Violencia machista
La lacra de las violencias sexuales silenciadas en el ámbito laboral, familiar y de pareja
Aunque la sociedad haya avanzado mucho en lo relativo a las agresiones de carácter sexual, todavía hay varios tipos cuyos efectos se minimizan o incluso llegan a estar normalizados

Muchas mujeres se ven obligadas a tener sexo con sus parejas aunque no tengan ganas / Freepik
Diego G. Carballo
La sociedad ha avanzado mucho en poco tiempo en lo relativo a la violencia sexual y de género. Lo que antes se silenciaba o minimizaba, ahora en gran parte se denuncia y hace público para concienciar sobre esta lacra social, que afecta desproporcionadamente a las mujeres. Las muertes por violencia de género han descendido, las denuncias por acoso o abuso sexual aumentan por el mayor apoyo a las víctimas al denunciar, y parece que la sociedad va poco a poco reduciendo esta grave problemática.
Sin embargo, los delitos contra la libertad sexual no siempre son considerados como tal. Mientras que una violación o una situación de acoso por parte de un desconocido es repudiada, casos de abusos o acoso en ámbitos como el familiar, el laboral o dentro de la pareja son silenciados e incluso normalizados. Según el 'Informe sobre Delitos Contra la Libertad Sexual 2023' del Ministerio del Interior, en el 74,7 % de los casos denunciados no existía relación o era desconocida. Sin embargo, la violencia familiar (excluyendo la violencia de género y de pareja) supuso un 6,3 % de los casos, la violencia en la pareja un 4,7 % y por parte de un compañero de trabajo, un 1,8 %. En general, el 84,5 % de las víctimas son mujeres.
La sexóloga y psicóloga general sanitaria Lucía Álvarez López cree que existen varias formas de acoso que son muy comunes y no están consideradas como tal: "Situaciones que incluyen comentarios o bromas sexuales no deseadas, tocamientos, insistencia tras recibir un no por respuesta, no respetar los límites personales o situaciones en las que se fuerza a abrazar o dar besos sin respetar el no, sobre todo cuando somos pequeñas". Álvarez considera que estas situaciones pueden sentar una base que haga que las personas no puedan expresar sus límites con claridad y sepan que se van a respetar: "Tenemos muy normalizadas dinámicas donde se salta el respeto a lo que no queremos o a las decisiones de una persona sobre su propio cuerpo".

La sexóloga y psicóloga general sanitaria Lucía Álvarez López / Cedida
Relaciones de pareja
En lo relativo a las relaciones establecidas de pareja, los límites y el consentimiento pueden llegar a desdibujarse y traspasarse, resultando en situaciones de abuso o privación de la libertad sexual. "Es un tema del que se ha hablado muy poco", asegura Álvarez, "porque muchas veces tenemos la idea de que las violaciones o las agresiones sexuales viene de una persona desconocida, pero muchas vienen de personas cercanas, como la propia pareja".
La sexóloga habla de comportamientos como castigos emocionales por negarse a tener sexo en un momento determinado, basados en la creencia de que el sexo es algo que "le debemos" a nuestra pareja. Así, el consentimiento se desvanece: "Esto invisibiliza que dentro de una pareja hay que seguir preguntando qué nos apetece y no asumir cosas o insistir hasta que la otra persona ceda. Esto parte de la asunción de que dentro de una relación tiene que haber sexo, o ser una parte central, y se nos olvida seguirlo hablando una vez estamos en pareja".
Álvarez piensa que esta asunción de que el sexo es un deber en la pareja viene de una tradición y educación patriarcal que impone creencias que obligan a tener sexo con una determinada frecuencia, generando una presión enorme sobre la pareja: "Porque seamos pareja la otra persona no tiene que querer tener encuentros sexuales, debemos basarnos en el consentimiento y en el deseo; esto cambia el foco y se aleja de la dinámica de la obligación".
Cuando se vulneran los límites sexuales de la otra persona, no solo estamos traspasando su intimidad, también imponemos un patrón sobre lo que puede o no expresar
Esta falta de comunicación y consentimiento puede llegar a desembocar en una falta de respeto de los límites de la pareja cada vez más grave, incluso llegando a casos de violencia de género: "Cuando se vulneran los límites sexuales de la otra persona, no solo estamos traspasando su intimidad, también imponemos un patrón sobre lo que puede o no expresar", explica la sexóloga, "y se crea una dinámica de poder en la que una persona prioriza su deseo por encima del bienestar de la otra, lo que puede incluir miedo, incomodidad, presiones, chantajes o castigos, elementos que se dan en la violencia de género".
Así, muchas mujeres aguantan relaciones sexuales no deseadas, incluso dolorosas, porque no se creen con derecho a negárselas a su pareja o temen las consecuencias: "Hay mujeres que me dicen ‘yo lo que hago es que el sexo dure lo menos posible para sentir que lo hemos hecho y poder estar tranquila un tiempo’. Esta falta de consentimiento es una de las formas más graves de violencia sexual y de la que se habla mucho menos".
Para evitar llegar a estos extremos, es necesario que primero las parejas se planteen si quieren tener sexo o no, ya que no es preciso para tener una buena relación. Lo que sí es necesario son espacios de cuidado y respeto mutuo, comunicación abierta, reconocimiento de la situación e intentar "purgar" esas presiones y dinámicas interiorizadas dañinas al tener relaciones. Y, en caso de situaciones de violencia de género, la sexóloga asegura que es clave buscar ayuda y apoyos externos, ya que la víctima se encuentra en una situación vulnerable o con su libertad limitada por la persona agresora, de la que es muy difícil poder salir sola.
Hay mujeres que me dicen "yo lo que hago es que el sexo dure lo menos posible para sentir que lo hemos hecho y poder estar tranquila un tiempo". Esta falta de consentimiento es una de las formas más graves de violencia sexual y de la que se habla mucho menos
El acoso en el trabajo, todavía muy silenciado
Uno de los ámbitos en los que el acoso está más silenciado es el laboral. Según Álvarez, algunos comportamientos son difíciles de identificar ya que se presentan de una forma sutil o normalizada: "Por ejemplo, un comentario sobre la apariencia física tipo ‘que buena estás’ o ‘que bien te sienta ese vestido’, invitaciones insistentes a salir o verse fuera del espacio laboral, miradas incómodas y sexualizantes... todo eso es violento y forma parte de acoso o abuso".
La sexóloga también señala que, muchas veces, estas situaciones se dan tanto por diferencia de edad como por relaciones de poder; es decir, que vienen de un superior con más poder en la empresa que la víctima, lo que hace que esta sea más propensa a callarse por miedo, vergüenza o represalias: "Los mecanismos de poder suelen favorecer al agresor, por lo que hay mucho miedo a perder el empleo, que al final es algo que todas las personas necesitamos para pagar nuestras facturas y vivir. También hay mucho estigma social, ya que la sociedad patriarcal se lleva al trabajo y se pone el foco o la responsabilidad en la víctima".
Para prevenir o atajar estos casos, la empresa debeponer en marcha y hacer saber a los empleados que mecanismos y protocolos existen al respecto, mantener un clima laboral abierto y no fomentar el silencio, tener políticas claras de tolerancia cero y ofrecer formación para que los empleados sepan qué es el acoso, cómo reconocerlo y cómo actuar.
Lo que "queda en familia"
Uno de los ámbitos en los que es más complicado detectar o verbalizar el acoso o abuso es dentro de la familia, casi siempre en forma de abuso sexual infantil. En algunos miembros de la familia se pueden dar, desde la confianza, una serie de dinámicas que se disfrazan de "juegos" o de actitudes normales y que muchas veces no son reconocidas como violencia sexual o, si se reconoce, suele ser cuando los niños y niñas crecen y se dan cuenta de lo que pasó en aquel momento.
"En educación sexual hablamos mucho de los secretos malos", explica Álvarez, que también imparte talleres de esta índole en centros educativos. "Aquellos secretos que no nos hagan sentir bien cuando somos personas pequeñas no es algo que tengamos que guardarnos. Muchos familiares cruzan los límites compartiendo su pornografía, haciendo comentarios sexualizados, tocando o pidiendo que les toquen y hablando de la sexualidad de una forma inadecuada tanto para la edad como para el tipo de vínculo, y eso es abuso sexual".

El abuso infantil puede generar graves problemas psicológicos a largo plazo / Freepik
En muchas ocasiones, la víctima mantiene lo ocurrido en secreto durante años porque no puede asumir que una persona de confianza le haya hecho daño o por miedo a que la familia no la crea: "También es muy difícil pedir ayuda en ese momento, porque las víctimas pequeñas no tienen los recursos que tenemos las personas adultas, o a veces no recuerdan porque se disocian de esta situación vivida", explica la sexóloga. De hecho, al no respetar la intimidad de los menores u obligarles a dar afecto físico, estas actitudes acaban siendo normalizadas por ellos, haciendo más difícil que lo identifiquen como abuso o que puedan marcar sus límites de forma clara.
Según Álvarez, el principal problema a la hora de que las víctimas verbalicen su situación es el miedo "a preocupar a los familiares, a que no les crean o le quiten importancia a la situación, a que la gente lo sepa o a como afecte a su propia imagen". Esto suele generar aislamiento, sensación de culpa, confusión, bloqueo y miedo a hablar y, si no existe apoyo familiar, genera un mayor daño psicológico.
Cuando los límites se traspasan
Ángel (nombre ficticio), de 26 años, sufrió un episodio de abuso sexual con 16 años, que aún no ha revelado a su familia: "Un familiar no cercano de parentesco, pero sí de relación, insistía en enseñarme a conducir. No tenía muchas ganas, pero por no hacerle un feo fui una tarde con él a un camino en el monte, y me enseñó como cambiar de marchas, usar el embrague... En un momento, dijo que descansásemos, y sacó revistas pornográficas y me empezó a hablar de mi sexualidad, de si tenía novia... preguntas muy incómodas. Yo le respondí sin entusiasmo, y ahí quedó la cosa".
Sin embargo, su familiar insistía en continuar con las clases, algo que Ángel posponía con excusas, pero un día fue acorralado y aceptó ir. No se imaginaba que iba a derivar en algo mucho peor: "De nuevo paramos para descansar y volvió a sacar las revistas porno. Entonces me pidió que le enseñara el pene, excusándose en ver si no tenía problemas de fimosis o así. Luego me pidió que me masturbase y yo, bloqueado, lo hice. Entonces salió del coche, se puso a mi lado y comenzó a masturbarse, incluso hizo el amago de hacerme una felación. Cuando todo acabó, yo llegué a casa sin saber que había pasado, casi riéndome por lo bizarro de la situación, pero no quería volver a pasar por eso, así que evité encontrarme con él".
Las consecuencias del abuso sexual infantil pueden ser graves y duraderas
Años después, Ángel supo identificarlo como abuso sexual: "Tuve la suerte de que no fue lo suficientemente traumático como para afectarme psicológicamente, pero siempre me quedé con la culpa de no haberlo dicho por si se lo hizo a otros. Lo que siempre tuve claro es que no fue mi culpa, es un abuso por parte de una persona más de 50 años mayor que yo", finaliza.
Por eso, señala la psicóloga, es importante hablar de las consecuencias que trae el abuso sexual infantil: "Pueden ser graves y duraderas, por lo que es importante ante la menor duda hablar con la persona pequeña, darle un espacio para que hable, validarla y creerla, recibiendo apoyo y protección desde el primer momento. De hecho, la Ley de Protección de Menores obliga a que, si hay cualquier tipo de sospecha, se denuncie para protegerles".
Consecuencias, prevención y apoyo
Existen señales que pueden indicar que un menor ha sido víctima de abuso, como cambios bruscos de comportamiento, retraimiento, hipersexualización, ansiedad, conductas que antes no tenían, dolor físico, baja autoestima o problemas para dormir. Para prevenir, Álvarez asegura que es clave la educación sexual desde la infancia, "para aprender a decir sí y no, a conocer nuestro cuerpo y saber qué tipo de contacto es adecuado o no, cuáles son las partes íntimas que no debe tocar nadie excepto en situaciones concretas y saber con quién hablar si nos hace sentir incómodas".
Cuando las víctimas no se dan cuenta de lo que han sufrido hasta tiempo después, la forma de actuar es distinta: "Debemos escuchar lo que la persona necesita, que puede ser un proceso de denuncia o judicial, o no", explica. "También es importante que el sistema judicial no sea revictimizante y se aleje de la reproducción de normas patriarcales de juzgar a la víctima y poner el foco en ella". Álvarez cree que existen muchos modos de curar la herida del abuso, algo que siempre pasa por nombrar lo que pasó, sentir apoyo por parte de los allegados y dar espacio para que la víctima decida lo que hacer, ya que cada una tiene su proceso.
A nivel social también es necesario un cambio en la forma en la que vemos la violencia: "No solo puedes llamar violencia a casos extremos como violaciones o violencia física, sino entenderla también como otras cosas más sutiles que tienen consecuencias emocionales a muchos niveles", menciona, y añade que se debe analizar todo desde una perspectiva feminista que visualice "como el patriarcado neutraliza estas violencias sostenido por estructuras de poder que lo que hacen es silenciar a las víctimas. El cambio debe ir a nivel social, con educación feminista, educación sexual desde peques, transformación social, compromiso colectivo por desmontar las raíces de la violencia y construir relaciones basadas en respeto, igualdad y consentimiento".
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