La creatividad empresarial y el compromiso social descollaron en la vertiente pública de mi querido amigo Antonio Vega Pereira, que nos ha dejado a los noventa años de una vida fecunda en emprendimientos y desvelos por el progreso de Canarias y, de manera apasionada, por su Gran Canaria natal. Durante mucho tiempo fue inseparable de ese devenir colectivo, marcado por dificultades de todo orden. El temple, la inteligencia y la voluntad de ciudadanos como él impulsaron la definición de la contemporaneidad insular en el conjunto español y en la unidad europea. Su plural aportación, ya fielmente detallada en estas páginas, describe una entrega sin condiciones a la causa común, que en la hora del adiós se hace memorable. El talante heredado de su padre, don Diego Vega Sarmiento, solo podía conjugarse en términos de amor a la tierra, la familia y los amigos, siempre más allá de la subjetividad y el egoísmo.

El perfil humano de Antonio configuró una manera muy personal de estar en su mundo y su tiempo. El sentido del humor, o la ironía que asomaba con frecuencia en la mirada y las palabras, apenas disimulaban la cordialidad del que no quiere pasar tangencialmente por la vida ajena y se interesa por las potencialidades e inquietudes de cuantos le rodean. Era un magnífico conversador. Entre bromas, accedía agudamente al pensamiento de sus interlocutores y sabía conciliar los datos de carácter que generan confianza o aconsejan mantenerse al margen. Era muy difícil embaucarle con ideas sin fundamento, tal vez porque su propia conducta delineaba el modelo del rigor en todo cuanto podía tener trascendencia económica o social. A lo largo de muchos años, fue no solo partícipe de las políticas activas y proyectos de desarrollo, sino consejero buscado por quienes transitaban vías paralelas sin relación con las propias. En suma, su criterio era necesario y respetado en facetas más amplias que las de su proyecto vital, y de ello fuimos testigos en numerosas ocasiones.

Vega Pereira trabajó con intensidad y fuerza extraordinarias hasta que consideró llegado el momento de su retirada. Quienes le tratábamos pensamos que lo hizo demasiado pronto, dada su vitalidad y, sobre todo, su lucidez en el análisis de los problemas y el alumbramiento de soluciones. Pero conoce cada cual, mejor que su entorno, los procesos intelectuales que motivan las decisiones. Aunque lo lamentásemos, nadie dejó de respetarlo. Se le echó en falta en las mesas de negociación, en el diálogo del progreso, porque la actitud de entrega solidaria y cooperación generosa no se renueva por generación espontánea. Siempre, sin embargo, estuvo ahí, disponible para transmitir su experiencia. Casi tan longevo como su padre, vivió Antonio el último tramo de su existencia entregado a la familia y siempre afable en la acogida a los amigos que necesitaban sus diagnósticos socioeconómicos o, simplemente, querían gozar de su amena e ingeniosa compañía.

Si rescatamos la memoria objetiva de los años sesenta del pasado siglo, en los que casi todo estaba por hacer en la definición del futuro de Canarias, y hacemos recuento mental de las diez personas que más eficazmente lucharon hasta el siglo XXI por abrir caminos locales, nacionales e internacionales al modelo que hoy está consolidado, Antonio Vega Pereira es una de ellas. Le debemos gratitud al final de una trayectoria vital que deja importantes huellas en la estructura productiva del archipiélago, en la inspiración de sus leyes constituyentes y en apoyos discretos a las causas solidarias y culturales. En sus hijos, y particularmente en lo que me atañe, su hija Marta, excelente artista y pedagoga, vemos transmitido el mensaje de integridad y participación que arranca de don Diego y se cumple paradigmáticamente en Antonio. Pienso en Merche, amada esposa y compañera de toda la vida, y veo su impronta en los cinco hijos que le suceden. Para ellos son la solidaridad y el mensaje de retorno que reconoce la suerte de haber tenido un esposo y padre excepcional. Hace pocos meses, cuando recibió en el teatro Pérez Galdós el título de hijo predilecto de la ciudad, fui a felicitarle y no me conoció. Sentí un sabor agridulce, no del olvido sino de las causas que lo motivaban. Percibo ahora en mí mismo que le recordaré siempre.