Análisis
Cuando la ciencia aprende a caminar el territorio
Francesca Fort, genetista de la Universidad Rovira i Virgili que estudia el ADN de las uvas canarias, se suma a la celebración del 20 aniversario de ‘Pellagofio’, donde ha publicado sus investigaciones

Cuando la ciencia aprende a caminar el territorio / La Provincia
DRA. FRANCESCA FORT MARSAL
Hay revistas que informan y otras que interpretan. Pellagofio pertenece a un grupo más escaso: el de aquellas publicaciones que saben traducir, convertir el territorio en relato, la experiencia en conocimiento y el saber experto en palabra compartida. Para quien se acerca a Canarias desde la investigación científica, ese hallazgo no es menor: es, en realidad, revelador y poco común. Acostumbrada a un periodismo peninsular que suele compartimentar la cultura, la ciencia y la vida cotidiana, el descubrimiento de Pellagofio supuso constatar que en las Islas aún es posible otra manera de contar. Una forma de periodismo que no fragmenta ni acelera, que no convierte el conocimiento en un producto de consumo rápido, sino que lo devuelve a su lugar natural: el territorio y las personas que lo habitan.
Desde 2006, Pellagofio ha construido una mirada sostenida y coherente sobre el mundo rural, el paisaje productivo y las culturas alimentarias insulares. Pero su mayor singularidad no reside solo en los temas, sino en el método: escuchar antes de explicar, caminar antes de escribir, comprender antes de interpretar.
Esa ética narrativa permite que agricultores, pastores, pescadores, artesanos, restauradores, bodegueros, sumilleres o investigadores aparezcan en sus páginas tal y como son, sin prisa y sin artificio; no como objetos de estudio, sino como sujetos de conocimiento, con voz propia y dignidad narrativa.
En Pellagofio, el territorio no es un telón de fondo, sino un protagonista silencioso. Los barrancos, las medianías, los suelos volcánicos o los paisajes cultivados no se describen como estampas, sino como espacios vividos, trabajados y pensados. Esa atención al detalle, a los ritmos agrícolas, a los saberes transmitidos, convierte cada entrega en una forma de cartografía cultural, donde la memoria y el presente dialogan sin estridencias.
El encuentro con Yuri Millares, propiciado en un espacio tan cargado de simbolismo como Bodegas Monje, con la complicidad de Felipe Monje y del periodista Clemente González Lorenzo, confirmó una intuición previa: Pellagofio no es un suplemento al uso, sino un lugar de cruce. Allí donde la ciencia suele expresarse en artículos especializados y circuitos cerrados, la revista abre un cauce distinto, capaz de poner ese conocimiento en diálogo con quienes trabajan la tierra y sostienen el paisaje día a día.
Desde entonces, cada publicación científica de alcance internacional ha encontrado en Pellagofio un segundo recorrido. No como simplificación banal, sino como traducción responsable: contextualizada, comprensible y respetuosa. Ese gesto, aparentemente sencillo, es, en realidad, profundamente transformador. Acerca la ciencia a la población y devuelve la investigación a viticultores y agricultores que, muchas veces sin saberlo, son parte esencial de ese conocimiento. Ciencia que baja del laboratorio y se posa, con tino, sobre el bancal, la cepa y la mano que la trabaja.
En un Archipiélago donde la viticultura, la biodiversidad cultivada y el patrimonio agrario constituyen una riqueza tan valiosa como frágil, esa mediación resulta especialmente necesaria. Pellagofio entiende que el paisaje no se conserva solo con normativas, sino también con relatos; que la innovación no puede desligarse de la memoria; y que el saber científico, cuando no se comparte, pierde una parte fundamental de su sentido social y cultural.
A lo largo de estos veinte años, la revista ha demostrado que es posible un periodismo que no renuncie ni al rigor ni a la belleza, que camine al ritmo del territorio y que haga del conocimiento una herramienta común. En tiempos de urgencia informativa y discursos acelerados, Pellagofio sigue apostando por la mirada larga, por el poso, por el tiempo necesario. En esa elección, discreta, persistente y profundamente canaria, reside, precisamente, su extraordinaria modernidad. Quizá por eso, también, sea un motivo de legítimo orgullo para Canarias.
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