IV d.C y eran usadas por los primeros pobladores canarios

«Creo que es un tipo de casa única, peculiar, que nos diferencia de la gente que vive en otros tipos de vivienda fabricada. Al fin y al cabo, casi todas esas cuevas fueron viviendas de los antiguos canarios y nosotros las hemos adaptado para que nos ofrezcan soluciones habitacionales totalmente válidas. Vivir en una casa cueva es un orgullo. Son viviendas que tienen cientos de años, que han sido testigos permanentes de una forma de vida propia de este territorio y que han moldeado, en gran medida, a los que las habitamos, a nuestra forma de vivir y de ser», defiende este artenarense.

También hay otras zonas de la Isla en la que son comunes este tipo de viviendas, sitios como Acusa Seca o Barranco Hondo, donde tienen su hogar Herminia y su marido. «Nosotros conocíamos el sitio desde hacía 40 años y estábamos enamorados de él. Nos prejubilamos y buscamos una cueva a través de un amigo, en este lugar al que íbamos de una manera habitual. Llevamos 15 años viviendo ahí, en una cueva. Y ya no concebimos la vida que no sea de manera troglodita», confiesa.

En un mundo que tiende a la homogeneización, estos hogares siguen narrando una historia antigua y resistente. Hablan del ingenio humano frente a la escasez, de la simbiosis con la naturaleza, de la memoria que no se construye en vertical, sino en profundidad. Son, en definitiva, una forma de habitar el mundo que no ha perdido su sentido.

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