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Sucesos históricos

Un crimen conmueve a Tejeda

Un indiano alocado asesinó al maestro del pueblo en plena calle un sábado de otoño de 1919

La calle principal del pueblo, en donde ocurrió el crimen.

La calle principal del pueblo, en donde ocurrió el crimen.

Las campanas de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, en el municipio grancanario de Tejeda, marcaban el paso de la comitiva fúnebre aquel día de otoño de 1919, hace ahora 91 años. La iglesia no podía acomodar a todos cuantos deseaban asistir al entierro del maestro de escuela, Manuel Hernández Melián, muerto el día antes de una puñalada en el pecho. El cuchillo lo empuñaba un indiano amigo.

Era un entierro de primera clase, como correspondía a su categoría, con ocho pausas y un repique doble y extraordinario, como marcaba el ritual cristiano. Pero ni la afectuosa homilía del párroco de Tejeda, Rafael Hernández Guerra, ni los cánticos y las oraciones, fueron capaz de devolver a la familia del maestro del pueblo un soplo de vida. Bajo un cielo plomizo, cuatro hombres de trajes oscuros y tocados de sombreros llevaban sobre sus hombros los restos de Manuel Hernández Melián, de 56 años, mientras familiares, amigos y vecinos soportaban peor el peso de la desgracia.

Numerosos lugareños acudían a dar el último adiós a un vecino querido por todos, el maestro de escuela de los barrios, que la noche anterior, a eso de las tres de la madrugada, había fallecido en su domicilio familiar a causa de "una hemorragia pulmonar". Varias puñaladas le perforaron el pecho.

El agresor, Antonio Navarro Rodríguez, era un hombre "algo desequilibrado que estuvo en Cuba, casó con una mujer que tenía algún dinero y se estableció en el pueblo de Tejeda hace más de veinte años", relataba a sus lectores el periódico La Prensa Asociada, un diario de información general cuya redacción estaba en una casa de la calle Triana.

Una imagen del pueblo de Tejeda en torno a 1927 del siglo pasado.

Una imagen del pueblo de Tejeda en torno a 1927 del siglo pasado. HERMANN KURT/FEDAC

En aquel pueblo cumbrero, el indiano Antonio Navarro malgastó sus modestos ahorros y allí vivía de la generosidad de algunos amigos, entre los que se encontraba Manuel Hernández, maestro en los diferentes barrios de Tejeda, que gozaba entre los vecinos de un general aprecio.

Por esta misma razón pocos se explicaban aquella muerte violenta ocurrida en la calle principal del pueblo el 12 de octubre de 1919. "El suceso se desarrolló el sábado último, sin que nadie sepa aún fijamente las causas", informaba en la portada el citado periódico, a diez céntimos sus cuatro hojas.

El maestro se hallaba junto a su domicilio y al pasar por allí Antonio estableció con éste "una amigable conversación". De pronto, "sin que nadie pudiera percibir disputa ni acaloramiento alguno, Navarro dio a su amigo varias puñaladas, a consecuencia de las cuales falleció en la madrugada de ayer. Se dice que las causas originarias del suceso han sido las pretensiones del agresor sobre el interfecto a fin de que éste accediera a exigencias desprovistas de razón y de justicia".

El agresor huyó a pie, camino de Los Manantiales y allí intentó quitarse la vida con la misma arma. Se cortó las venas de sus manos, pero pudo sobrevivir. Al día siguiente fue detenido por una pareja de la Guardia Civil que llegó al pueblo montada a caballo y se lo llevó ante el juzgado de Guía de Gran Canaria. Aquel suceso causó un hondo sentimiento en aquel pueblo pequeño que formaba una sola familia. Fue una desgracia para todos.

La propia viuda, doña María Jesús Guerra Marrero, que compaginaba las tareas del hogar con la corresponsalía del Diario de Las Palmas en Tejeda, llegó a enviar caldo al agresor de su marido cuando éste se encontraba en la cárcel. Ella, tan religiosa, le había perdonado.

Pero aquel día de duelo, el más triste de los funerales, se respiraba ansiedad y tensión. A la cabeza del cortejo fúnebre avanzaban la viuda y el párroco, ataviado con su abotonado traje negro, mientras los monaguillos alzaban las cruces de plata. Detrás, hasta donde alcanzaba la vista, una multitud de caras desencajadas y ojos enrojecidos. En aquel pueblo cumbrero habían visto muchos entierros, pero nada les había preparado para aquella terrible desgracia que convirtió en recuerdo al apreciado maestro.

“Mi tía presenció el suceso”

“Mi tía Modesta Hernández Guerra estaba en la huerta y pudo presenciar cómo mataban a su padre”, recordaba en 2010 el farmacéutico José Domingo Hernández Mayor, de 76 años entonces y nieto del maestro asesinado en Tejeda. De ese caso no se habló nunca más en la familia, aseguraba José Domingo. “Mi abuela era una mujer de carácter y dicen que ante el cadáver de su esposo prometió llevarse del pueblo a sus siete hijos y darles educación. El cariño a la familia Hernández Guerra siempre se ha mantenido por el pueblo de Tejeda”, agrega. Una familia próspera, de un nivel social alto y prestigioso, y con un nivel intelectual elevado, en aquel comienzos del siglo XX del pueblo cumbrero. El fallecido era tío político del escritor costumbrista Francisco Guerra Navarro (Pancho Guerra), pues el padre del escritor era hermano de la viuda.

Domingo Hernández Guerra, segundo por la derecha, en una foto con Juan Negrín, en el centro, y Severo Ochoa, a la izquierda, con bata más oscura. M. Hernández González

Padre del médico Domingo Hernández Guerra

Uno de los siete hijos del maestro asesinado en el pueblo de Tejeda, Domingo Hernández Guerra (1897-1932), estudiaba en la Residencia de Estudiantes de Madrid cuando mataron a su padre. Tenía entonces 22 años. Domingo Hernández se labró un prestigio contrastado como científico, junto a otros compañeros de clase como Severo Ochoa y bajo la dirección del doctor Juan Negrín.

Según un trabajo de investigación de la cronista de Tejeda, Serafina Suárez García, publicado en el tomo número cuatro de Crónicas de Canarias, don Domingo Hernández “era un gran referente para Tejeda. Cada verano visitaba puntualmente su pueblo natal para disfrutar de la festividad de la patrona, la Virgen del Socorro .Como todos los veranos, el de 1932 lo pasó en Tejeda, y se dedicó a recetar de manera altruista a todo aquel que solicitaba su auxilio”.

A los pocos días le sorprendió una hemorragia cerebral y falleció en Madrid aquel 2 de octubre cuando sólo contaba con 35 años. Una muerte inesperada que dejaba al país sin uno de sus preclaros hombres, catedrático de Fisiología de la Universidad de Salamanca. Dos años antes, la corporación municipal de su pueblo, presidida por el alcalde Benito Navarro Marrero, acordó dedicarle su nombre a la calle principal: El Dr. Hernández. “Con este acto”, nos dice la cronista Serafina Suárez, “el doctor Hernández tuvo la oportunidad de sentir la gran admiración que su pueblo le profesaba”.

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