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Análisis

La travesía de Pío IX: El avistamiento de Canarias que quedó grabado en un diario

La expedición, la primera misión pontificia oficial enviada a Sudamérica, fue organizada por la Santa Sede a petición de las nuevas autoridades chilenas tras su independencia de España

Expedición de Pío IX

Expedición de Pío IX / La Provincia

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Luis Cabrera Rodríguez

Luis Cabrera Rodríguez

En los últimos días Canarias ha sido el centro de las miradas en el plano internacional como consecuencia de la visita del papa León XIV. Se trataba de la primera vez que un pontífice visitaba el Archipiélago. Sin embargo, ha habido otras ocasiones en las que sacerdotes que posteriormente serían elegidos papas pasaron por las Islas. Es el caso del cardenal Eugenio Pacelli, quien ejerciendo el altísimo cargo de secretario de Estado del Vaticano visitó Gran Canaria el 29 de septiembre de 1934; en aquella ocasión, acudió a la catedral de Santa Ana en la capital, a la basílica de Nuestra Señora del Pino en Teror y a la iglesia de San Juan Bautista en Arucas.

Además de esta visita, son muchos quienes en Canarias afirman que un joven sacerdote, Juan María Mastai Ferretti, visitó en 1823 Santa Cruz de La Palma, y que llegó incluso a degustar algunos dulces tradicionales, mostrando predilección por uno de ellos que sería llamado a partir de ese momento pionono, puesto que el canónigo Ferretti sería investido como papa en 1846, un cargo que Pío IX ejerció durante casi 32 años.

Sin embargo, si nos remitimos a varias fuentes como La misión del Vicario apostólico don Juan Muzi: notas para la historia de Chile (1823-1825) escrito por Luis Barros Borgoño, historiador y vicepresidente de la República de Chile durante un breve periodo a finales de 1925, o tomamos una fuente primaria como es la Historia de las misiones apostólicas de Monseñor Juan Muzi en el Estado de Chile, escrita por el sacerdote italiano José Sallusti, quien participó directamente en la expedición como secretario de la comitiva, nos damos cuenta de que, a pesar del amplio nivel de detalle de toda la expedición, no hay mención alguna a esa supuesta estancia en la Isla Bonita.

El malentendido parece nacer del hecho de que se hiciera una primera escala tras zarpar de Génova el 5 de octubre de 1823. Esta expedición, la primera misión pontificia oficial enviada a Sudamérica, había sido organizada por la Santa Sede a petición de las nuevas autoridades chilenas tras su independencia de España, con el objetivo de reorganizar la Iglesia local en la naciente república. Durante el trayecto la comitiva arribó a Mallorca, concretamente en la mañana del día 14, y el texto cita literalmente: «Anclamos frente a La Palma, que es la capital», refiriéndose a Palma de Mallorca, que según la descripción contaba con 20.000 habitantes. El propio Sallusti realiza una crónica detallada de la capital mallorquina, a la cual le dedica numerosas páginas.

Sin embargo, esto no significa que la expedición en la que viajaba el futuro Pío IX no hubiese estado en Canarias. Tras una última escala en el continente europeo, el 30 de octubre zarpa el bergantín del puerto de Tarifa, y al poco tiempo se toparon con viento de popa y un fuerte oleaje que puso en aprietos a la tripulación. Según el diario, un cambio de viento obligó a la embarcación a desviar su rumbo hacia Canarias. Curiosamente, un personaje célebre estaba sufriendo fuertes náuseas e indigestión; se trataba del clérigo José Ignacio Cienfuegos, quien intervino activamente en la vida política en favor de la emancipación de Chile frente a la monarquía española. Este suplicó desembarcar en tierra firme para curarse, mientras el resto de la tripulación continuaba hacia América.

La mañana del 4 de noviembre apreciaron la imponente silueta del Teide, descrita en el diario de a bordo como el monte más hermoso, majestuoso e imponente que jamás hubiesen visto. Pese a los deseos de Cienfuegos de quedarse en la capital, Santa Cruz, no se disponía de permiso para anclar. Tras superar el temporal, la embarcación navegó entre las islas y, gracias a ello, nos queda una hermosa descripción en la cual Sallusti plasma sus impresiones sobre cada una de ellas, con la única excepción de Lanzarote:

«La isla Canaria», como se refiere a Gran Canaria, «rica y mercantil, cuyo puerto está defendido por un fuerte castillo». «La Palma, una de las más fértiles, descubierta por Alfonso de Lugo, cuya capital es Santa Cruz de la Palma, con un puerto muy frecuentado». «La Gomera, descubierta por Fernando Peraza en 1445; es fértil en trigos, vinos y azúcar, y tiene un puerto donde solían anclar los buques españoles que iban y venían de América para proveerse de víveres». «Fuerte Ventura [sic], pero nada venturosa porque, apenas descubierta por Juan de Bethencourt, francés, en 1412, fue abandonada por no encontrar productos comerciales». «El Hierro, la más occidental de todas las Canarias, descubierta por Peraza en 1445, renombrada por el primer meridiano que trazaron en ella los franceses, por el cual se guían casi todos los geógrafos; aquí no hay ciudades de consideración, correspondiendo casi en todo a la dureza de su nombre».

Y finalmente, «la isla de Tenerife, la más grande y fértil de las Canarias. Fue descubierta por Alfonso de Lugo, español, en 1492, siendo luego famosa por su gran pico, donde los holandeses trazaron su gran meridiano. La Isla consiste en una larga montaña de poniente a levante; la extremidad del poniente está llena de escollos y es inculta. Pero cerca de las faldas del pico comienzan a encontrarse pequeñas aldeas con algunas campiñas, entre las cuales sobresale el pico, puesto majestuosamente en el medio de la isla. La agradable vista de la risueña campiña con sus lugarejos y villas va hasta la otra punta del levante. Aquí queda la ciudad de Santa Cruz, capital de toda la isla, lugar no muy grande, con un pequeño fuerte, donde quería el señor Cienfuegos que se le dejase».

Además de ello, no se puede obviar la trascendencia que tuvo el pontificado de Pío IX para la historia religiosa del Archipiélago. Fue precisamente este pontífice quien dio pie a que se ratificara de forma definitiva a la Virgen de la Candelaria como patrona canaria. Este proceso se formalizó legalmente cuando, el 17 de julio de 1867, el papa Pío IX estableció mediante un decreto que solo hubiera un patronato principal en cada diócesis con la aprobación de la Santa Sede, consolidando así un vínculo histórico espiritual entre el Vaticano y las Islas que perdura hasta nuestros días.

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