Cuando a David Santiago le ofrecieron trabajar en la reforma de unos pisos en Guanarteme ni se lo pensó. Albañil desde hacía años, la crisis le llevaba a escoger cualquier empleo para llevar dinero hasta la casa cueva de Hoya de Pineda en donde residía junto a sus padres. Lo que nunca pensó es que ese trabajo, en el que se encontraba sin asegurar y que tampoco poseía licencia de obra, le iba a segar la vida al caerle encima un techo el pasado miércoles. Ahora la familia pide justicia, aunque saben que "él no va a volver más; se nos ha ido el pilar de nuestra familia".

Entre las cinco y las seis de la mañana, David Santiago se despertaba todos los días para prepararse de cara a la jornada laboral. "Solía tomarse el café con nosotros antes de salir" al trabajo, cuando el sol aún no había empezado a calentar las húmedas tierras de los altos de Gáldar, apunta Rubén, el pequeño de los dos hermanos.

Aquel fatídico miércoles, David se había subido a su Citroën Saxo como cada día. Sin embargo, sobre la una de la tarde Rubén recibió una llamada. "Me dijo mi hermana que David había sufrido un accidente, pero no me quiso decir nada más", explica su hermano pequeño, que añade que para él "se me ha marchado un padre, siempre estaba cuidándome, atento a mí, a mi hijo, a mi novia, a mi madre... siempre atento a toda la familia. Aún no me lo puedo creer".

Cuando llegó a la calle Velarde le comunicaron la mala noticia. David Santiago, con quien había compartido tantos años juntos entre las estrechas y escarpadas calles de Hoya de Pineda, había fallecido.

No había nada que hacer. David estaba muerto, pero su familia asegura que pedirá justicia para esclarecer lo ocurrido. Aseguran que el jefe de la obra es una persona exigente, aunque también señala que tenía detalles con sus trabajadores. Sin embargo, "ya le habíamos dicho a David que le pidiera que le asegurara, pero él le decía que no o que tenía que esperar", comenta Rubén. Ese día nunca llegó.

Ahora lo recuerdan con un profundo dolor. David era un apasionado del fútbol. "Jugó en muchos equipos del norte, el Barrial, Palmital, Montaña Alta, Saucillo... ahora jugaba de central en un equipo de veteranos", apunta su tío Isidoro Santiago, árbitro de fútbol y que recuerda algunas de las bromas que se hacían cuando le tocaba pintar un partido de David. "Siempre me decía: 'Tití, a ver si hoy me pitas un penalti'; yo le respondía que si se tiraba a lo mejor", cuenta, y resalta la nobleza de su sobrino, un hombre querido en el noroeste de la Isla.

Aunque si había algo que le apasionaba a este galdense era su familia, y sobre todo sus tres sobrinos, Roger, de diez años, Judit, de tres y Dylan, de dos. "A Roger siempre iba a verlo jugar en los partidos del Barrial. Incluso algunas veces si no podía llevarlo yo a entrenar, él iba encantado", dice Rogelio Díaz, su cuñado. "Incluso ya tenía hasta pensado los regalos de Reyes para los niños, me había dicho que le iba a comprar un portátil", agrega.

Y es que se desvivía por toda la familia. "Cuidaba mucho de mi madre", dice Rubén. Es por ello por lo que "siempre estaré muy orgulloso de mi hermano".