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Ni era inca ni azteca: este es el guerrero canario que más temieron los conquistadores españoles hace siglos

Nacido entre trasquilados y ajeno a los privilegios de la nobleza isleña, escaló riscos imposibles, arrebató ganado a los poderosos para entregarlo al pueblo y alzó campamentos guerrilleros en los bosques húmedos del norte de Gran Canaria

Bronces alusivos a las figuras de Pedro de Vera y Doramas, de Juan Marqués

Bronces alusivos a las figuras de Pedro de Vera y Doramas, de Juan Marqués / LA PROVINCIA / DLP

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Las Palmas de Gran Canaria

Del Pacífico filipino a las llanuras de Nuevo México, varios caudillos locales convirtieron la guerra de guerrillas, el conocimiento del terreno y el carisma personal en armas capaces de contener e incluso derrotar a los ejércitos de los conquistadores españoles, muy superiores en número y tecnología.

Sin embargo, no había que viajar tan lejos para encontrar al guerrero más temido por los españoles en aquellos tiempos de de exploración y conquista. En esos días convulsos fue en Gran Canaria, cuando los reinos de Gáldar y Telde discutían cada palmo de risco y la selva laurislva servía de muralla natural, la resistencia indígena encontró en un caudillo plebeyo su voz más temida.

Nacido entre trasquilados y ajeno a los privilegios de la nobleza isleña, escaló riscos imposibles, arrebató ganado a los poderosos para entregarlo al pueblo y alzó campamentos guerrilleros en los bosques húmedos del norte de Gran Canaria.

Su fama corría más rápido que los emisarios de la corte real: decían que atravesaba a nado el canal de Gando por amor a una princesa, que desafiaba a los invasores con combates singulares y que, cuando rugía el viento húmedo de la medianía, era capaz de congregar a los marginados con solo alzar el brazo. Aquel guerrero convirtió la espesura de Moya en un bastión de libertad y plantó cara a un ejército bien pertrechado hasta caer rodeado de lanzas y arcabuces... y su nombre quedó sellado en la memoria popular como emblema de valor y rebeldía: Doramas, el más bravo de los canarios” según las crónicas castellanas.

De admirable fuerza

Corría el verano de 1481. Al amanecer, una columna castellana salió del Real de Las Palmas con la orden de liquidar al caudillo indígena que llevaba tres años hostigando sus incursiones. Aquel jefe se llamaba Doramas, “el de las anchas narices” en la lengua amazighe de los antiguos canarios, y, según la crónica primigenia de Pedro de Argüello, era “moreno, ancho de espaldas, fornido y de admirable fuerza”.

Lo que siguió a pocos kilómetros, en los lomos de Arucas, selló para siempre la leyenda del guerrero que nació plebeyo, desafió a la nobleza insular y murió retando en combate singular a todo un ejército profesional.

De trasquilado a caudillo

Doramas vino al mundo hacia la década de 1450 en el reino de Telde, dentro de la clase trasquilada: campesinos obligados a llevar el pelo corto en señal de vasallaje frente a la aristocracia semidán. Su ascenso político comenzó con pequeñas cuadrillas que robaban ganado a los nobles para redistribuirlo. Aquel desafío de clase lo convirtió en un héroe para los marginados y en una amenaza para los linajes que gobernaban la isla.

Cuando la Corona de Castilla inició la conquista en 1478, Doramas ya mandaba guerrillas en los riscos que separan Tamaraceite de Arucas. Su conocimiento del terreno y las emboscadas obligaron a los invasores a abrirse paso metro a metro bajo una lluvia de piedras y dardos de madera de drago.

El nuevo guayre de Tamaraceite terminó ganándose también la plaza de capitán de guerra del cantón de Lairaga (la actual Selva de Doramas, en Moya) gracias al apoyo popular, pese al recelo de la nobleza y del propio guadarteme Tenesor Semidán (más tarde bautizado Fernando Guanarteme).

Ataque a traición

Las tensiones con los semidanes aumentaron cuando Doramas inició una relación con Iguanira, princesa de sangre real. La familia la recluyó en el istmo de Gando, pero según cuenta la leyenda el guerrero cruzaba a nado cada noche el canal para verla. La osadía fue un desafío directo al orden social y consolidó su aura de líder romántico entre los trasquilados.

El 20 de agosto de 1481, Pedro de Vera, recién nombrado gobernador, marchó con unos 200 infantes y 50 lanceros a caballo para romper la resistencia del norte. Doramas, sin esperar refuerzos, bajó de los riscos con su pequeña hueste y pidió combate singular.

Las crónicas hablan de un duelo desigual: el guayre exigía pelea “hombre a hombre”, pero de Vera no respetó el pacto y, a traición, fueron varios los atacantes que se abalanzaron sobre él, sufriendo también disparos de ballesta y arcabuz desde la retaguardia.

Aun herido por una lanza en la espalda y un tiro de espingarda en el brazo, seguía gritando “¡llegad a mí, seis, doce, veinte!” hasta que Vera lo remató con su propia lanza cuando ya estaba agonizando. Su cabeza fue empalada y exhibida en el Real de Las Palmas, pero la columna castellana se dio la vuelta: la muerte de Doramas había detenido el avance hacia Gáldar, al menos por aquel verano.

Su linaje

El cantón que defendía aún lleva su nombre: la Selva de Doramas, un ámbito de laurisilva que abarca las medianías húmedas de Moya y Firgas. Allí se refugiaron muchos trasquilados que huían del dominio nobiliario y allí se recuerdan cuentos como el del “sol de Doramas”, expresión que los viejos usan para describir la retirada de la niebla cuando arrecia el calor.

El apodo se convirtió en apellido. Un descendiente directo, Juan Doramas, sirvió como infante canario en las campañas de Granada y en las conquistas de La Palma y Tenerife. Con la castellanización del nombre surgió el linaje Oramas, presente hoy en todas las islas y en buena parte de Hispanoamérica, prueba genealógica de la extensión de aquel mito familiar.

La popularidad póstuma de Doramas eclipsó a otros líderes insulares —Tasarte, Bentaguayre, Maninidra o Bentejuí— porque encarnaba algo más que la resistencia militar: representaba la voz del pueblo llano contra los privilegios hereditarios. Su figura demuestra que la guerra de conquista no fue solo un choque entre castellanos y guanches, sino también una pugna interna entre clases sociales insulares.

Cinco siglos después, Doramas sigue omnipresente: en canciones folclóricas, en la toponimia (Montaña de Doramas, Selva de Doramas), en murales escolares y en fiestas populares. Historiadores como Alberto Martín Ravelo lo consideran “el héroe sin corona” que mejor resume la resistencia canaria frente a la Corona de Castilla.

Su gesta, amplificada por la épica oral, resuena cada Lucha Canaria, cada romería y cada vez que un anciano del norte señala al cielo despejado y dice: "Ya se despertó el sol de Doramas".

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