Calima, campo y mar: el polvo sahariano que fertiliza y también castiga
La calima, además de ser un fenómeno meteorológico, es una pieza del funcionamiento ecológico de Canarias, influyendo en la fertilidad del suelo y en la vida marina

La Provincia
Cuando llega una entrada de calima a Canarias, lo primero que suele venir a la cabeza son los cielos turbios, el calor incómodo y el empeoramiento de la calidad del aire. No es una percepción exagerada. La propia AEMET recuerda que las intrusiones de polvo mineral sahariano son un fenómeno frecuente en el entorno geográfico de las islas y que tienen impactos importantes en ámbitos como la salud, la agricultura, el transporte o la energía solar. Por eso, cada episodio intenso suele asociarse a consecuencias negativas casi de forma automática. Sin embargo, detrás de esa imagen tan molesta para la vida diaria, existe también una cara menos conocida: la del polvo africano como vehículo natural de nutrientes para la tierra y para el mar.
Esa es la parte que a menudo queda fuera de la conversación. El polvo que llega desde el desierto no es solo una nube de partículas que ensucia balcones, hojas y coches. También transporta compuestos minerales que, con el paso del tiempo, pueden enriquecer los ecosistemas. En territorios volcánicos como Canarias, este detalle es especialmente importante, porque muchos suelos presentan limitaciones naturales de nutrientes. La literatura científica ha señalado que el polvo sahariano contiene P, es decir, fósforo, y que esas aportaciones atmosféricas repetidas ayudan a explicar la evolución de los suelos del archipiélago. Un trabajo sobre una cronosecuencia de suelos canarios, con edades que van desde unos 300 años hasta 11 millones de años, concluyó que las islas reciben episodios recurrentes de polvo con fósforo, y que esa entrada externa condiciona la disponibilidad de este elemento clave para las plantas.

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Dicho de forma sencilla, la calima puede actuar como un fertilizante natural de fondo. No es un abono en el sentido agrícola clásico, pero sí una fuente lenta y constante de minerales que termina alterando las propiedades del suelo. Un estudio centrado en La Palma concluyó que los depósitos de polvo del Sáhara influyen en las propiedades físicas y químicas del suelo, y además sugirió un aumento del fósforo disponible para las plantas allí donde había más presencia de polvo sahariano. Esa misma investigación destacó que este proceso es especialmente relevante en suelos volcánicos, donde la disponibilidad de nutrientes puede ser limitada. En otras palabras, aunque no se vea a simple vista, una parte de la fertilidad del territorio insular también se explica por lo que llega del aire.
Un beneficio que no siempre se nota en el día a día del campo
Ahora bien, que la calima pueda aportar minerales al suelo no significa que cada episodio sea una buena noticia para el campo canario. Ahí está el gran matiz. Una cosa es el efecto acumulado a lo largo de años o siglos, y otra muy distinta lo que pasa durante una intrusión intensa. Cuando el polvo se deposita sobre las hojas, puede dificultar procesos fisiológicos de la planta y añadirse al estrés térmico que suelen traer estos episodios, ya que muchas entradas de aire sahariano van acompañadas de temperaturas elevadas y ambiente seco. Por eso, desde el punto de vista del agricultor, la percepción inmediata suele ser negativa: se ensucian los cultivos, se resienten ciertas plantas y aumenta la sensación de episodio adverso. La ciencia, por tanto, no dibuja una calima milagrosa para la agricultura, sino un fenómeno con una doble cara: útil a largo plazo para el suelo, pero incómodo e incluso perjudicial en el corto plazo para muchos cultivos.

Calima en Gran Canaria (30/03/2026) / Andrés Cruz
Este matiz también sirve para entender por qué la calima beneficia no solo a las zonas de cultivo, sino a ecosistemas enteros. Los espacios naturales, los suelos no transformados por la actividad humana y los paisajes volcánicos también reciben ese aporte de partículas minerales. La cuestión no es solo cuánta tierra cae, sino qué lleva dentro esa tierra. El fósforo resulta fundamental porque es uno de los nutrientes esenciales para el crecimiento vegetal, y su presencia en el polvo sahariano ayuda a compensar, al menos en parte, la pobreza natural de algunos suelos insulares. Visto así, la calima no es únicamente una molestia meteorológica, sino también una pieza del funcionamiento ecológico de Canarias.
Del suelo al océano, la otra fertilización silenciosa
Lo más llamativo es que este efecto no se queda en tierra firme. El polvo sahariano también juega un papel en el océano Atlántico. Diversos estudios han mostrado que el polvo transportado por el viento aporta hierro al mar, y ese hierro es un micronutriente fundamental para el crecimiento del fitoplancton, la base de la cadena alimentaria marina. Un estudio reciente publicado en Frontiers in Marine Science recuerda que el aporte de hierro desde el polvo atmosférico desempeña un papel crucial en la productividad primaria del océano. Y un trabajo clásico publicado en Nature ya mostró que la adición de polvo sahariano podía estimular la fijación de nitrógeno en el Atlántico tropical oriental, presumiblemente por el aporte combinado de hierro y fósforo. Traducido a lenguaje llano: la calima también puede “alimentar” el mar.
A partir de ahí, la relación con los atunes deja de parecer una ocurrencia popular y entra en el terreno de la investigación científica. Un estudio publicado en Atmospheric Environment concluyó que las migraciones y las pesquerías del listado o skipjack tuna en el Atlántico nororiental están conectadas con la variabilidad del polvo sahariano. Los autores encontraron que este túnido tropical se desplaza desde aguas ecuatoriales hacia zonas subtropicales siguiendo el patrón estacional de la deposición de polvo, llegando de forma regular a aguas frente a Mauritania y a las islas Canarias. La explicación propuesta es que el polvo ayuda a sostener áreas ricas en zooplancton, que a su vez alimentan peces pequeños y otros organismos de los que dependen grandes depredadores como este atún. Es una relación indirecta, pero real: el polvo favorece la base del sistema y esa mejora puede acabar notándose arriba en la cadena trófica.
Los atunes no dependen solo de la calima
Eso sí, sería un error pensar que basta con que haya calima para que aparezcan automáticamente grandes bancos de atunes. El Atlántico oriental y el sistema de la corriente de Canarias forman una de las grandes regiones de afloramiento del planeta, con altísima productividad biológica y una enorme importancia pesquera. La FAO destaca que el Canary Current Large Marine Ecosystem es uno de los sistemas marinos más productivos del mundo, mientras que otros estudios subrayan que la productividad y la abundancia de peces en la zona dependen de varios factores a la vez: el afloramiento, la disponibilidad de nutrientes, la estructura física del océano, la presencia de presas y también la presión pesquera. Es decir, la calima puede sumar, pero no manda sola. En el mar, igual que en el campo, el fenómeno tiene influencia, pero siempre dentro de un engranaje mucho más amplio.

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La conclusión es tan interesante como matizada. La calima no es buena o mala por definición. Para el campo canario, puede suponer un aporte valioso de fósforo y otros minerales cuando se analiza su efecto a largo plazo sobre el suelo, pero en episodios intensos suele traducirse en más estrés para los cultivos y en peores condiciones para la actividad agraria. Para el mar, el polvo sahariano puede favorecer la fertilización del océano Atlántico mediante el aporte de hierro y otros elementos que ayudan al fitoplancton, y esa mejora puede acabar influyendo en especies como el atún listado. Sin embargo, ni el suelo se fertiliza como por arte de magia ni los túnidos llegan solo por el polvo. La verdadera enseñanza es otra: el planeta está interconectado, y lo que sale del desierto puede terminar teniendo efectos medibles sobre la tierra y el mar de Canarias.
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