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Dos años sin rastro de la mariposa capuchina en Tenerife, la única en peligro de extinción de Canarias

Los expertos temen que esta especie endémica pueda haberse extinguido tras la grave sequía que la isla sufrió en 2023

La especie goza de protección especial por su vulnerabilidad desde 2010

Un ejemplar de mariposa capuchina común (Pieris cheiranthi).

Un ejemplar de mariposa capuchina común (Pieris cheiranthi). / Yeray Monasterio (Asociación Zerynthia)

Verónica Pavés

Verónica Pavés

Santa Cruz de Tenerife

No hay rastro de la mariposa capuchina común (Pieris cheiranthi) en Tenerife desde finales de 2023. Este endemismo canario –el único lepidóptero incluido en el Catálogo Canario de Especies Protegidas como especie en peligro de extinción– lleva dos años sin aparecer por su hábitat predilecto: los barrancos de la isla. Los expertos, que han pasado todo 2024 y 2025 buscándola sin suerte hasta en los puntos más remotos de la isla, se temen lo peor: «en caso de que siga existiendo, la población debe estar muy mermada».

Así lo explica el entomólogo Yeray Monasterio, presidente de la Asociación Española para la Protección de las Mariposas y su Medio (Zerynthia), entidad española especializada en la conservación de las mariposas, que recalca que desde 2023 «no se encuentra un animal vivo».  «Recientemente hemos hecho trabajo de campo durante varias semanas y es cierto que hemos encontrado algunas crisálidas depredadas por avispas parásitas pero no sabemos cuánto tiempo llevan ahí», recalca Monasterio, que recuerda que «podrían haber estado hasta dos años en ese estado».

Para los expertos la situación en la que se encuentra el animal es «descorazonadora», aunque mantienen la esperanza de poder encontrar algún núcleo que haya podido sobrevivir. De confirmarse su desaparición, la capuchina sería la segunda especie de mariposa que se extingue en toda Europa. Además, como recuerda, estos invertebrados son bioindicadores del estado de los ecosistemas. Además, como recuerda, estos invertebrados son «bioindicadores» del estado de los ecosistemas. «Si están mal, significa que su hábitat también presenta problemas», destaca.

Un hábitat cada vez más hostil

Las islas donde habita, con el tiempo, se han convertido en una jaula al aire libre para este pequeño animal. Un abrupto cambio de hábitat, la sequía asociada al cambio climático y la llegada de un depredador que hasta hace unas décadas ni siquiera existía en las Islas, han mermado progresivamente su capacidad de supervivencia.

Como explica Monasterio, el «cóctel» de circunstancias que han llevado a una merma en sus poblaciones que comenzó hace décadas. En concreto, la expansión de la planta capuchina (Tropaeolum majus), originaria de América del Sur y que hoy le pone nombre popular a la especie, aunque no sea la que consumía originalmente. «Es una planta que empezó siendo ornamental pero que acabó expandiéndose por todos lados», explica Monasterio.

Una dieta equivocada

Acostumbrada a alimentarse de la colderrisco (Crambe), unas crucíferas –emparentadas con la col– que crecen amparadas por la humedad de los barrancos y en el bosque de la laurisilva, cuando la mariposa probó por primera vez la planta capuchina se quedó encandilada.

«Le encantó y empezó a consumirla más incluso que su planta original», resalta el investigador, que explica que esto le llevó a «crear un hábitat externo al suyo». «Es un problema» –insiste–, pues la propia forma de vida de la mariposa es incompatible con los vaivenes ecológicos de la planta capuchina, que crece en lugares donde se expone a más riesgos, como los bordes de la carretera. «Esta planta fuera de los barrancos se seca completamente durante el verano, así que actúa como un espejismo para las mariposas, que dejan sus huevos ahí confiando que la planta es buena y de pronto se secan», revela el investigador.

 Con una situación de creciente vulnerabilidad, hace unos años se introdujo una avispa parásita en el Archipiélago. «Se utiliza en Europa continental para el control de plagas, donde las orugas de una especie hermana de esta (Pieris brassicae) se come la col común de los huertos», explica Monasterio. Sin embargo, como recuerda, «la introducción de esta avispa en un ambiente insular es mucho peor, porque las poblaciones de las mariposas a las que ataca no se pueden recomponer», recalca el entomólogo.

El golpe del cambio climático

Así, en la etapa más vulnerable de su existencia, la mariposa se enfrentó en 2023 al año más caluroso y seco en la historia de Canarias, como consecuencia del cambio climático y potenciado por el fenómeno de El Niño en el Pacífico. "La sequía fue brutal y sospechamos que puede estar detrás de esta posible desaparición o que al menos le pudo suponer un golpe muy duro», insiste. ««Sin el debilitamiento causado por las avispas parásitas y otras amenazas, hubiera tenido una mayor capacidad de adaptación», recalca Monasterio que también pone el acento en la «fragmentación del hábitat» debido a la urbanización y cultivo de muchos espacios.

Antaño la mariposa capuchina se extendía por Tenerife, La Gomera y La Palma. «De La Gomera desapareció en los años 70, al mismo tiempo que su pariente Pieris wollastoni, endémica de Madeira y la única especie extinta en Europa, así como una de las pocas a nivel mundial», recalca el investigador. Quedaron así dos reductos: uno en Tenerife y otro en La Palma. «En La Palma aún se encuentran bastantes ejemplares, especialmente en zonas como el bosque de Los Tilos», explica Monasterio quien subraya que, aunque esta población no cuente con protección legal, debemos concentrar todos nuestros esfuerzos de conservación para garantizar su persistencia a largo plazo.

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