Nuevas formas de turismo
Marta y Lluís, 33 años intercambiando casa por vacaciones: "Es como si un amigo te dejara su casa"
Este matrimonio jubilado ha pasado de viajar, años atrás, con sus hijos a hacerlo ahora con su perro
"Es un aprendizaje de comprensión de los demás", señala Lluís tras alojarse con su familia en viviendas en EEUU, Islandia o Suiza

Marta y Lluís muestran en su casa un álbum de sus viajes familiares con el intercambio de casas en su vivienda cerca de Barcerlona. / Victoria Ròvira
Recuerda Lluís Anglada que cuando hace 33 años su familia comenzó a intercambiar casa en sus vacaciones era "ideal" porque tenían dos niños pequeños y eso siempre entraña "su dificultad", ya que se buscan horarios cómodos y mayor confort. Y encontraron que yendo a casa de otra familia todo estaba a mano, era más sencillo, sobre todo en el caso de que los pequeños se encontraran mal. "Por entonces teníamos conocidos que lo habían hecho; parecía fácil, conveniente; como un amigo que te deja su casa", señala este reconocido bibliotecario, actualmente jubilado, que sigue de asesor en el Consorci de Serveis Universitaris de Catalunya (CSUC) de la Universitat de Barcelona.
Se apuntaron a Intervac Home Exchange, la plataforma pionera de intercambio de casas, fundada en el año 1952 por un grupo de maestros de Alemania y Holanda que buscaban formas económicas de viajar en vacaciones. Simultáneamente, las familias se prestaban su vivienda. Los contactos se hacían por correo postal, algo que Lluís y su mujer, Marta Tort, también hicieron cuando empezaron: "Se tomaba su tiempo, tenías que acordar las fechas, vacaciones de verano, Pascua...".
Gracias a la agencia, que tiene más de 530 inscritos en España y miles en numerosos países, han viajado a EEUU y numerosos destinos en Europa: de Islandia a Suiza, Alemania o Francia. Lluìs y Marta se convirtieron en unos apasionados de esta forma de viajar y en la actualidad lo siguen haciendo una o dos veces al año y no solo porque resulta muy económico -solo conlleva el pago de la cuota anual de 125 euros-, sino sobre todo porque "viajas con más comodidad y tranquilidad: si un día llueve no sales y te quedas leyendo o viendo una película".

Marta y Lluìs, actualmente jubilados, viajan una o dos veces al año junto a su perro, algo que el intercambio de casas les permite hacer. / Victoria Ròvira
"Es que no tienes presión ninguna. En el hotel, por ejemplo, pasan a limpiar a determinadas horas. Aunque sea una casa pequeña tiene más comodidades que un hotel", destaca Lluís, que señala que han llegado a invitar a su casa de vacaciones a amigos que se encontraban de ruta en el lugar. También destaca que con este método pueden llevarse consigo a su perro, algo que seguramente no podrían hacer en hoteles o pisos turísticos: "Viaja con nosotros". El tener el alojamiento de esta manera permite que al final "gastes lo que tú quieras gastar, en comida o en hacer cosas extraordinarias, como llevar a los niños a La Noria si estás en Londres".
Vivir la vida de otros
El habitar la casa de otras personas es de alguna forma meterte en sus zapatos, vivir la vida de otros, y, tras una larga experiencia, Lluís asegura que no ha encontrado diferencias sustanciales entre culturas o formas de hacer: "Se supone que es gente como tú. A veces los horarios son distintos, la recogida de basura funciona de manera diferente, pero es un aprendizaje de comprensión de los demás".

Marta y Lluìs durante uno de los intercambios de casa en Alemania. / CEDIDA
De igual forma, como en el centro de Europa se vive "más en casas que en pisos", se ven beneficiados de que muchas casas tienen jardín, que es "algo sorprendente". Incluso en una escapada a una zona de Catalunya intercambiaron la casa con un payés que "tenía huertos y flores" que ellos tuvieron que cuidar. Lo que también han aprendido es que en muchos casos el intercambio sirve para solucionar problemas que la gente tiene cuando deja su residencia un tiempo largo: "Por ejemplo, a la gente que tiene piscina le permite que esta se mantenga". "Hay un contacto muy humano, es algo correcto, pero no te estás llamando todo el rato. Cuando has llegado al acuerdo de dejar la casa te preguntan dónde se come bien o, si vas con niños y se ponen malos, dónde se puede ir. Cosas así", asevera.
"Una experiencia fantástica para los niños"
Otro de los aspectos positivos del 'home exchange' es que "a diferencia de los hoteles, todas las casas son distintas", es una suerte de aventura. "Aquí tú entras en su casa y otro entra en la tuya, sin morbosidad, sin curiosidad. Estás en un lugar que no es tu casa y, a veces igual no es el mejor sitio, hay más ruido del que pensabas, pero es una experiencia que acabará, es temporal, así que te adaptas. No es que hayas comprado un piso", dice el asesor del Consorci, que añade que es una experiencia "fantástica" para los niños: "Aprenden que estás en casa de otras personas, el respeto, que juegan con juguetes que no son los tuyos. Hay veces que en la casa había Playstation, y los niños, encantados de la vida".

Marta y Lluìs en el salón de su casa cerca de Barcelona. / Victoria Ròvira
Sobre posibles problemas en los viajes, afirma que son cosas "no muy importantes", como una persiana que no sabes cómo funciona o que tengas que averiguar cómo va el sistema de refrigeración. "Mi mujer es muy espabilada para eso. Debes tener cuidado, también, porque claro, no somos supermanes. A veces rompes alguna cosa o te la rompen o se estropea. La reparas y ya está. Intentas dejar la nevera como la encontraste, procuras que tengan comida para el primer día. Hay veces que te dejan una botella de vino, un queso...", explica.
Su experiencia llama la atención de amigos y conocidos, pero aprecian que muchos son reacios porque no les apetece "dejar su casa, son celosos de su dominio", pero ellos tienen claro que es la mejor opción. "Una vez estuvimos en un pueblo a las afueras de Múnich que tenía un mercadillo que nos encantaba y una presa a la que nuestros hijos se iban a bañar. Era mejor que una piscina olímpica. Disfrutas de las diferencias, descubres cosas, rincones...".
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